PERSIGUIENDO A LOU REED ANTES DE QUE INTERNET FACILITARA LA “MELOMANÍA”

16/03/18 — POR

Un grupo de amigos en el Chile de los 90. Un total de 22 discos de estudio, 12 álbumes en vivo y 16 compilaciones por desentrañar. Muchos cuestionamientos. Algunas estafas. Y una alta dosis de nostalgia a propósito del natalicio de un genio.

Por Andrés Nazarala R.

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© STR, STRINGER / PRESSENS BILD / AFP

1) Estadio Chile. 17 de noviembre del 2000. Lou Reed (1942-2013) aparece sobre el escenario junto a su banda. No dice nada. Se concentra en su guitarra y toca «Paranoia Key of E», un track perdido en la mitad del álbum «Ecstasy». El playlist se concentra principalmente en canciones de ese nuevo disco, excepto «Romeo had Juliette», «Dirty Boulevard», «Sweet Jane», «Walk on the wild side» y, como cierre para la tribuna, «Perfect day». Con polera negra y una seriedad imperturbable, el músico parece hastiado, no mira al público, lee las letras de las canciones atento a una suerte de telepromter y se va sin despedirse. La prensa informará después que le gustaron los mariscos chilenos y que compró vinilos de Víctor Jara y Violeta Parra. Pero siempre dicen lo mismo de los artistas que vienen a Chile.

2) Espacio Riesco. 30 de agosto de 2008. Laurie Anderson presenta su espectáculo multimedial ante una audiencia silenciosa. Casi al final del show, en «The lost art of conversation», Reed aparece sorpresivamente sobre el escenario para ofrecer un solo de guitarra eléctrica. En ese momento llevaban cuatro meses de casados. En la tarde, ella había ofrecido una conferencia de prensa. Él la acompañó, apenas dijo unas palabras y, para el asombro de los presentes, se puso a bostezar como un niño aburrido en clase de matemáticas.

Las dos veces que estuve físicamente cerca de Lou Reed fueron decepcionantes. El poeta/cantante de la vanguardia neoyorquina, el rebelde proto-punk de los 70, el astro glam, el cronista del lado salvaje de la Gran Manzana y el cantautor maduro de los 90 chocaban ahora con una única imagen posible: la de un rockstar cansado que, amaestrado por la unión conyugal, iba rumbo a convertirse en un ciudadano ilustre de Nueva York. Como Woody Allen o Rudolph Giuliani.

Pero, en el fondo, él siempre jugó a generar decepciones. Cuando le pidieron ruido, ofreció canciones. Cuando le exigieron más canciones, entregó ruido. Cuando todos esperaban una partida prematura, a él se le ocurrió sobrevivir. Hasta que murió de la forma menos rockera posible, a los 71 años de edad. Este mes habría cumplido 76.

LUCHO ROJAS

Mi primer contacto con la música de Lou Reed fue cuando estaba en el colegio. «The Velvet Underground & Nico» no se parecía a los discos que solíamos encontrar. La tapa era blanca y tenía el famoso plátano de Andy Warhol, pero era ruidoso como el infierno; un álbum caótico, indomable, sin forma o, mejor dicho, estaba lleno de canciones saturadas que se volvían abstractas. Lo desconcertante es que cuando pedíamos una mayor dosis de caos, nuestra adrenalina era amortiguada por composiciones dulces cantadas por una mujer de voz ronca (sí, Nico, la rubia de las fotos). Para nuestras cabezas formateadas con los clichés del rock, era difícil comprender esa constelación de estilos. Aún no existía internet y, frente a los vacíos informativos, no quedaba más que rellenar con la imaginación. En mi cabeza, era una banda moldeada en un psiquiátrico. O algo así. Lo que sí podíamos hacer era contextualizar y deducir que ese álbum no tenía nada que ver con lo que se hacía en 1967. Era el lado inverso al discurso de “paz y amor”, y contenía una canción llamada «Heroin» que, con el tiempo, comprendimos se trataba de una obra maestra. Lou Reed aún no cobraba vida propia. Era solamente el líder de la banda, pero en las fotos esa jerarquía resultaba evidente. Con un look de beatnick perdido en la Factory de Warhol, ese joven serio se robaba todas las miradas Luego, para nosotros, fue creciendo como figura. Descubrimos que tenía una gran cantidad de álbumes y lo renombramos Lucho Rojas. Lo hicimos para sentirlo más cerca. Como si fuese un vecino malhumorado que, a pesar de todo, admiramos desde la distancia.

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© ANNE-CHRISTINE POUJOULAT / AFP

 

LUCHÉ CONTRA LA LEY, PERO LA LEY GANÓ

Una epifanía imborrable: en una de esas noches adolescentes generosas en conversaciones y latas de cerveza, el dueño de la casa en la que estábamos puso un cassette de Reed que pertenecía a su hermano mayor. Lo hizo tarde, cuando ya estábamos por retirarnos. Probablemente entusiasmado por alguna discusión, no le presté atención, pero ya en la cama comencé a escuchar una pegajosa melodía de cello y un “sha la la la” que se alojó en mi cabeza durante días. No estaba seguro de dónde provenía esa revelación musical, llegué incluso a pensar que la había inventado. Tardaría un buen tiempo en comprender que era «Street Hassle», días. No estaba seguro de dónde provenía esa revelación musical, llegué incluso a pensar que la había inventado. Tardaría un buen tiempo en comprender que era «Street Hassle», (1978). Ahí se dedicó a retratar los submundos de Nueva York desde la vereda del delito. La música suena sucia. En la tapa del disco, Lou nos mira con lentes polarizados, cadavérico, peligroso, como si quisiera iniciar una pelea callejera. Eran años de adicción a la heroína y problemas. “Combatí la ley pero la ley ganó”, canta en «Dirt» parafraseando al malogrado Bobby Fuller, cuyo cadáver fue encontrado en un auto, afuera de su departamento, en 1966. Pero, como arqueólogos de una tierra desconocida, fuimos también descubriendo otras joyas: «Berlín» (1973), un disco oscuro, conceptual, grabado en tiempos sombríos de alienación, y «Transformer» (1972), producido por David Bowie y concentrado en la disidencia sexual y el transformismo. De ahí viene el hit «Walk on the wild side», inspirado en las vidas al límite de algunos personajes de la Factory y titulado igual que la gran novela de Nelson Algren, ese lúcido retratista de la decadencia americana. Reed, como también descubrimos, fue siempre un gran lector.

OTRA COSA ES SIN SPOTIFY

Pero perseguir la música de Lucho Rojas no fue fá- cil. Tuvimos que tragarnos un par de álbumes malísimos («New sensations», «Legendary hearts», «Mistrial») y otros que dividieron al grupo de amigos como «Metal Machine Music» (1975). Recuerdo que encargué el CD (sí, esto ya fue en la era universitaria) en una disquería de Viña del Mar que ofrecía importaciones directas de Estados Unidos. Cuando lo escuché no lo podía creer: no había música, ni voz, ni estructura. Sólo una ráfaga de ruido que, según una nota que acompañaba la edición, había sido generada sin instrumentos musicales. ¿Qué eran esos sonidos agudos que revoloteaban bajo las capas de saturación? El disco estaba influenciado por la música drone que, de alguna manera, inspiró a la Velvet Underground (John Cale, el segundo genio en la banda, se había formado con el vanguardista La Monte Young), pero se ha dicho también que fue una gran broma del Lucho para espantar a los agentes del sello RCA.

Para mí es un álbum sublime, que ofrece distintas experiencias en cada escucha y que, en esos años de juventud, me significó un par de bromas. Para mis amigos, yo era el tonto que había sido engañado con un bluf.

MEJOR QUE EL MONOPOLY

Pero más difícil que descifrar la obra discográfica de nuestro amigo Rojas, era tratar de entender su hostilidad ante el mundo. Frente a los entrevistadores era brutal. Vía Youtube podemos revisar cómo humilla a los periodistas australianos en 1974. No es que las preguntas sean buenas, de hecho son bastante impertinentes, pero Lucho parece poseído por el odio. “Tomo drogas porque son mejor que el Monopoly”, bromea con el gesto de furia de quien dispara un revólver contra un enemigo. El único que pudo domarlo fue el crítico de rock Lester Bangs, probablemente porque estaba tan loco como él. La entrevista «Lou Reed: A Deaf Mute in a Telephone Booth», publicada en 1973, es una cá- tedra en agudeza y manejo de tensiones.

¿Cómo habrá sido Reed en su espacio privado? ¿Habrá abandonado la postura de tipo cool y peligroso? Probablemente no. Tal vez su única puerta de salida hacia la manifestación pura de la sensibilidad eran sus canciones o un disco grandioso como «Magic and Loss» (1992), compuesto tras la muerte de su amigo Doc Pomus. Son 14 canciones sobre la enfermedad, la muerte y lo que sea que nos espere más allá. “Tal vez hay algo ahí/ Otro mundo del que nada sabemos/ Sé que odias esa mierda mística”, canta en «Sword of Damocles». El track viene después de «Magician», en la que el narrador anhela que un acto de magia se lo lleve de esta Tierra.

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STR / PRESSENS BILD / AFP

 

EL MAR NEGRO DE CARBÓN ESPERA POR SIEMPRE

A Lou, la magia se lo llevó el domingo 27 de octubre de 2013. Según Laurie Anderson, se fue haciendo la posición 21 de Tai Chi, en su jardín, rodeado de árboles. La descripción parece inverosí- mil, una idealización digna de Coelho para cerrar la historia de un salvaje que, contra nuestros pronósticos, no murió con una jeringa en el brazo sobre la cama de una pieza de hotel. No. Lou Reed, nuestro amigo Lucho Rojas, se habría retirado del planeta bajo un rayo de luz, como un ángel convocado por las fuerzas del más allá. Está bien, no cuestionemos el mito. Será mejor recordarlo con una canción adhoc, una de las más bellas de su catálogo: «Cremation–Ashes to ashes» . Esa que, con una guitarra que trae paz, nos dice “el mar negro de carbón espera por mí/El mar negro de carbón espera por siempre”. Lou lo dice con tranquilidad y honestidad, sin imposturas, como si de pronto comprendiera que si hay algo que el rock and roll nunca pudo hacer fue combatir la embestida implacable de la muerte.

Comentarios

  • "Los hombres no cambian, se desenmascaran", Germaine de Staël (1766- 1817), escritora francesa.
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.