LOS VERSOS DEL OLVIDO

26/06/18 — POR

Premiado en Venecia, llega un filme franco-iraní-estadounidense, pero más bien chileno… aunque tampoco tanto… … ¿universal?…

Por Vera-Meiggs

La melancolía es una suerte de disfrute de la tristeza. Será nuestra condición austral e insular, nuestro clima cambiante y más frío que el del resto del continente, serán las inmensidades que nos rodean y nos imponen hablar en diminutivos y en voz baja. Puede también que nuestra melancolía no sea el defecto que queremos ver, sino una actitud de resignación ante el amor y el paisaje. Todo lo cual tiene su dignidad al fin y al cabo.

Una extraña película, también chilena, explora viejos motivos, de recuerdos no concluidos y de un presente que no parece posible sin un adecuado funeral.

Chilena por su producción, por su tema, su ambientación y su tono melancólico, pero con guionista y director iraní, Alireza Khatami, residente en Estados Unidos, que aquí debuta en el largometraje… en Chile. Extraño.

No lo parece tanto cuando a un cierto punto del transcurso de la película lo poético se hace presente en medio de un tema recorrido, a veces manido, desgraciadamente nunca concluido, como es el de la dictadura y los desaparecidos. Pero lejos de proclamas, exigencias de justicia y estremecimientos de indignación (todas manifestaciones válidas y perfectamente comprensibles), lejos de todo eso, el relato toma un derrotero original y arriesgado. Como son los caminos de la actitud creativa.

OLVIDOS A PROPÓSITO
El anciano cuidador de una morgue ( Juan Margallo) observa impasible el tráfico de cuerpos y con un amigo sepulturero (siempre escondido de la cámara, cavando fosas) recuerdan aquel invierno en que hubo avalancha de cadáveres a causa de los hechos políticos. Una anciana silenciosa y triste busca un cadáver de desaparecido. Él no
sabe cómo ayudarla. Su preocupación esmerada por el trabajo lo hace llevar un cuidadoso registro de todos los que entran y salen. Por su lado, el sepulturero necesita saber la historia de quien ocupará la fosa que está cavando. Aparece un cadáver que nadie reclama, el de una mujer joven que sufrió muerte violenta y en concordancia los jefes jubilan al cuidador, pero él, solitario y sin familia, no sabe qué hacer sin trabajar y vuelve una y otra vez a intentar descubrir lo que esconden sus superiores.

Pero también el protagonista olvida estratégicamente, o al menos eso dice, para poder seguir merodeando alrededor de las oscuras verdades de esa morgue marginal del sistema y en la que reinan las ausencias. De este modo también él pertenece a este mundo de verdades consensuadas como tales y no verificables. Pero algo lo salva de ser un “cómplice pasivo”.

Hay algo remoto en sus recuerdos, nunca explícitos, que lo elevan de una condición de subordinado dócil y ese algo remoto necesita dignificarse con una acción rebelde.

 

Finalmente, la muchacha muerta, olvidada aparentemente por todos, puede que tenga un funeral en una tumba a perpetuidad y que sirva para que los vivos puedan cargar con su vida de afectos más sanamente. Para entonces, la bella presencia alada de una ballena volando sobre Valparaíso alcanzará un nuevo sentido.

Es extraño el mundo creado por la película, porque el protagonista y su amigo sepulturero hablan con marcado acento español, mientras que el amigo chofer parece argentino y los demás son chilenos.

Extraño para nosotros que el anciano salga por la puerta del Cementerio Católico de Santiago y en la toma siguiente llegue a su casa de Valparaíso, que es donde se supone ocurre la acción. Pero tales coordenadas no resultan extrañas para el espectador no local, al que está dirigida la película. Curiosamente ese cruce de acentos puede adquirir una cierta universalidad del drama. ¿Qué hace un español haciendo ese trabajo en Chile? Tal vez son tragedias secretamente cruzadas, por eso también un argentino. ¿Qué hace un iraní filmando en Chile? Encontrando similitudes, sin duda, como lo confesó el propio cineasta cuando estuvo en Santiago. ¿Son meras exigencias de la co-producción? La respuesta no resulta muy importante para la creación de este mundo de olvidos buscados o producidos institucionalmente, cuya universalidad es humana, no simplemente local, como lo ilustra el abogado interpretado por Julio Jung, que parece sacado de un capítulo de «Alicia en el país de las maravillas» con sus relojes que no sabe qué deben recordarle, mientras el ex detenido Luis Dubó ha olvidado casi todo de su traumático paso por la cárcel, mientras su anciano interlocutor retiene todo y es capaz de llevar la cuenta de sepulturas, fechas e historias. En una de esas los olvidadizos latinoamericanos tienen que encontrar a un peninsular que les recuerde su triste historia…

DICE EL POETA…
“Nadie puede comprender lo misterioso.
Nadie es capaz de ver lo que las
apariencias ocultan. Todas nuestras
moradas son provisorias, salvo la última: la
de la tierra…”

Los versos de Omar Khayyám, el gran sabio persa del siglo XI, parecieran estar a la base de esta historia de permanente melancolía que el cineasta persa viene a repasar en este Chile que nunca se nombra y que sonríe poco. Esto podrá alejar al espectador que ve el cine como diversión, pero puede ser un llamado estimulante para quien desea asomarse a los recodos de lo humano contemporáneo y a los inefables reinos de lo poético. Ahí caben más imágenes que las que uno espera del cine habitual, aquel que promete y puntualmente cumple. Aquí, en «Los versos del olvido», hay poesía más que intriga, aquí llueve dentro de la oficina de correos, aquí el anuncio impreso de un funeral lleva en su otra cara la publicidad de un candidato (sospechosamente parecido a Andrei Tarkowski) y el viento expande su ambiguo anuncio por los cerros. Es el dominio encantado de lo imaginario lo que prevalece sobre la tristeza del tema y le insufla bríos vitales a un relato amenazado de pesadumbres.

 

“En la tierra abigarrada ¿quién es este hombre triste y valeroso?”. Cabría preguntarse con Khayyám desde la lógica imbatible de los “¿por qué?” No hay respuesta dramática, pero sí estética. El protagonista adquiere un carácter que rebasa sus acciones cotidianas, ciertamente verosímiles, para subirlas al peldaño de una figura testimonial,
dotada de mirada elocuente y silenciosa, que el sensible talento del septuagenario actor español Juan Margallo transforma en cifra de una generación que ha conocido la debacle social y todas sus trágicas consecuencias, cada una de las cuales haquedado adherida al alma de ese ser solitario y resistente, destinado a perpetuar lo que más desean olvidar todos los demás.

“Los muertos no tienen memoria”, afirma el desencantado Khayyám, pero los vivos están atados a ella y por eso el funeral es importante en todas las culturas desde la noche de los tiempos. Su negación es de las crueldades mayores que el poder ha ejercido sobre los pueblos y es por ahí donde, desgraciadamente, Chile se justifica como escenario de este guión de un persa escrito en Francia para una co-producción sin domicilio único. Hay que reconocerle al cineasta que tuvo ojo fino para ver nuestros cementerios y el eterno Valparaíso, que siempre deja escapar un gesto inédito ante la cámara que lo filma. Nada hay de miserabilista en esta película y tiene mucha belleza auténtica sazonando el relato. Belleza nada de evidente ni de turística, más bien emocional y de bajo perfil. Chilena.

¡Sepulta el cadáver de tu pasado! Continúa desafiante el autor del «Rubáiyát», como si tal mandato pudiera actuarse libremente. Pero no, el mismo poeta lo sabe y termina siempre transando con un camino vicario: el del ágape etílico.
Tal vez hubiese sido un contrapunto interesante que el cineasta Khatami no exploró, que su antiguo connacional le estaba sugiriendo y que nuestros valles ofrecen con bondad: el vino, aquí usado con moderación anodina. Pero aún así hay un aire nuevo hacia el final de esta historia, una luz cálida que amablemente envuelve la tristeza y la eleva a una zona de menor pesadumbre: la melancolía. “En polvo convertido, modelaréis un ánfora que colmaréis de vino. Quizás entonces me veréis resucitar…”, concluye Khayyám.

Comentarios

  • "Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco". Mark Twain (1835 - 1910)
  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.