PISTAS PERDIDAS EN LA PATAGONIA

29/01/18 — POR

Los extravíos de Pedro Sarmiento de Gamboa iban más allá del oro de este mundo; como también el arte precolombino, que era símbolo antes que metal. Unos y otros dejan legados que recién ahora comienzan a hacerse visibles.

`Por Miguel Laborde

90_observatorio

Ilustración: Rodrigo Díaz

ES UNA FANTÁSTICA PARADOJA El que los primeros holandeses que llegaron a América, a ese borde pequeño donde hoy respira Nueva York –junto al río Hudson–, lo hayan hecho pensando que el Viejo Mundo estaba corrupto. Había que fundar un nuevo mundo en otras tierras, dar luz a una nueva vida.

Huían sus fundadores de una Ámsterdam que por entonces había dado un paso más en su rol pionero de la modernidad. Por primera vez se operaban mercados a futuro, se vendían cosechas de flores que aún no existían, abstractas. Especuladores…. Ellos, que eran cristianos acérrimos, creyentes en un mundo honesto donde el productor vende la creación de sus manos y de su inteligencia, no estaban dispuestos a transar con una sociedad capaz de vender lo inexistente. Preferían vivir cazando castores…

Seguir en el cara a cara del mercado callejero, con el vendedor frente al comprador, todo limpio y transparente. Y no aceptar a un intermediario especulador que obtenía más ganancias que nadie, a costa de los otros dos. De puro astuto.

Que cruzaran el océano, y se instalaran donde estaban los indios que dejaron su nombre de Manahatta a Manhattan, y que se les recuerde como los fundadores de la verdadera Nueva York –hoy epítome de la especulación a nivel planetario– es demasiado sugerente.

ALQUIMIA TERRITORIAL

En el origen de Chile hay un hecho sincrónico. Es el sueño de Pedro Sarmiento de Gamboa de fundar un nuevo mundo en las orillas del Estrecho de Magallanes. Dejó el nombre de dos ciudades que nunca llegaron a ser: Rey Don Felipe –no lejos de la actual Punta Arenas– y Ciudad del Nombre de Jesús. Lugares donde sigue golpeando el viento…

Pero, hay algo más: la esperanza de que en el territorio americano austral se podría transformar el plomo en oro. O, mejor aún, simples mortales en seres puros.

Si la América del Norte negó a sus fundadores, la del Sur no dejó de seguir las huellas de Sarmiento de Gamboa. Confiando en que algún día este gran territorio de esplendorosa naturaleza dejaría entrever, finalmente, la Ciudad de los Césares, nuestro Eldorado.

Intuimos, finalmente, lo que nuestra pobre condición no nos permitía ver. Que ahí está aunque no la veíamos con estos ojos mortales, esperándonos. Llena de luz en el oscuro horizonte, como nos la dejó ver Alfredo Echazarreta en sus óleos de gran formato. Había que imaginarla, sentirla viva dentro de nosotros, para poder verla. Algo que ya sabían los indígenas.

Sergio Larraín García Moreno lo intuyó algo. Es por eso que comenzó a cambiar su inapreciable conjunto de obras de arte contemporáneo europeo –adquirido en las ciudades humeantes tras la Segunda Guerra Mundial– por arte precolombino. No se detuvo hasta tener tantas piezas, que hoy contamos en Santiago con una de las mejores colecciones existentes; en México tienen lo de ellos, en Colombia lo de ellos, en Perú lo de ellos, aquí hay algo de cada uno, obras de todos, visibilizando la gran América originaria en su infinita diversidad. Así se pudo oír la voz de la tierra.

Su colección lo transformó. Lo llevó en vuelo aéreo, lo sacó del corazón de Europa, por entonces centrado en París, lo alejó de Le Corbusier y la Bauhaus, para dejarlo entrar y caer en las selvas, montañas y desiertos americanos. En busca de lo que hacían los hombres y las mujeres cuando estaban en silencio, antes del resonar de los arcabuces y cañones. Antes que llegaran los blancos barbudos y sedientos de oro, más sedientos que los mismos dioses. Los insaciables.

La colección del arquitecto Sergio Larraín, hoy propiedad de la Fundación Larraín Echenique, es la que se muestra al público en la esquina de Bandera y Compañía, en el vetusto Palacio de la Real Aduana intervenido por Smiljan Radic. Ahí entran los viajeros, sorteando oficinistas, vendedores ruidosos, abogados y jueces, para entrar en otro espacio tiempo y salir con los ojos extraviados. ¿Puede la belleza transformar a un ser humano?… Ahí se demuestra: puede. Pero es sólo la antesala de la transformación.

EL GRAN FRACASADO

El abogado e historiador José Miguel Barros llegó, igual que Sergio Larraín, de embajador al Perú. Hombre culto a la usanza del Viejo Mundo, sólido y organizado, también comenzó a oír los ecos del mundo precolombino; como Larraín, terminó transformado.

Como si la naturaleza americana, a pesar de lo poderosa, necesitara de intermediarios –los creadores de las artes precolombinas–, para que quienes crecimos en clave europea podamos, finalmente, oír las voces de estas tierras.

Necesitamos al indio de guía, para ver lo que no ven los ojos materiales, y ver lo invisible. Para contemplar, finalmente, y entrar a La Ciudad de los Césares.

José Miguel Barros publicó, no hace mucho (2006), una biografía que lleva el nombre de Pedro Sarmiento de Gamboa; dejando a la vista un hecho vergonzoso: nadie lo había hecho antes… Existía algo breve de Enrique Barrenechea, luego una obra que elogia al «Ulises de América», algo también de historiadores marítimos españoles, pero nada en serio había para acercarnos al personaje.

A Sarmiento de Gamboa se le celebra ahora por su «Historia de los incas», escrita en el siglo XVI entrevistando a los propios sobrevivientes de la Conquista, pidiéndoles datos; asimismo, crece su nombre por el descubrimiento de las Islas Salomón y por sus aportes visionarios para que el Oceáno Pacífico fuera realmente un “mar español”; además, figura como el perseguidor incansable de Francis Drake y, como decíamos arriba, por sus ciudades perdidas en el Estrecho de Magallanes.

Todo huele a fracaso. No descubrió Nueva Zelanda como Juan Fernández, no capturó a Drake –otro pirata lo secuestró a él y se lo llevó a Londres-, y sus compañeros de la aventura magallánica terminaron, literalmente, muertos de hambre.

EL MÁS SOLITARIO

Queda pendiente una pregunta fundamental: ¿De sus aventuras y desventuras, salió transformado Pedro Sarmiento de Gamboa? ¿Es cierto que brillaban mucho sus ojos, como sucede con los que han pisado las áureas calles de La Ciudad de los Césares. Hay una carta delirante, que escribe al secretario real, Eraso, en agosto de 1581; la que da alguna pista. Dice en ella: “Que ni Colón ni Cortés ni Pizarro descubrieron tanto como yo ni pelearon más que yo ni sirvieron tanto tiempo si ergo arreo como yo. Una cosa tienen más: que lució su trabajo más que el mío pero el mío en mil cosas ha sido de más provecho que los suyos”…

¿De qué está hablando? Por una parte, pide valorar su rol como custodio del Estrecho de Magallanes, para evitar el paso de ingleses y holandeses y permitir que España conquistara las islas grandes y pequeñas del Océano Pacífico; como se sabe, los reyes no lo vieron, y Australia y Nueva Zelanda terminaron de colonias inglesas.

La biografia publicada por Barros nos deja con hambre: ¿Qué hay de sus proyectos alquímicos, de su esperanza de lograr aquí, cerca del Polo Sur, lo que no se logró en Europa con el influjo del Polo Norte, la piedra filosofal, la transformación del plomo en oro?

Cuando tomó posesión del Estrecho, le dio al territorio el nombre de Purificación de Nuestra Señora: ¿Por qué? Nada dejaba al azar. Como destaca Barros, conoce el latin y era lector de Platón, Plinio, Virgilio y Horacio. Amante de la historia, sabía de los textos americanos previos. Y tenía una misión, además de la del Pacífico, como le escribe al Rey en 1573: “…descubrir en tiempo de Vuestra Majestad todo este mar austral y sus navegaciones más secretas y dificultosas…”. Es una empresa de las que hacen a un hombre. A los que son capaces, como observa Barros, del sacrificio e incluso la autoinmolación.

¿Y no es esa –la transformación del ser humano–, la mayor de las alquimias, como la soñara en Egipto el Hermes Trismegisto?

Gran solitario, lo llama Barros. Tal vez, como agrega, porque “actuaba con el sacrificio personal y el rigor que caracterizaban a los descubridores y conquistadores de comienzos del siglo XVI”.

El siglo XVI… Es nuestro Quijote de la Mancha, navegante de imposibles a los ojos de los hombres, atento a estrellas y planetas que otros no ven. Eso, qué duda cabe, es un legado. Abre el mar, para nuestros sueños. Dice su tumba: “Pedro Sarmiento de Gamboa, geógrafo, astrónomo, quiromante, matemático, alquimista, astrólogo, poeta, cartógrafo, historiador, militar y navegante”… Como mandado a hacer para ser el “primer habitante europeo” del Estrecho de Magallanes.

¿Por qué su obsesión por encontrar la Tierra de Ofir, la de las minas del rey Salomón? Ahí están en el mapa, las que bautiza así, las islas Salomón. Un triunfo que es su mayor fracaso; llega cerca de la Terra Australis Incognita, que estaba donde él calculó, pero no logra convencer al capitán general Álvaro de Mendaña, quien ordena el regreso sin tomar posesión de la actual Australia.

¡Qué grande sería su nombre, de haberlo logrado! Sin embargo, a él, el gran explorador, debemos explorarlo nosotros. Su legado sigue vivo…. Aunque sus ciudades sólo existan en los libros. Chile era, para él, un portal. De lo desconocido, del Océano Pacífico, de las vastedades del hielo; era el mejor escenario para vivir sueños imposibles, lugares menos desolados, menos remotos.

Como diría el filósofo Abel González, un destino apropiado para gente con temple; sólo para duros. Indios duros y duros conquistadores.

Su rostro se fue volviendo ascético con los años y las canas, bien marcado cada hueso, sin perder el fuego de la mirada, como esos anacoretas que pintara José de Ribera; éste, el primero de los del Siglo de Oro, nos dejó unos seres golpeados por la vida que parecen tener interés –retirados en cavernas– en una sola cosa, y sólo una; en adentrarse en los misterios. Como si todas las grandes aventuras de esta tierra, las que realmente merecen el esfuerzo, fueran las que se asoman a otros mundos.

Como si la geografìa de Chile fuera justamente propicia para esa clase de vocaciones. Aunque nos endurezcan el ceño y nos rompan el espinazo, buscando un oro que no es de aquí, estragados por una fiebre que sube al descubrir un metal fino que era mejor que el oro.

MIGUEL LABORDE es Director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile, director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

Comentarios

  • “Conquistar sin riesgo, es triunfar sin gloria”, Pierre Corneille (1606-1684), dramaturgo francés.
  • “Ha sido un gesto de amor, un acto provocado por el poder del arte. Seguro que el artista lo comprenderá”, joven camboyana al besar una obra de Cy Twombly en 2007