OJO CON NEMESIO LOS CIEN AÑOS DE UN MAESTRO

17/06/18 — POR

Comenzaron las celebraciones en torno al centenario de Nemesio Antúnez, el pintor, grabador, profesor y gestor cultural más querido de Chile, hombre clave en el desarrollo del arte local del siglo XX y creador de obras vanguardistas que marcaron la historia del país. Exposiciones, parques en su honor y homenajes se realizarán durante este año para recordar al artista que dedicó su vida a acercar la creación y los museos a la gente.

Por Evelyn Erlij

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GENTILEZA MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

 

En tiempos en que hay que pagar seguros y garantías millonarias para que una obra de arte pueda itinerar por el mundo, esta historia parece ficción: en 1972, cuando Nemesio Antúnez (1918-1993) era director del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), el público chileno pudo ver originales de Marcel Duchamp, Joan Miró, Pablo Picasso, René Magritte, Man-Ray y Wifredo Lam en la exposición «Dadá y el Surrealismo», gracias a un préstamo del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Como si eso fuera poco, el mismo año llegaron al país 20 obras de gran formato de Alexander Calder y un centenar de grabados de Miró, un programa de lujo que suena impensable para un museo estatal hoy. Pero para Antúnez pocas cosas eran imposibles, ni siquiera tener un espacio en la televisión para hablar de arte, como lo hizo en «Ojo con el arte», ni invitar a bandas populares como Los Jaivas, Inti Illimani y Los Blops a tocar en el recinto del Parque Forestal.

Podría decirse que Nemesio Antúnez fue uno de los gestores culturales de más peso de Chile, pero como pasa con los personajes multifacéticos como él, esa sería una definición mezquina. El pintor y grabador, nacido hace 100 años, dejó una impronta tan profunda en el siglo XX chileno que no extraña que colegios, salas y calles lleven su nombre. Su centenario, sin ir más lejos, permitirá a las nuevas generaciones dimensionar su importancia: una plaza, recién inaugurada en Providencia, lleva su nombre y tiene una escultura de su rostro hecha por Felipe Berguño; en el hall del Museo de Bellas Artes se instalaron volantines inspirados en su obra; la Biblioteca Nacional abrirá, el 25 de julio, una muestra sobre su figura; y el Taller 99, que fundó en 1956, exhibirá hasta julio setenta de sus trabajos inéditos.

La fiesta no acaba ahí: una muestra de sus grabados recorrerá todo Chile, partiendo por el Centro Cultural de Viña del Mar; se abrirá una línea especial del Fondart 2019 para proyectos sobre el artista con un monto total de 100 millones de pesos; el MNBA y el Museo de Arte Contemporáneo, que dirigió también en los años 60, realizarán una exposición en conjunto en torno al legado que dejó en su paso por esas instituciones, y, como broche, el Centro Cultural Palacio La Moneda abrirá el próximo año con una gran retrospectiva en su honor. Cuesta pensar en otro artista que movilice a todo el país como lo hizo y lo está haciendo en 2018 Nemesio Antúnez, un creador generoso que creía que el arte era mucho más que sentarse frente a una tela en la soledad de un taller; un hombre que, más que la fama, quería dialogar y compartir su conocimiento con la gente común, con sus pares y con los jóvenes.

“Quiero ser comprensible para todo público. No me gusta lo hermético, no comprendo a la gente que hace arte hermético, que no logra transmitir y la gente se queda lela frente a los cuadros”, le dijo el pintor a Patricia Verdugo en el libro de conversaciones que publicó la periodista en 1995. Darle la espalda a los espectadores era una idea incompatible con su forma de entender el arte y, según decía, los artistas que lo hacían pecaban de “intelectualismo arrogante”. Por eso, a la cabeza del MNBA y del MAC, su meta fue atraer al público y erradicar el miedo a los museos, algo que logró: quienes vivieron esos tiempos recuerdan las colas para entrar a algunas de las exposiciones que gestó, entre ellas, «De Cézanne a Miró» y «De Manet a Chagall», dos hitos de la historia museística local.

ARTISTA OMNIPRESENTE

“Antúnez no quiere solamente señalar simples problemas de técnica, ni siquiera puntualizar un argumento anecdótico, sino llevar al color y al dibujo la entraña misma de la vida contemporánea”, se lee en un artículo de 1949 de la revista chilena «Pro Arte», una descripción que se refiere a los trabajos que hizo en su estadía en Estados Unidos, pero que también funcionan para el resto de su obra. Como pintor, lo intrigaba la cotidianeidad, los paisajes, los objetos reconocibles –volantines, sillas, floreros, parejas bailando tango–; elementos que retorcía en perspectivas extrañas, que llevaba al campo de la abstracción e incluso del arte óptico, lo que reflejaba en su obsesión por ciertas texturas geométricas e hipnóticas, en particular, por tramas cuadriculadas semejantes a tableros de ajedrez.

Sus cuadros tenían algo de Surrealismo, de Cubismo, de Malévich y Kandinsky, y a pesar de que fue un hombre cosmopolita que conoció el mundo de la vanguardia de cerca en ciudades como Nueva York y París, donde vivió, su pintura estuvo de una u otra forma marcada por Chile, por sus paisajes y sus costumbres. En ese cruce entre lo moderno de sus formas y la imaginería de lo tradicional cimentó su estilo: retrató montañas, mares, volantines, ceramistas de Quinchamalí, chanchitos de greda; elementos que, en sus múltiples exilios, anhelaba volver a ver. “Amo Chile. Y lo digo sin arrugarme. Encuentro que este es un país extraordinario. Yo nunca pensé quedarme afuera para siempre. Es una isla en el mapa mundial, pero es el lugar más exquisito del mundo”, señaló a Patricia Verdugo.

Nemesio Antúnez nunca militó en ningún partido, pero se autodefinía como un “pintor de protesta”, como él mismo lo explicó: “El hombre con conciencia social hace arte con implicación social sin necesidad de abanderamiento político. El compromiso no es un deber, pero prefiero al artista comprometido”, decía. Y “compromiso” es una de las palabras que mejor lo definen en el aspecto artístico: Antúnez era un militante del arte cuyas luchas se orientaron a ampliar las fronteras de lo “artístico”, a derribar las barreras entre los creadores y el público, y a implicarse en la formación de las futuras generaciones. A él se debe, por ejemplo, la introducción del grabado en las escuelas de arte, una técnica que aprendió con Stanley William Hayter, uno de los maestros de la disciplina.

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GENTILEZA TALLER 99

La fundación del Taller 99, en ese sentido, fue un hito no sólo para el desarrollo del grabado en el país, sino también para la formación de nuevos artistas (entre ellos, Roser Bru, Juan Downey, Teresa Gazitúa, Eduardo Vilches y Ricardo Yrarrázaval) en un ambiente en el que maestro y discípulos compartían un espacio de experimentación y libertad en el cual todos podían aprender de todos. Antúnez era un hombre de mente abierta, un creador curioso que, a pesar de pertenecer a una élite intelectual que integraba junto a Neruda o Donoso, siempre se interesó por los artistas jóvenes, como Gordon Matta-Clark o Cecilia Vicuña, a los que dio espacio en el MNBA. La docencia era otra parte fundamental de su quehacer artístico, pero como creador, nunca dejó de aprender, lo que se refleja en su interés, por ejemplo, en el trabajo de los artesanos chilenos o en el intercambio creativo del Taller 99.

“La acuarela es un jolgorio, una fiesta. Un óleo bien hecho es una maravilla, el más profundo de todos los medios de expresión pictóricos. Y el grabado es un juego misterioso, nunca se sabe qué va a resultar, hasta el final”, dijo el artista que, además de ser un creador múltiple, llevó el arte a las calles con sus murales y lo acercó a la gente común, incluso a los niños, como lo hacía en su programa televisivo, donde tenía una sección de dibujos infantiles. Para él, el arte estaba en todas partes, de la misma forma en que él estará en todo Chile en el año de su centenario, y aunque antes de morir le confesó a Verdugo que no le gustaban los festejos, si hubiera vivido hasta su cumpleaños número cien de seguro estaría contento: en 2018, Nemesio Antúnez volverá a ser el artista omnipresente que siempre fue.

Comentarios

  • "En las tiendas no tenemos espejos. Uno debería comprar ropa por cómo te hace sentir, no ver" (Rei Kawakubo).
  • "Aburrimiento es el deseo por los deseos", León Tolstoi (1828 - 1910).