MADRES HAY VARIAS

22/04/18 — POR

Y no una sola, como indica el dicho, y el cine lo sabe, como todo buen espejo de la conducta humana.

Por Vera-Meiggs

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La importancia de la madre es mayor que ese día del próximo mayo en que intentamos celebrar sus virtudes. Sin tratar siquiera de acercarnos a realizar clasificaciones, que serían siempre insuficientes, el cine ofrece algunas tipologías y algunos ejemplos clásicos que valen por todos los otros que no podremos mencionar por lo innumerables que son, señal de su significación fundamental en la psiquis humana. Alguien lejano afirmó una vez que si todas las madres cumplieran bien con su deber ya no habría más guerras. Pero eso sería posible si también los padres se colocaran a esa misma altura, podría replicar una feminista. Y ya sabemos cómo camina el mundo.

Algunos ejemplos, acotados por las virtudes cinematográficas que los contienen.

MADRES LUCHADORAS

Es como la definición de lo materno. Va muy bien con el rol y genera materiales suculentos y abundantes para un eficaz y entretenido relato “de la vida misma”. Máximo Gorki (1868-1936) enfrentó los tópicos del motivo sin timideces en su afortunada novela «La madre», cuya versión cinematográfica dirigida en 1926 por Vsevolod Pudovkin (que contó con la aprobación reticente del novelista), es uno de los monumentos mayores del cine. Vera Baranovskaia, en el tol titular, cumple una de esas actuaciones señeras, al punto que su imagen ha sido utilizada a menudo en la gráfica publicitaria, comunista y capitalista. La secuencia de la protesta y del deshielo en paralelo para hacer que madre e hijo se reencuentren, es de los mejores momentos del montaje en el cine.

«Imitación a la vida» (1959), de Douglas Sirk, un maestro del melodrama que realiza su último gran trabajo para Hollywood. La siempre acicalada Lana Turner tiene una hija que se hace amiga de la hija de una negra en busca de trabajo como doméstica.

Pasarán juntas el resto de la vida, mientras la Turner asciende en el camino de la fama y la riqueza como actriz. Quien se roba la película es Juanita Moore, como la nana madre de una hija blanca que se avergüenza de su origen. Cebolla picada fina y con ventilador dirigido a los ojos de los espectadores, pero que sigue siendo tan efectiva como en su estreno. En la escena final canta la gran contralto gospel Mahalia Jackson.

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Si hay una actriz que ha debido luchar por el rol de madre en la vida real esa ha sido Sophia Loren. Sabidos fueron sus esfuerzos por lograr una maternidad que le fue esquiva por muchos años. Hoy tiene dos hijos y varios nietos. Sin duda, ese anhelo fue el que estimuló su imaginación para sus tres mejores roles: el de madres combatientes. El más premiado fue el de «Dos mujeres» (1961), dirigida por Vittorio de Sica, donde es una madre que debe escapar de los peligros de la guerra con una hija adolescente. No saldrán incólumes del desastre, pero la actuación de Sophia Loren es de las que no se olvidan. Oscar 1962.

También en «Matrimonio a la italiana» (1964), De Sica le hace obtener otra candidatura al Oscar en el rol de un clásico del teatro napolitano, Filumena Marturano, una prostituta que nunca llora y defiende como una leona a sus tres hijos por igual frente a un cliente favorito que es el ignorante padre de uno de ellos. Su tercera gran madre es la de «Un día muy particular» (1977), esta vez dirigida por Ettore Scola. Aquí, siete hijos le han quitado todo el esplendor de su belleza, pero por un momento algo recupera en un coqueteo con un homosexual, interpretado en gran forma por Marcello Mastroianni.

Otra que lucha contra todas las fuerzas del Infierno, literalmente, es la protagonista de «El bebé de Rosemary» (1968), de Roman Polanski. En una buena actuación, Mia Farrow descubre que el bebé que espera no es realmente de su marido, pero aún así luchará por defenderlo de un vecindario extraño e inquietante, interesado en demasía en aquel que está por nacer. Triunfará el amor materno.

LAS SUFRIENTES

La Virgen María ha ilustrado esta categoría para Occidente mejor que nadie. Es otra de las características del ser materno, de hecho, lo incluye el mandato bíblico. Cinematográficamente, la categoría podría contar con infinitos ejemplos, pero una selección de cinco valen por los demás.

Una madre casi arquetípica del sufrimiento es la de «Las uvas de la ira» (1940), de John Ford. Madre Joad debe mantener unido el grupo familiar para poder llegar en un destartalado camión hasta la próspera California, después de la pérdida de sus tierras a manos de los especuladores. El viaje es una odisea de dificultades propias de la década de la Depresión estadounidense. El discurso de la madre en la escena final es de antología y le ocasionaría problemas políticos a Ford durante las persecuciones anti comunistas. Jane Darwell ganó el Oscar por el rol, pero las generaciones actuales la recuerdan vendiendo migas de pan en «Mary Poppins».

Paradoja: una actriz que al parecer fue una madre terrible ganó el Oscar sufriendo por causa de una hija pérfida. Joan Crawford en «Mildred Pierce» o «El suplicio de una madre» (1945), de Michael Curtis, un título que es un programa. Excelente melodrama sobre los excesos del amor materno.

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Otro Oscar y ganado con aún mayor dolor fue el de Meryl Streep en «La decisión de Sophie» (1982), de Alan J. Pakula, en la que un oficial nazi la obliga a elegir con cuál de sus dos hijos se quedará. Casi insoportable, pero una actuación descollante.

Jugando con el melodrama y con la facilidad para llorar de la actriz Cecilia Roth, el gran Pedro Almodóvar hizo con «Todo sobre mi madre» (1999) una bella reflexión sobre el tema de la pérdida del hijo. Marisa Paredes y Penélope Cruz aportan sal y pimienta. Oscar a la Mejor Película Extranjera.

«Madre e hijo» (1997), de Alexander Sokurov, alcanza grandes alturas de belleza plástica y conmoción, que pueden situarse con soltura entre las experiencias cinematográficas de una vida. Una madre agoniza y dialoga con su hijo que la cuida amorosamente en medio de la naturaleza. Nada más, pero los planos-secuencia y la cuidada fotografía hacen de la película una experiencia espiritual.

LAS IMPOSIBLES

«Al este del paraíso» (1954), de Elia Kazan, posee la actuación definitiva de James Dean, pero Jo Van Fleet es digna contrincante como su madre, quien, fastidiada del puritanismo del marido, lo abandona con sus hijos para instalarse con el mejor burdel del estado. Oscar a la mejor actriz secundaria.

La señora Bates de «Psicosis» (1961, Alfred Hitchcock) se deja ver poco en pantalla por causa de su sequedad de cutis, pero igual basta para darle un lugar de relieve en la historia de las madres del cine.

La protagonista de «Medea» no es el personaje más popular de la dramaturgia, pero es por lo doloroso del asunto: el asesinato de los propios hijos. En cine ha tenido dos versiones recordables, la de Pier Paolo Pasolini, (1969) con la gran María Callas de protagonista, y una dirigida por Lars von Trier (1988), con guión de Carl Th. Dreyer. Mejor la primera.

LAS PEORES

En «Mamá sangrienta» (1970), el prolífico Roger Corman, rey del cine B, utiliza su certero mal gusto para contar más el mito que la realidad de la delincuente Ma Barker (Shelley Winters la encarna con su acostumbrada solvencia), que en los años treinta comete sangrientas fechorías con sus cuatro hijos. Robert de Niro, antes de la fama, es uno de ellos. Dominante, incestuosa y violenta, canta canciones de protesta, fuma puros y dispara ametralladoras con igual intensidad, pero no permite palabrotas en casa.

Angelica Huston es una prostituta sinvergüenza en «Ambiciones prohibidas» (1990), de Stephen Frears, cuyo hijo ( John Cusak) le sigue los pasos, pero mamá le exige todo, e incluso intenta seducirlo para quedarse con el botín. Se quedará con el botín.

En «Carrie» (1976), de Brian de Palma, Piper Laurie debió ganar un Oscar por su interpretación de la pesadillesca madre de la protagonista, un auténtico catálogo de fobias y obsesiones religiosas y sexuales que hacen casi deseable una temporada en el SENAME.

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DOS MÁS DIGNAS DEL OSCAR

La sobreactuada, en la vida real, Frances MacDormand hace la contenida y tensa madre de «Tres avisos por un crimen», en la que enfrenta creativamente a una comunidad en busca de los asesinos de su hija. Allison Janney es la mejor de las madres villanas del último tiempo en «Yo, Tonya»: mientras fuma un cigarro tras otro, agrede verbal, sicológica y físicamente a su hija para transformarla en una gran patinadora. Inolvidablemente odiosa.

Ambas acaban de ganar el Oscar como Mejor Actriz y Mejor Actriz Secundaria, respectivamente.

Comentarios

  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).
  • “El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras”, Woody Allen (1935).