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MONARCAS EN SERIE

18/10/17 — POR
Reinas reinan en la pantalla chica, también un Papa atractivo, fumador y ambiguo. Por Vera-Meiggs.

Que la monarquía sea un sistema completamente pasado de moda se ha vuelto más que discutible. Tal vez, siempre ha sido discutible. La endogamia política está muy lejos de conocer el ocaso en los tiempos actuales y no resiste análisis culpar de ello a un sector ideológico determinado. Corea es un ejemplo. El sistema monárquico es más claro al norte comunista que al sur capitalista, aunque éste le hace empeño por igualar al competidor. En África, los ideales democráticos han quedado en la teoría y las elecciones debieran llamarse confirmaciones de continuidad. En la izquierdista Angola, la hija del presidente es la empresaria más rica del continente y su país sigue siendo de los más atrasados. Buen amigo del poder es Don Dinero, señor Putin, cuyo interés por la rotación en el poder es proporcional al de su voluntad por defender las focas del Ártico.

En Europa, la epidemia republicana se desató con fervor en el siglo XX, dejando algunas rarezas esparcidas en el pequeño continente como botones de muestra de una tradición histórica. Los reinos sobrevivientes gozan de buena salud económica y estabilidad política, lo que ha permitido a las familias reales aflojar normas y protocolos en concordancia con los usos de las repúblicas. Sin embargo, parte de su misterio se mantiene gracias a los usos adecuados de escenografías opulentas, vestuario suntuoso y la infaltable joyería ceremonial.

Será por eso que las historias de monarcas son también una prueba segura para las finanzas televisivas, para los guionistas bien documentados y los intérpretes arriesgados. Todo eso lo podemos apreciar en una tríada de reciente exhibición, cuyo éxito ha asegurado su continuación en nuevas temporadas.

ISABEL

Puede que hoy no sea un nombre muy original para una reina, pero lo era en el siglo XV. Isabel de Trastámara (1451-1504), princesa de Castilla, inauguró la tendencia al proclamarse reina de un territorio que era casi la mitad de la España actual. La otra mitad era el reino de Aragón, cuyo heredero casualmente era un primo de su edad, soltero, inteligente y atractivo. Al sur los moros desafiantes. Con una base como esa el melodrama está asegurado.

Así lo entendió Radio Televisión Española al invertir en la complicada biografía de doña Isabel la Católica. En 39 capítulos ordenados en tres temporadas, que obtuvieron una altísima sintonía, se cuenta la historia de esta princesa destinada a tener un rol decorativo en una corte ansiosa de casarla luego con quien la política del reino decidiera. Pero la tozuda adolescente no se dejaría utilizar. Con su padre muerto y su madre recluida por loca, Isabel logrará heredar el trono de Enrique IV, su medio hermano, y para ello no tendrá escrúpulos en denunciar como ilegítima a la famosa hija de éste, Juana la Beltraneja, de infeliz destino. Pero esto es sólo el comienzo. El asunto de su matrimonio enreda las relaciones con los países vecinos. A ninguno conviene alguien tan determinado en el trono de Castilla y nadie confía ya en que por ser mujer se dejará manejar. Y, efectivamente, Isabel logrará escabullirse de trampas de todo tipo e inventará todos los trucos posibles para mantenerse soltera, hasta que la desbordante fogosidad de Fernando de Aragón la hará sucumbir para mutuo contentamiento. Cuando sean coronados en sus sendos reinos, su unión será el objetivo de sus vidas, como el de sus enemigos será intentar destruirla. Pero la toma de Granada y la expulsión de moros y judíos consolidará el nacimiento de una nueva potencia europea, debidamente bien financiada por la llegada del oro de las Indias recién descubiertas.

La tercera temporada nublará tanta dicha: los hijos y sus concertados matrimonios les acarrearán un rosario de infortunios y muertes que terminarán por dejar de heredera a Juana, no casualmente llamada la Loca. Las esperanzas de los atribulados Reyes Católicos estarán puestas en su nieto Carlos, heredero de media Europa. A él está dedicada la nueva «Carlos, Rey y Emperador», ya en exhibición. Espléndida en lo visual y muy bien armada en sus infinitas intrigas palaciegas, ambas producciones se pueden resentir de una cierta reiteración en la puesta en escena, pero sin mengua importante para el interés. ¿Habrá también un «Felipe II»?

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Jude Law, «The Young Pope».

 

EL JOVEN PAPA

Pío XIII, lo sabemos, no existe, pero la serie dirigida por Paolo Sorrentino («La gran belleza») es tan convincente que casi la tragamos como una profecía.

Estamos aquí en el terreno exclusivo de “serie de autor”, a la que podrían pertenecer «Fanny y Alexander», de Ingmar Bergman; «Berlin Alexanderplatz», de Rainer Werner Fassbinder; «Los misterios de Lisboa», de Raúl Ruiz, o «Heimat», de Edgar Reitz.

La sorpresiva elección del estadounidense y joven Papa Lenny Belardo (Jude Law) ha sido recibida con violentos contrastes en la Santa Sede. Los sectores conservadores lo ven como una rotunda victoria sobre las fuerzas de la secularización, pero la verdad es mucho más matizada y compleja, comenzando por la reacción de su mentor, el cardenal Spencer, que ambiciona el puesto y al no obtenerlo intenta el suicidio. Pero las sorpresas de Pío XIII están recién comenzando. Todo en él es particular, como el hecho de ser huérfano y de haber crecido bajo la tutela de una monja (Diane Keaton), que pasará a ocupar el cargo de secretaria privada. Se lo informa el propio Pío a su Secretario de Estado, mientras enciende el primero de sus muchos cigarrillos. Pero lo que parece una informalidad tremenda viene contradicha rápidamente por la forma en que trata al personal de servicio, su indiferencia respecto a la política general, su total desconocimiento de los mecanismos del Vaticano y el misterio con el que intenta rodearse, en que el humor, la sátira y la auténtica preocupación metafísica se turnan para amenizar los capítulos. Como era de lógica exigencia para una historia papal, la ambientación es espléndida, a pesar de no haber sido grabada, obviamente, en el auténtico Vaticano. Pero el vestuario del extravagante personaje no desdeña la deuda asumida que tiene Sorrentino con Federico Fellini. Particularmente deliciosa la presentación de los títulos en que un meteorito va pasando a través de una galería de pinturas hasta terminar por derribar una estatua de Juan Pablo II.

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Isabel II (Claire Foy), «The Crown».

THE CROWN
Peter Morgan (1963) debe tener una verdadera obsesión por Isabel II. Fue el autor del guión de «La reina» (2007), de Stephen Frears, luego escribió «The audience» (2013), la celebrada obra teatral de la que ya escribiéramos, y ahora ha retomado todo el material para darle la forma de una serie capaz de adoptar a los millones de espectadores huérfanos después del final de «Downton Abbey».

Y así ha sido. Netflix ha invertido una fortuna para la puesta en escena, necesariamente suntuosa, de los primeros años del reinado más largo de la historia de Gran Bretaña. Comienza con el noviazgo de la joven heredera con Felipe de Grecia y Dinamarca, su primo lejano que pasa a convertirse en el duque de Edimburgo para casarse con ella. Los primeros cinco años son bastante felices, pero el cáncer pulmonar de Jorge VI arrecia y finalmente vence a su víctima. En una familia en que todos fuman en forma compulsiva, incluyendo la impecable e implacable reina María, Isabel es un modelo de lo que debe ser una soberana. El que pagará el precio de tanta perfección será Felipe, obligado a caminar algunos pasos detrás de su esposa, a aceptar que sus hijos no lleven su apellido y a vestirse con uniformes pomposos. Por su parte, la princesa Margarita, hermana menor de la reina, tiene una historia de amor con el antiguo asistente de su padre, pero es un divorciado y siendo Isabel la cabeza de la Iglesia Anglicana, su posición es extremadamente conflictiva. Winston Churchill, a la sazón Primer Ministro, con su sagacidad política sabe ser un apoyo para la joven reina, pero también causará problemas con su personalismo excesivo y su salud deteriorada que dará uno de los mejores capítulos. Completa el cuadro el tío, ex rey Eduardo VIII, ahora Duque de Windsor, cuya influencia aparece como mayor de lo que siempre se quiso aceptar. Entre éxitos de audiencia y premios internacionales, «The crown» es una de las series más esperadas en su segunda temporada, ya anunciada para diciembre.

 

Comentarios

  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.
  • “Me gusta que el flequillo me cubra los ojos: eso me ayuda a tapar las cosas que no quiero ver”, Raquel J. Palacio, escritora estadounidense.