(MAYO DEL 68) CINCUENTA AÑOS BUSCANDO BAJO LOS ADOQUINES

02/06/18 — POR

Las revueltas estudiantiles de París y Nanterre, que encendieron la mecha de una protesta masiva de los trabajadores y situaron a la juventud por primera vez en el protagonismo de la historia, se conmemoran por estos días, aún con seguidores y detractores. Conversamos con la antropóloga y fotógrafa Leonora Vicuña, chilena francófona con sucesivas residencias en Francia y testigo presencial de un tiempo de cambios.

Por Elisa Cárdenas O.

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Mayo del 68 tuvo y tiene aún enormes repercusiones, ya que es un suceso histórico más o menos reciente y uno de los últimos que remeció a una sociedad que parecía cimentada y segura.

 

Desde 1978, cuando se cumplía una década de la hiper conocida revuelta estudiantil Mayo del 68 en París, las conmemoraciones no han estado exentas de polémica. A medio siglo de los hechos, la institucionalidad francesa anunció con antelación un amplio programa de actividades –incluidos coloquios, exposiciones, ciclos de cine, performance– para conmemorar y reflexionar sobre el legado de este crucial episodio histórico, pero marcando una equidistancia al advertir que todo ello se haría “sin caer en la nostalgia”. El Presidente Emmanuel Macron mostró una postura zigzagueante ante la efeméride; y años atrás, el ex Presidente Nicolas Sarkozy, personaje de gran liderazgo en la Francia contemporánea, se desmarcó de Mayo del 68 e incluso describió su significación histórica como “la doctrina del todo vale, que borró la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo”.

Cuando hablamos de procesos históricos, 50 años es casi ayer, por lo que no es de extrañar que los líderes de opinión, los historiadores, los políticos y los estudiosos de la teoría social no se pongan de acuerdo respecto de un fenómeno que, sin duda, cambió mentalidades. Entre la avalancha de revisiones y reflexiones sobre el origen, el legado y la vigencia de este acontecimiento, capturamos el testimonio de una chilena muy ligada a Francia, parte de esa juventud que luchaba contra el autoritarismo en todas sus formas, y testigo directo del ambiente parisino posterior a esa épica revuelta.

La fotógrafa Leonora Vicuña vivía en Santiago y tenía 16 años cuando estalló la revolución estudiantil parisina. Aunque no manejaba mucha información, percibía las noticias de Europa como procesos paralelos a lo que se empezaba a vivir en América y particularmente en Chile. Al respecto recuerda: “Se supo que en Francia estaba quedando la grande, pero no se pensaba entonces en las repercusiones de esa revuelta. Sabíamos que había una coincidencia con los movimientos de Berkeley, la Beat Generation, los paros y sittings, y todo ese ánimo reflejado en algunas películas estadounidenses como «Busco mi destino». El “Che” Guevara estaba en Bolivia y venía la revolución. En Chile había un incipiente movimiento hippie y comenzaban importantes cambios en la educación y con la Reforma Agraria de Eduardo Frei Montalva, que fue muy controvertida y que recuerdo con mucha vitalidad, a pesar de mi juventud. Percibíamos en el aire una búsqueda de libertad, la lucha por romper con las viejas tradiciones. A la muerte del “Che” Guevara siguió el movimiento Tupamaru y ya se anunciaban los cambios en Chile, que efectivamente llegaron con la Unidad Popular. Yo estudiaba Ingeniería Matemática en la Universidad de Chile, donde éramos sólo tres mujeres. Se abrió la carrera de Antropología en el Instituto Pedagógico y decidí cambiarme, y luego me trasladé a Francia en los primeros meses de 1973”.

Llegó a la Universidad de París VII-Sorbonne Jussieu, convalidando algunos cursos para continuar Antropología y siendo ya muy conocedora de las demandas estudiantiles que un tiempo atrás habían encendido la llama y sumado a los trabajadores del país entero, esparciendo ese ánimo insurrecto por Europa y América como un signo de los nuevos tiempos, en plena Guerra Fría. Para entonces, Leonora ya conocía la obra de pensadores como el historiador, teórico social y psicólogo Michel Foucault (1926-1984), el psiquiatra y psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981), el antropólogo, filósofo y etnólogo Claude Lévi-Strauss (1908-2009) o el filósofo, escritor y cineasta Guy Debord (1931-1994), quien se adelantó no sólo a Mayo del 68 sino al escenario actual del Postcapitalismo en su famoso libro «La sociedad del espectáculo» (1967). Rodrigo Vicuña, hermano de Leonora fue, de hecho, el responsable de la primera traducción al español de esa obra señera.

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Leonora Vicuña

Informada y afín a la reciente revolución, Leonora Vicuña se encontró con una Francia muy distinta a lo que esperaba: “Una de las consecuencias fue que se sacaron las universidades del centro de París y se pusieron en las afueras; se hicieron escuelas separadas entre sí para impedir la agrupación de los estudiantes y los disturbios. Pensé que me encontraría con el espíritu libertario de Mayo del 68 pero éste brillaba por su ausencia. Llegué a un París donde imperaba el orden y estaba todo muy controlado, había mucha policía en las calles, lo que ha recrudecido con el tiempo, pues las sociedades de control de las que habló Foucault se ven con claridad hoy en Francia y en todo el mundo: todos los movimientos sociales en la actualidad están absolutamente controlados y tratados por fuerzas especiales. Lo que encontré fue una sociedad próspera, de consumo incipiente y muy potente, bajo el mando del Presidente Valéry Giscard d’Estaing (1926), quien representaba a la derecha más profunda. Los pocos movimientos revolucionarios que quedaban eran más bien por debajo y bastante clandestinos, entre ellos el grupo Acción Directa, originado en el tiempo de Mayo del 68 e inspirado en los escritos de Debord, entonces poco masivos; «La sociedad del espectáculo» es hoy un libro famoso y estudiado, pero entonces –y diría que hasta los años 80– era considerado muy complejo, costaba asociarlo a lo que se veía en el cotidiano”.

Leonora apunta a esa incipiente prosperidad del país como una de las causas indirectas de la insurrección de mayo: “El movimiento estudiantil impulsó la revolución, pero en Francia había un importantísimo movimiento de los trabajadores, con sus reivindicaciones y demandas laborales. Esas fuerzas cuajaron al juntarse varios aspectos, había un gran descontento porque una sociedad próspera, nunca es próspera en partes iguales. Había injusticia, maltrato, recién la sociedad francesa estaba conociendo lo que era salir con los congé payé (vacaciones pagadas), era un escenario muy complejo, cuya explosión en el mes de mayo tuvo en vilo al Presidente Charles de Gaulle, quien se refugió en Londres y su Gobierno estuvo unas semanas a punto de ser disuelto a causa de la rebelión”.

REÍRSE DEL PODER

Como se sabe, De Gaulle atendió a algunas demandas de los trabajadores y resultó reelecto en la Presidencia. Pero eso significó el aumento del control social, agudizado después con la llegada de Valéry Giscard d’Estaing al poder:

“La ‘mano dura’ era muy fuerte –recuerda Leonora Vicuña- y entre las consecuencias más tremendas estuvo el surgimiento de los grupos radicales anticapitalistas, como el Baader-Meinhof de Alemania, que buscaban un cambio total”.

Leonora abandonó Francia un poco desilusionada y se trasladó a Grecia, pero era sólo una primera despedida, ya que generó una especial conexión con la nación gala, sostenida por décadas de residencias intermitentes.

“Cuando llegué a Francia no existían becas ni nada, terminé la licencia con dificultades. No había extranjeros; cuando supimos del golpe militar, éramos 4 o 5 chilenos en la Embajada, vimos más bien franceses y españoles, gente muy solidaria con los diferentes partidos y movimientos. Pienso que ahí se detectaron las repercusiones de Mayo del 68 en Chile, la actitud de la juventud, algunos eslogans, el pararse frente a la policía y poner en jaque a las autoridades fueron influencias, aunque no tan evidentes, más bien subrepticias. El mismo hecho de que Salvador Allende sea tan importante para los franceses y para Europa, pues fue una comprobación de que el socialismo podía llegar al poder por las urnas y sin derramamiento de sangre y eso, aunque sucediese en un país tan lejano, era interpretado como una consecuencia del movimiento del 68, una revolución sin muertes. Hubo mucha solidaridad de Francia, y mucho interés y conocimiento en nuestro país y sus procesos. Prueba de lo mismo es la enorme cantidad de exiliados chilenos allá tras el golpe militar; Francia era considerada la nación de los derechos humanos, que recibía a los perseguidos políticos, hoy eso ha cambiado rotundamente”.

Más que una revuelta política, fue una revolución cultural y sus consecuencias se ven en el largo plazo. Leonora Vicuña concluye al respecto: “Desde siempre, los movimientos sociales van dejando huellas y se van a parecer y emular problemáticas de movimientos anteriores; por ejemplo, la Revolución Francesa instaló los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que tanto nos cuesta conseguir ahora. Guardando las proporciones, Mayo del 68 tuvo y tiene aún enormes repercusiones, ya que es un suceso histórico más o menos reciente y uno de los últimos que remeció a una sociedad que parecía cimentada y segura. Los cambios son lentos, pero yo destacaría el poder que pueden llegar a tener los movimientos colectivos espontáneos que, si bien pueden producir mucho desgaste, van permitiendo que los poderes deban tomar en cuenta ciertas reivindicaciones. Hoy, los partidos políticos sufren de un desprestigio en todo Occidente y es la voz de la calle la que va instalando los temas. Mayo del 68 es un movimiento de repercusión mundial, sobre todo porque unió al estudiantado con el proletariado. Hoy el proletariado prácticamente no existe y está siendo reemplazado hasta por los robots, como la clase social obrera fue prácticamente destruida a causa del capitalismo y del sistema actual, cuyas fuerzas especiales y controles son cada vez más sofisticados. Mayo del 68 imprimió en la juventud una manera de lucha con los slogans, los grafitis y una cierta necesidad de reírse del poder, reconociéndolo pero a la vez sintiéndose poderosos como jóvenes. Es un fenómeno interesante desde el punto de vista cultural, artístico, filosófico, literario y, en general, una toma de consciencia de que si uno no intercede para que las cosas cambien, el mundo no cambia”.

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Leonora Vicuña nunca ejerció como antropóloga: “Lo que me interesaba no lo encontré en la universidad”, dice. Regresó a Chile (aquella primera vez) en 1978 y participó en muchas manifestaciones callejeras contra la dictadura. Pero fue después cuando tomó la cámara fotográfica a nivel profesional; hoy, desde esa perspectiva apunta: “Es importante cómo la fotografía empieza a participar de estos fenómenos sociales, registrando lo que antes sólo podíamos conocer por dibujos o grabados, como los hay de la Revolución Francesa”. En ese sentido, hace hincapié en la exposición itinerante «Sublevaciones», compuesta de obras plásticas, fotográficas y audiovisuales que reflejan los acontecimientos políticos y las emociones colectivas de los movimientos de masa en lucha. Son alrededor de 250 trabajos, desde Goya hasta nuestros días, que se han exhibido en París, Barcelona, Buenos Aires y actualmente están en Ciudad de México. Su curador, el filósofo e historiador del arte francés Georges Didi-Huberman reedita la propuesta en cada ciudad, incorporando a las revoluciones y artistas locales. En su texto reflexiona: “¿Qué nos subleva? Una serie de fuerzas: psíquicas, corporales, sociales. Con ellas transformamos lo inmóvil en movimiento, el abatimiento en energía, la sumisión en rebeldía, la renuncia en alegría expansiva. Las insurrecciones ocurren como gestos: los brazos se levantan, los corazones palpitan más fuerte, los cuerpos se despliegan, las bocas se liberan. Las sublevaciones no llegan nunca sin pensamientos, que a menudo se convierten en frases: la gente reflexiona, se expresa, discute, canta, garabatea un mensaje, fabrica un cartel, distribuye un panfleto, escribe un libro de resistencia”.

UN LEGADO EN DISPUTA La rebeldía y esa alegría expansiva de los estudiantes de París y Nanterre, que movilizó a toda una nación son recordadas, después de 50 años, en una Francia en conflicto, cuyas calles se han vuelto a llenar de ciudadanos indignados frente a las reformas laborales del presidente Macron.

Desde su experiencia, Leonora Vicuña considera que “la actual ley del trabajo es leonina, se acabaron las 35 horas, se acabaron las horas extraordinarias. El gran capital está desarmando todos los avances laborales obtenidos con el Frente Popular de 1938. Si lo pensamos, Chile tuvo en la misma época su propio Frente Popular, a pesar de ser países distantes, con historias tan disímiles. Pienso que en el mundo las cosas suceden con una relativa simultaneidad, es un asunto de época, hay un despertar frente a los mismos patrones de explotación y a las formas de producción que son utilizadas en un avance hacia un progreso lineal y a veces muy absurdo”.

El legado de Mayo del 68 es vitoreado por muchos por poner fin a los lineamientos dogmáticos de la sociedad, a la obediencia política hacia el Gaullismo por un lado y el comunismo por otro. Las revueltas fueron emprendidas por jóvenes troskistas y maoístas, con demandas representativas de la izquierda pero, por sobre todo con un afán libertario en términos individuales y colectivos.

Para sus detractores, Mayo del 68 fue, precisamente por esas demandas de libertad, el pavimento perfecto para la sociedad de consumo y del libre mercado, donde la autonomía individualista termina siendo la panacea del marketing y de la publicidad hasta nuestros días.

¿Libertarios o liberales? Es la dicotomía que mantiene a Mayo del 68 como un imaginario en disputa. El filósofo francés André Glucksmann (1937-2015) fue uno de los que puso en la balanza sus ganancias y sus pérdidas: “Ganó, porque se dio el tiempo de transformar las mentalidades, terminar con la idea de revolución jacobina o leninista, terminar con la idea de que entre más sangre, más profunda es la revolución. De todo ello nos dimos cuenta después… Perdió porque hubo una suerte de deriva terrorista, frágil en Francia y mucho más fuerte en Alemania, Italia, Estados Unidos o Japón, donde grupúsculos de origen estudiantil se masacraron entre ellos. Ese fue uno de los primeros errores y horrores de lo que siguió a Mayo del 68; el movimiento no era terrorista, pero sí lo que siguió después”.

 

Comentarios

  • "El mejor regalo que Dios ha dado en su abundancia fue la autonomía de la voluntad", Dante Alighieri (1265- 1321).
  • "No creas todo lo que piensas", Byron Katie (1942), conferencista estadounidense.