Monumento a Bernardo O’Higgins

17/05/18 — POR

UN PRÓCER SOBRE UN CORCEL

Por Ignacio Szmulewicz R.

E l bandejón central de la Alameda de Santiago es el único lugar del terruño materno donde los monumentos conmemorativos se sienten a sus anchas y habitan como si siguieran existiendo en un mundo de valores cívicos y republicanos. La extensión urbana que va desde las Torres de Tajamar hasta la Estación Central, excediendo el perímetro del centro histórico, concentra el cuerpo más contundente, sólido y establecido de los esfuerzos de nuestros padres fundadores para representar el poder simbólico, la historia política y el futuro anhelado de la nación del siglo XIX y el XX (el Cementerio General y el Católico se llevan el segundo y tercer lugar en este improvisado ránking).

Los próceres y personajes célebres del pasado, mujeres y hombres valiosos ejerciendo acciones heroicas (la Tragedia según Aristóteles) siguen estáticos y perseverantes frente a todos los avatares geográficos y culturales. Tal misión, la del monumento conmemorativo, resulta hoy lejana y anquilosada. Lo cierto es que gran parte de nuestra vida urbana sigue sucediendo gracias a la circulación a través de esos hitos. Una vez dispuestos, a la ciudadanía le ha resultado penoso y dramá- tico su movimiento o desplazamiento (la respuesta de los vecinos al daño de la escultura de Rebeca Matte que se encuentra en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes es única).

El poder de atracción que generan y la pregnancia en el imaginario cultural son absolutamente complementarios al olvido, desdén y descuido que muchas veces sufren. Los monumentos conmemorativos constituyen una de las más importantes obras legadas a la posteridad de los visionarios que imaginaron el crecimiento del país. Un maravilloso recorrido por estas obras de la capital se puede seguir en el libro de «Santiago 1792-2004. Escultura pública.

Del monumento conmemorativo a la escultura urbana», de Liisa Voionmaa. En el corazón mismo de ese monumental eje se encuentra el retrato ecuestre del libertador Bernardo O’Higgins realizado por el escultor y pintor francés Albert-Ernest Carrier-Belleuse e inaugurado en 1872 por encargo del Gobierno chileno, con la presencia fundamental de Nicanor Plaza en dos de los relieves laterales.

El conjunto se ubica frente a la fachada sur de la casa de Gobierno, al inicio del Paseo Bulnes, aledaño a la cripta con los restos del legendario militar (un lugar bastante invisible para el transeúnte). Con las constantes remodelaciones que tan mareados dejan a los habitantes del siglo XXI, el monumento a O’Higgins se instala en un lugar tangencial, menor y distante del recorrido, aunque esencial para la historia cultural del país. Su escala es paradojal. Levantado sobre un pesado pedestal, el retrato ecuestre coloca como protagonista para el ojo a un pisoteado soldado español al paso raudo del corcel en el famoso sitio de Rancagua en 1814.

Quizás la empatía frente al antiguo imperio haya cambiado, o bien la crisis de las instituciones se encuentre en su apogeo, pero lo cierto es que el monumento conmemorativo resulta agresivo en su representación del héroe. Más que un poderoso cuerpo reposando en un paisaje (como lo pintase Gil de Castro), el O’Higgins del francés es un Alejandro que avanza ciegamente a la batalla. Quien mejor ha logrado rescatar la manera cómo el monumento se funda con un entorno ha sido Juan Francisco González, que le dedicó una pequeña y colorida pintura, su particular forma de endulzar lo parco del conjunto. Esta pintura sitúa toda la composición en una mirada lateral en vez que frontal, transmitiendo el movimiento como la síntesis de la silueta del monumento.

La enseñanza de Juan Francisco González (y de otros artistas más contemporáneos, como Claudia del Fierro, Gonzalo Díaz o Enrique Matthey) es que los monumentos deben apropiarse. La contemplación y valoración del pasado no es opuesta a su interpretación e inscripción en el presente. Esperemos que tal suerte le siga sucediendo a un nombre que se ha transmitido de generación en generación.

Comentarios

  • "La duda es el origen de la sabiduría", Rene Descartes (1596- 1650), filósofo francés.
  • "Pa' cantar de un improviso se requiere buen talento, memoria y entendimiento, fuerza de gallo castizo", Violeta Parra (1917 - 1967).