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Lucas Cranach el viejo y Lucas Cranach el joven EL RETABLO DE WEIMAR (Herderkirche, Weimar, Alemania, hacia 1553-1555)

21/11/17 — POR

A través de la superposición de distintos relatos inscritos en textos y figuras, esta obra alude tanto a la relación entre los Mandamientos y la Gracia, como a la redención de los hombres a través del solo sacrificio de Cristo, ambos temas distintivos de la Reforma.

Por Sandra Accatino.

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EN LOS TIEMPOS TURBULENTOS de la Reforma protestante, el pintor alemán Lucas Cranach el Viejo (1472-1553) tuvo un lugar protagónico. Amigo cercanísimo de Martín Lutero (1483-1546), pintó e imprimió junto a sus hijos y a su taller cientos de retratos del reformador alemán e ilustró y estampó su traducción al alemán de la Biblia. Fue, asimismo, el pintor de la corte del duque Juan Federico el Magnánimo de Sajonia, tenaz defensor del Protestantismo, a quien siguió en su exilio y luego en 1552, restablecido en el poder, a Weimar, convertida en la nueva capital de su ducado. Un año después, a los ochenta años, el pintor comenzó el retablo que aún decora el altar de la principal iglesia de la ciudad. Aunque Lutero había muerto en 1546 y Cranach y el duque murieron antes de verlo concluido, el retablo de Weimar es uno de los monumentos visuales más importantes de la Reforma alemana.

Durante siglos, la Iglesia había considerado a las imágenes como el principal medio de difusión de la Palabra. Representaciones cada vez más cercanas y espectaculares de las historias bíblicas, de los dogmas y de las vidas de santos saturaban, en esos años, los espacios públicos y privados. La Reforma criticó duramente los comportamientos de veneración que éstas suscitaban, y la confianza desmesurada y supersticiosa que atraían sobre sí. Al traducir la Biblia al alemán y difundirla a través de la imprenta, Lutero buscó reemplazar la falsa impresión que ellas habían dejado en la imaginación de los fieles, por la Palabra. Consciente de la importancia que las imágenes tenían en la difusión del Evangelio, Lutero aconsejó a Cranach en la tarea de elaborar una pintura religiosa, también ella reformada, cuyos temas y tipologías remitieran a los contenidos más significativos de la prédica protestante, los mismos que aparecen representados en el panel central del retablo de Weimar. Rodeado por el duque Juan Federico, su mujer y sus tres hijos, representados de rodillas y orantes en las tablas laterales del retablo, el panel principal muestra, en su centro, a Cristo agonizante en la cruz. Bajo él, el cordero sacrificial carga un estandarte semitransparente que lo señala: “Este es el cordero de Dios que purga los pecados del mundo”. A su lado, triunfante y resucitado, Cristo vence a la Muerte y al Demonio. Ambas figuras aparecen, en el segundo plano, persiguiendo a un hombre que escapa con los brazos alzados mientras se dirige, sin saberlo, a las llamas del infierno. El mismo gesto es realizado por los israelitas que aparecen representados también en el segundo plano, escapando de las serpientes ardientes que Dios envió, de acuerdo al relato del Antiguo Testamento, cuando el pueblo elegido perdió su fe. De ellas se salvan, en cambio, los que unen sus manos en oración y dirigen la mirada hacia una cruz en la que Moisés ha colocado una serpiente de bronce. También se arrodillan los pastores que reciben, detrás de la figura del Cristo crucificado, el anuncio de su nacimiento. Más abajo, junto a otros cuatro profetas y muy cerca del hombre que huía de la Muerte y del Demonio, Moisés sostiene las Tablas de la Ley. El conocimiento de los Mandamientos, que permite que el fiel reconozca el pecado y obre conforme a la gracia, se contrapone de esta forma al miedo irracional al mal y a la muerte. Al costado izquierdo del primer plano de la pintura y acompañado por Juan Bautista y Cranach, Lutero, como un nuevo Moisés, también nos muestra un libro. En él se leen, en alemán, tres pasajes tomados del Nuevo Testamento que revelan el sentido y la relación de los distintos relatos bíblicos que, según veíamos, confluyen en la pintura. “La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”, dice la primera frase. El segundo párrafo es una invitación a confiar en la gracia y en la misericordia divina. El tercero, tomado del Evangelio de Juan, vincula la serpiente de bronce con el sacrificio de Cristo: ambos fueron levantados “para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna”.

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Como los israelitas en el desierto frente a la serpiente alzada en la cruz por Moisés, como los pastores que creyeron en la venida del Mesías, en la pintura, Lucas Cranach une sus manos en oración, mientras nos observa. Del costado de Cristo, un hilo de sangre cae, con fuerza, sobre su cabeza. Es la Gracia divina, un don que el pintor apenas percibe y que, de acuerdo a Lutero, no ha hecho nada para merecer porque es una ofrenda, un don divino.

SANDRA ACCATINO es académica del departamento de Arte de la Universidad Alberto Hurtado. Ha publicado diversos capítulos de libros, artículos y ensayos sobre pintura europea, arte de la memoria y coleccionismo.

 

 

 

Comentarios

  • “La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final”, Oscar Wilde (1854-1900).
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.