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PETRUS CHRISTUS Retrato de un cartujo (Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1446)

12/03/18 — POR

Emblema de la finitud de la vida o de la absoluta belleza de la creación, amuleto contra el mal o artificiosa evidencia del talento del artista, la mosca que pintó Petrus Christus en el «Retrato de un cartujo» es quizás la primera de una larga serie de moscas pintadas que nos legaron el Renacimiento y el Barroco. A riesgo de hacer de una mosca, un elefante (como escribió en el siglo II Luciano de Samósata en su elogio a este insecto) trazamos aquí un recorrido con este motivo.

Por Sandra Accatino

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Petrus Christus, «Retrato de un cartujo», 1446, óleo sobre roble, 29.2 x 18.7 cm, The Metropolitan Museum of Art, New York, The Jules Bache Collection, 1949 (49.7.19)

DESDE EL UMBRAL DE LA PINTURA, como si el cuadro fuera una ventana abierta en la pared, un hermano lego cartujo nos observa. Su hábito blanco contrasta con el fondo en tonos rojizos, que la luz ilumina desde la izquierda. Esa luz le da al cuadro de Petrus Christus (c. 1410/1415– c. 1475/1476) una sensación de espacio y profundidad que no habían alcanzado, hasta ese entonces, los retratos en la rica ciudad de Brujas. Las sombras modelan su rostro, en el que el pintor trazó –con la precisión de los miniaturistas o de los tejedores de encajes que habían hecho famosa a la ciudad flamenca–, la nariz larga y delgada, la barba, los poros de la piel, las venas que sobresalen ligeramente en su sien, los ojos húmedos e intensos, las arrugas que comienzan, casi imperceptibles, a rodearlos y que ya surcan su frente y entrecejo. Todos estos detalles dan al personaje una sensación tal de realidad que contrasta con el desconocimiento total que tenemos de su nombre.

Unos dos años antes de realizar este cuadro, Petrus Christus había obtenido el título de maestro y había concluido dos obras que el gran pintor Jan van Eyck (1390-1441) había dejado, tras su muerte, inconclusas. Como él, Christus rodeó el retrato del cartujo con un falso marco de mármol variegado e imitó su forma de inscribir la firma. En latín y con letras mayúsculas sobre la piedra roja, escribió en la parte inferior “Petrus Christus me hizo”. Luego, más tarde, con un pigmento distinto y menos cuidado, alguien agregó la fecha: 1446.

 

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En el falso marco de la ventana, justo sobre el nombre del artista, se ha detenido una mosca. Vemos su cuerpo tornasoleado y las franjas más oscuras que lo cruzan, sus alas semitrasparentes, los enormes ojos, sus minúsculas patas asidas a la piedra. Símbolo de la corrupción, de la muerte y del mal, esta mosca pintada ha sido interpretada como una señal de la fugacidad de la vida, o bien como una suerte de talismán para proteger al modelo del demonio, al que se solía asociar con las moscas y sus funestas consecuencias. Sin embargo, los insectos podían ser también un humilde testimonio de la absoluta belleza de la creación, según escribía en ese tiempo el monje cartujo Dionisio (1402–1471).

La atención que el teólogo cartujo consagraba a los insectos no era distinta a la que dedicaban los pintores contemporáneos a la representación fiel de lo que los rodeaba, aunque fueran elementos aparentemente insignificantes. Por lo demás, según había escrito Aristóteles, en la imitación de los animales repugnantes se podía medir el talento de los artistas, capaces de volver placentera incluso su contemplación. También los escritores –los antiguos, como el sofista Luciano de Samó- sata (125 d.C.–181) y los que, en esos años, lo redescubrían e imitaban, como el humanista Leon Battista Alberti (1404-1472)–, demostraban su virtuosismo escribiendo elegantes e ingeniosos elogios a moscas, mosquitos y parásitos.

Filostrato, otro sofista del siglo II admirado en el Renacimiento, había descrito el efecto de perplejidad y fascinación que provocaba, en un cuadro, la exacta imitación de una abeja. Frente a ella no podía saberse si era “una abeja de verdad engañada por el cuadro o una abeja pintada en el cuadro para engañar al espectador”. Al igual que esta abeja, la artificiosa mosca pintada por Petrus Christus vuelve aún más difuso el linde que separa la ilusión del cuadro de la realidad y pone –como un trofeo– frente a nuestros ojos y sobre el nombre del artista, las prodigiosas capacidades miméticas del arte de la pintura.

SANDRA ACCATINO es académica del departamento de Arte de la Universidad Alberto Hurtado. Ha publicado diversos capítulos de libros, artículos y ensayos sobre pintura europea, arte de la memoria y coleccionismo

Comentarios

  • "En las tiendas no tenemos espejos. Uno debería comprar ropa por cómo te hace sentir, no ver" (Rei Kawakubo).
  • "Aburrimiento es el deseo por los deseos", León Tolstoi (1828 - 1910).