Modernidad líquida: ideas claves de Zygmunt Bauman sobre las artes y la cultura

10/03/17 — POR
Fallecido a inicios de año, el sociólogo polaco fue testigo y observador en primera línea de los procesos sociales del siglo XX. Crítico recurrente de los alcances que el Neoliberalismo viene teniendo en el cotidiano de las personas, dedicó varios trabajos a las transformaciones que experimenta el campo cultural ante al predominio del mercado, alertó sobre las disyuntivas que enfrentan las artes en el nuevo contexto y se detuvo en las particularidades de los públicos de hoy.

A fines de 2016, un suplemento local enfocado en las tendencias sociales incluyó en su anuario uno de los términos más usados por la clase política durante la temporada: modernidad líquida. Se reconocía así el amplio alcance que ha tenido la expresión acuñada a comienzos de siglo por el polaco Zygmunt Bauman (1925-2017).

En el último año se la usó para explicar los vaivenes de la contingencia, especialmente las preferencias y renuencias que generan los precandidatos presidenciales. Los analistas políticos afirmaron de manera recurrente que “el escenario está demasiado líquido” para hacer proyecciones electorales.

No es claro que Bauman se haya propuesto explicar únicamente la incierta conducta de los votantes al publicar «Modernidad líquida» en el año 2000. Su propósito fue más bien sistematizar las observaciones en las que venía trabajando desde la década de los 80 como testigo privilegiado de la Guerra Fría y del desplome de las utopías.  El libro es su obra de referencia y, como ocurre con los títulos que aciertan en la descripción de una época, es citado incluso por quienes no lo han leído.

“El mundo hecho de objetos duraderos ha sido sustituido por uno de productos desechables diseñados para su inmediata obsolescencia. En un mundo de estas características, las identidades pueden adoptarse y desecharse como quien cambia de vestido”, explicaría más tarde. “El horror de la nueva situación está en que todo trabajo diligente de construcción puede resultar vano; el atractivo de la nueva situación, por otra parte, reside en el hecho de no verse atado por pasadas desgracias, de no verse nunca irrevocablemente derrotado, de mantener siempre las posibilidades abiertas” («La cultura en el mundo de la modernidad líquida», 2011).

Como alternativa a la postmodernidad y sus derivados, el sociólogo fallecido en enero pasado entrega en el texto un marco para comprender la corrosiva incertidumbre que caracteriza al siglo XXI. Emplea la analogía del estado de la materia para advertir cómo hemos transitado de un período seguro, con instituciones e ideologías en las cuales guarecerse, propias de la Modernidad sólida, a un escenario en que todos los referentes pierden consistencia y se disuelven.

Son los tiempos líquidos resultantes de la fase más avanzada del Neoliberalismo en que el Estado parece retirarse de la vida pública y las fuerzas del mercado copan todos los campos.

En su momento, esto convirtió a Bauman en el autor de los indignados y de los movimientos críticos de la globalización, y también en el pensador de la era signada por las redes sociales, los nativos digitales y la comercialización de las emociones y los vínculos.

En la abundante serie de publicaciones abordó las distintas dimensiones de la vida actual y la zozobra de la identidad del sujeto contemporáneo ante las nuevas tecnologías. Dedicó columnas y ponencias a la disyuntiva que enfrentan las artes y la cultura y las modificaciones que se aprecian en los hábitos de los públicos, en particular en los llamados nativos digitales. “Intento aprender del artista el difícil arte de arriesgarse y de ser valiente”, llegó a afirmar a propósito de su interés por discutir las nuevas condicionantes de la creación.

Los cambios de escenario que debió sortear en 91 años eran su aval junto a la relectura de otros pensadores. Nacido en 1925 en la Polonia de entreguerras, su familia judía se trasladó a la URSS huyendo de la persecución nazi cuando él tenía 13 años. Fue parte de la división polaca del Ejército Rojo, regresó a Varsovia y militó en el Partido Comunista hasta la purga de 1968 que le obligó a huir a Tel Aviv. Se formó como sociólogo y en 1972 se estableció en Leeds, Inglaterra, donde comenzó a escribir y a publicar siguiendo el curso de los cambios que se generaban en Europa y en Estados Unidos.

Su presencia en foros y seminarios era el testimonio de los tiempos que quedaban atrás, aunque su reconocible impronta le otorgaba el aura de profeta del nuevo siglo, como atestiguan las numerosas entrevistas que concedió.

La relectura de sus textos permite rastrear ideas claves sobre las artes, la cultura y los públicos desarrolladas con la agudeza y la precisión que le caracterizaron.

Misión del Estado: Fomentar el encuentro de los públicos con las artes

“Un Estado dedicado a la promoción de las artes debe enfocarse en asegurar y atender el encuentro continuo entre los artistas y su público. Es en el marco de estos encuentros donde se conciben, engendran, estimulan y realizan las artes de nuestros tiempos”.
“Y es en pos de estos encuentros que es preciso alentar y apoyar las iniciativas artísticas de base.
“Las obras de arte contemporáneas suelen ser indeterminadas, subdefinidas, incompletas, aún en busca de su significado y hasta ahora inseguras de su potencial, y sujetas a permanecer así hasta el momento de su encuentro con el público, un encuentro activo desde ambos lados; el verdadero significado de las artes (y en consecuencia, su potencial de ilustrar y de promover cambios) se concibe y madura en el marco de ese encuentro”.
«La cultura entre el Estado y el mercado» (2011)

Públicos infieles: el sujeto contemporáneo como turista

“En el juego de la vida de los hombres y mujeres posmodernos, las reglas del juego no dejan de cambiar mientras se juega. Acortar el juego significa guardarse de compromisos a largo plazo. Negarse a asumir de un modo u otro una posición fija. No atarse a un lugar por muy agradable que parezca la parada actual. No casarse de por vida con una única vocación. No jurar fidelidad o constancia hacia nada ni nadie…”.
“El eje central de la estrategia vital posmoderna no es hacer que la identidad perdure, sino evitar que se fije. La figura del turista constituye el epítome de semejante evitación. En efecto, todo turista que se precie es un maestro supremo en el arte de disolver lo sólido y de desfijar lo que está fijado”.
«Turistas y vagabundos: héroes y víctimas de la posmodernidad» (1995)

Fervor de festivales y eventos culturales

“Ahora los eventos parecen ser la fuente más abundante de valor agregado a la cultura”.
“Los eventos están exentos de los riesgos a los que se exponen hasta las galerías y los auditorios más famosos. Tienen la ventaja de que en un mundo sintonizado con la volubilidad, la fragilidad y la transitoriedad de la memoria pública, no necesitan apoyarse en la lealtad –dudosa bajo estas circunstancias– de los clientes fieles: los eventos, así como otros genuinos productos de consumo, tienen fecha de expiración”.
“Sus diseñadores y operadores pueden eliminar de sus cálculos las preocupaciones a largo plazo, con lo cual reducen sus gastos; más aún, pueden ganar en credibilidad y prestigio gracias a la perceptible consonancia entre su carácter y el espíritu de los tiempos”.

La cultura en una sociedad de consumidores

“Como corresponde a una sociedad de consumidores como la nuestra, la cultura hoy consiste en ofertas, no en normas”.
“Esta sociedad nuestra es una sociedad de consumidores, y, al igual que el resto del mundo tal como lo ven y lo viven los consumidores, la cultura se convierte en un almacén de productos, concebidos para el consumo, que compiten por la atención flotante, cambiante y desnortada de los potenciales consumidores, con la esperanza de atraerla, captarla y retenerla durante algo más que un instante fugaz”.
“La cultura moderna líquida no tiene ningún pueblo al que pueda cultivar. Lo que sí tiene son clientes a los que puede seducir”.
«¿Qué ha sido de la elite cultural?» (2011).

Imposibilidad de las vanguardias

“Las nuevas creaciones artísticas no se proponen desterrar y relevar a las existentes, sino sumarse a las demás, haciéndose un hueco dentro del panorama artístico notoriamente superpoblado”.
“Todos los estilos, tanto los viejos como los nuevos, deben demostrar su derecho a la supervivencia recurriendo a la misma estrategia, puesto que todos se someten a las mismas leyes que rigen toda creación cultural, pensada –según la memorable expresión de George Steiner– para el máximo impacto y la inmediata obsolescencia”.
«El arte posmoderno, o la imposibilidad de la vanguardia» (2009).

Comentarios

  • “No puedes esperar que los dos extremos de una caña de azúcar sean dulces”, Proverbio.
  • "Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria", Alvaro Siza (1933), arquitecto portugués.