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MAR Y CINE

20/05/18 — POR

El movimiento constante los une, pero eso no facilita hacer grandes películas.

Por Vera-Meiggs

Hoy ya sabemos que los hombres venimos del mar y que evolucionamos (o quizás lo contrario) hasta instalarnos apretados en una superficie minoritaria en el planeta que llamamos Tierra. Un visitante galáctico nos vería como un planeta acuático y se dedicaría a estudiar primero a los que viven bajo el mar y los humanos seríamos la excepción de este mundo, a pesar de nuestro número y de nuestra obsesión constructora y destructora.

También el mar simboliza eso: el origen y destino final de la existencia: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar que es el morir”…

“Y ese mar que tranquilo nos baña y que nos promete futuro esplendor”… aseveran unos versos involuntariamente irónicos. “A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene…”, dice una sensata tonada del folclore. “Un mar de problemas”, citamos para expresar lo innumerable. En Chile estamos en una estrecha cornisa frente al océano más enorme existente, cuyas fosas marinas son tan aterradoras que todo nuestro imaginario infantil se vuelve a las montañas, con las que aprendemos a dibujar nuestro entorno más seguro.

Superficie inquieta y feroz, desde siempre inspira temores y fascinaciones. Hay tantos países que no lo han requerido para alcanzar nobles alturas de desarrollo, como hay otros que le deben toda su grandeza.

El cine, que es movimiento perpetuo, lo ha amado desde el comienzo, aunque le ha dedicado pocas obras escogidas que están aún lejos de agotar el motivo de su inquieta personalidad, oscilante e infinita.

 

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«Tabú» (1931), de Friedrich Wilhelm Murnau

Totalmente indiferente al destino humano se presenta el Pacífico de la Polinesia, lugar transformado en tarjeta postal por Occidente, pero que el gran F.W. Murnau (1888-1931), en su última película, convierte en el escenario de una tragedia romántica. Hecho con la contribución del documentalista Robert J. Flaherty, es todavía una película muda, aunque los espectadores no suelen darse cuenta. Una pareja de jóvenes ve truncado su amor porque ella ha sido consagrada a los dioses y no podrá ser tocada por hombre alguno. Los amantes huyen a otra isla para vivir en plenitud su amor, pero hasta allá los perseguirá el sacerdote Hitu, que conseguirá que la joven se suba al navío que la llevará de vuelta a su destino religioso. En la escena culminante, el enamorado y vigoroso Matahi perseguirá al navío en una canoa y finalmente a nado hasta alcanzar una cuerda que le permitirá su objetivo, pero Hitu se saldrá finalmente con la suya. 

Muy expresiva la escena en que el navío del sacerdote aparece entrando a cuadro recordando la fatalidad. Composición similar a una de «Nosferatu», también de Murnau, en la que un barco trae la peste. El destino trágico continuó en la realidad: el cineasta murió en un accidente automovilístico camino al estreno de la película y su cuerpo embalsamado llegó por barco a Hamburgo. Un camarógrafo de noticiero puntualmente repitió el encuadre.

 

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BUSTER KEATON PRODUCTIONS / COLLECTION CHRISTOPHEL

«El navegante» (1924), de Buster Keaton

El mar es el más aguerrido contrincante de Buster Keaton y su amada, dos hijos de millonarios que nada saben hacer con sus manos y que deben manejar solos un gran barco a la deriva sin saber cómo. Obviamente, la sobrevivencia los obligará a ser ingeniosos, pero los chascos serán constantes. Los intentos del héroe para sacar a la chica del agua contienen agudas observaciones sobre el comportamiento clásico de los gé- neros y podrían dar paño que cortar a las feministas actuales. El mar, con sus corrientes arbitrarias, los lleva por un camino de forzoso aprendizaje que culmina en una isla habitada por ansiosos caníbales. Una de las secuencias más delirantes se ha vuelto referencial: Buster baja al fondo del mar vestido de buzo y para organizar a los peces dirigirá el tráfico submarino como un policía. Nunca el mar fue tan buen maestro.

«Hombres de Arán» (1934), de Robert J. Flaherty

La lucha de los pescadores por obtener el sustento del embravecido mar de Irlanda es el motivo central de este documental, uno de los mayores del género. De buenas a primeras podría parecer un tema menor si no fuera por el talento visual de Flaherty (autor también del célebre «Nanook, el esquimal»), capaz de extraer belleza de temas manidos. Sin temor a reconstruir formas de pesca y de vida ya desaparecidas y mezclarla con registros espontáneos, la película emociona por sus espectaculares imágenes del mar, alcanzando alturas de gran poesía.

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«Náufragos» (1943), de Alfred Hitchcock

ÇSólo a un británico se le podía ocurrir filmar una película entera en un bote salvavidas en mitad de la Segunda Guerra Mundial. Si bien todo se hizo en la seguridad de un estudio, el desafío virtuosístico es notable y sigue siendo perfecto técnicamente. Los sobrevivientes de un barco torpedeado por los alemanes son todos anglo-norteamericanos, excepto un alemán que es el único capaz de llevarlos a puerto seguro y con el cual tendrán que compartir las raciones de alimento y agua. La tensión está asegurada y el retrato de personajes es variado, sin caer en las simbolizaciones baratas: la frívola, la chica, el millonario, el negro, el comunista. Este debe ser el mar más oscuro del cine.

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«Los 400 golpes» (1959), de François Truffaut

Autorretrato de un artista adolescente, se podría también titular esta película, sensacional debut de un autor mayor. Antoine Doinel ( Jean-Pierre Léaud) es un hijo no deseado y un problema donde se lo ponga, sólo lo calman el cine y la buena literatura. Finalmente será un reformatorio su destino, pero él buscará la forma de escapar. Una de esas obras que interpretan a una generación completa y que por igual emocionan y dejan pensando. Es que el sabio equilibrio entre el naturalismo y la esmerada construcción, la frescura y el análisis la colocan en sitial de privilegio. ¿Y el mar? Sólo se lo ve los últimos treinta segundos de proyección, pero pocas veces se lo ha enaltecido tanto. Uno de los mejores finales de la historia del cine.

 

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«Una aventura extraordinaria» (2014), de Ang Lee.

Probablemente el mar nunca ha sido más bello que en este filme, por eso volvemos a citarlo. No sólo la extraordinaria fotografía de Claudio Miranda, justamente ganadora del Oscar, hace del océano un espectá- culo de cambiantes colores, texturas y ritmos, sino también los efectos especiales que hacen surgir cetáceos voladores, peces fosforescentes y visiones oníricas. El relato de un náufrago con un tigre en un bote es improbable, pero la transfiguración estética de este mar prodigioso hace verosímil la sugestiva aventura.

«El mundo del silencio» (1955), de Jacques Cousteau

El gran maestro del mundo submarino ganó el Premio de Cannes y el Oscar de Hollywood con este maravilloso documental filmado desde el Calypso, la famosa nave de investigación que tanto hizo por la conservación del mundo acuático, a pesar de que hoy varias escenas podrían ser cuestionables. Le siguió nueve años después «El mundo sin sol», que también contiene algunas de las más bellas escenas submarinas vistas hasta entonces.

 

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«Kon Tiki» (2012), de Joachim Ronning, Espen Sandberg

Nadie aseguró nunca que los vikingos se habían extinguido. He aquí uno moderno. Se tenía que llamar Thor Heyerdahl y asumir su aventura épica para demostrar la existencia de conexiones entre los polinésicos y los antiguos peruanos a través de un cruce del Pacífico en una frágil balsa de troncos y cañas. Ocho mil kilómetros en esas condiciones es un exceso para cualquiera y Heyerdahl estuvo dispuesto a pagar el precio. Convencional como cine, pero efectivo. Estuvo de candidata al Oscar al Filme Extranjero en 2013, junto a «No». El documental que Heyerdahl filmó durante la travesía, efectivamente ganó el premio en 1951.

MARES ANIMADOS

«LA SIRENITA» (1989), de John Musker, Ron Clements.

Afortunada y exitosa adaptación del cuento de Hans Christian Andersen, cuyo fuerte son las canciones y los míticos personajes submarinos.

«BUSCANDO A NEMO» (2003), de Andrew Stanton, Lee Unkrich.

Espléndida animación digital de un mundo submarino cuidadosamente estudiado. Ya un clásico.

«PONYO» (2008), de Hayao Miyazaki. Dibujada con mano elegante, muy japonesa, esta versión de «La sirenita» no debe mucho al original. La secuencia del tsunami que provoca la protagonista es extraordinaria.

PREGUNTA: ¿Y en Chile, cuándo filmaremos algo digno del tema? El documental «El botón de nácar», de Patricio Guzmán, se acerca mucho…

Comentarios

  • “Todas las ideologías que justifican el asesinato, acaban convirtiendo al asesinato en ideología”, palabras de un juez tras la muerte de Isaac Rabin.
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.