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¿Por qué vuelven los piratas?

12/07/17 — POR

Las necesidades de la imaginación siguen soplando sobre las velas de los piratas, esos indispensables delincuentes que tanto contribuyen a hacernos adultos.

Por Vera-Meiggs

«Sandokán», «Peter Pan», «Simbad», «La isla del tesoro», eran los títulos más mencionados por los jóvenes actuales respecto a la temática de piratas, antes de que Jack Sparrow, el capitán Jack Sparrow, apareciera entre las nieblas de un pasado remoto e improbable.

Y es que parece que los piratas habían desaparecido del imaginario contemporáneo, empujados quizás por la fascinación cibernética y la pequeñez televisiva, que es casi lo mismo.

Para generaciones anteriores, «La Isla del tesoro» era insuperable como puente hacia la aventura varonil, como «Los tres mosqueteros» o «Ivanhoe», mientras las niñitas sufrían y disfrutaban con Luisa May Alcott, o después, con las hermanas Brontë. Su traspaso al cine no evitaba necesariamente su lectura.

Pero volvamos a los piratas. Eran malos, rudos, feos y sucios, pero inmensamente libres y alegres. Se podía soñar con escapar de la sala de clases usando un barco pirata y enfrentar un océano de bucaneros con parches de ojo, patas de palo y tatuajes obscenos. Volar entre las jarcias sujetando una espada entre los dientes era la mejor manera de sentirse hombres antes de tiempo y buscar la mirada condescendiente de Burt Lancaster, nuestro mejor amigo imaginario. En los años 50 y 60 los piratas gozaban de un prestigio que sólo era comparable con la literatura que alimentaba una veta ya vetusta. Pero un polaco hundió todo eso con una aventura desdichada, llamada burdamente «Piratas». Era 1986 y Roman Polanski llevaba quince años tratando de hacerla y lleva treinta lamentándolo: sigue siendo su fracaso más sonado. Ya entonces los piratas cinematográficos eran un recuerdo borroso que los eliminó definitivamente del mapa del tesoro… de la taquilla.

La explicación de ello puede ser sociológica: la anarquía que representaban y su radical desacato a las leyes se había vuelto en la realidad un horror muy probable. Los años setenta y parte de los ochenta fueron un azote de bandas o sectas políticas dañinas, que en nombre de su propia intransigencia hicieron correr más sangre que la que el sistema legal imperante estaba dispuesta a tolerar. Es decir, los piratas de la actualidad habían perdido el rumbo de sus metas y con tal de lograr publicidad habían subido el tono de sus fechorías más allá de lo imaginable.

Piratas, Panteras Negras, Brigadas Rojas y anarquistas varios se identificaron con banderas muy similares, lo que estaba significando un mensaje evidente: eran los anti sistema, los filibusteros cuya única ley era la del propio apetito. Así al menos se los ha querido ver siempre, como unos anárquicos codiciosos, bandoleros de alta mar y serviciales a los intereses del enemigo, sea éste la reina de Inglaterra o su sucedáneo: la Casa Blanca. En realidad, los piratas podían servir a dos patrones contrarios sin problemas éticos. Tampoco los tenían de vivir de fechorías para después sentar cabeza y ser buenos contribuyentes, ennoblecidos en algún caso. Parte de su atractivo imaginario estaba justamente en su moral flexible a los intereses del momento.

Esclavos de la Ley, los individuos siempre hemos tenido como consejero confrontacional al Deseo, ese encantador diablillo que nos aconseja sobre las mil oportunidades para satisfacer nuestros apetitos y luego escapar para no enfrentar consecuencias. Los piratas parecen representar bien ese rol imaginario, siempre y cuando no se excedan en sus atribuciones y no sea la horca el destino final con el que la Ley imponga su voluntad. Nada más claro en este aspecto que «Peter Pan», de James M. Barrie, punto de iniciación piratesca de buena parte de los niños occidentales del siglo XX. Es decir que el País de Nunca Jamás es donde no seremos nunca responsables, permaneciendo niños para siempre, vigilados, eso sí, por el Capitán Garfio, apoteosis de la deliciosa maldad del imaginario infantil. No muy distinto en este sentido es «La isla del tesoro», de Robert Louis Stevenson, y las variantes sobre el personaje de Simbad, cuyos parentescos están lejos de ser casuales: todos son relatos de iniciación a la inevitable pubertad.

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Keith Richards como el padre de Jack Sparrow.

EL PRIMER PIRATA

Su antecedente más prestigioso es el relato oral griego «Jasón y los Argonautas» (después escrito por el poeta Apolonio de Rodas en el siglo III a.C.).

Breve resumen: Jasón ha sido despojado de sus derechos al trono por su tío, que para entretenerlo lo envía a buscar el Vellocino de Oro a la lejana Cólquide. Parte Jasón en una nave llamada Argos y sus tripulantes son algunos célebres súper héroes, como diríamos hoy: Castor, Pólux, Hércules, Orfeo, entre otros. Llegados al territorio buscado, su rey impone a Jasón varias pruebas heroicas, entre ellas sacarle los dientes a un dragón, lo que consigue con la ayuda de Medea, hija del rey que se ha enamorado de Jasón. Conseguido el tesoro, Jasón, Medea, su hermano y los Argonautas huyen. Al ser perseguidos por el rey, Medea descuartiza a su propio hermano y lanza los trozos al mar, lo que obliga a su padre a demorarse para reconstruir el cadáver. Así Jasón logra volver a su tierra y recuperar su trono. Se casarán, tendrán hijos y… , ya sabemos que Medea no es una buena chica y que no cambiará en el siguiente capítulo.

Las variantes sobre el mismo tema son fácilmente reconocibles en todo género de aventuras, marítimas y terrestres, físicas y espirituales. La búsqueda del Santo Grial, o del Arca de la Alianza, de la Fuente de la Juventud, de la Piedra Filosofal, de la Ciudad de los Césares, o de la bomba atómica, son expresiones de los cambios ideológicos de distintas épocas, aunque el principio sea el mismo: el gran tesoro que nos cambiará la vida.

Aterrizando la cosa a nuestros domésticos apetitos contemporáneos: el billete premiado de la Lotería.En el siglo XVI, los piratas comienzan a adquirir el aspecto que hoy les adjudicamos. Es gracias a Isabel I de Inglaterra que el oficio de filibustero o corsario se vuelve una oportunidad para la hez de los mares, especialmente de aquellos mares de posesión española y potencialmente repletos de monedas de oro.

UNA PERLA NEGRA

De por ahí es que reaparece a comienzos de siglo Jack Sparrow y su aspecto de hippie, rasta, neo-punk. No casualmente es Keith Richards, el Rolling Stone, quien ha interpretado al padre del personaje. Y ahora Paul McCartney, sir Paul, también ha vestido la casaca, el tricornio y la melena de pirata.

Podríamos suponer que la transgresión actual ya se ha vuelto inocua y, por lo tanto, aquellos que viven más allá del imperio de la ley ya no representan ninguna amenaza seria al mercado, es decir, a la sociedad toda. No es que no existan peligros, pero se presentan de túnica, turbante y barba, por lo que rescatar de su olvido a los viejos piratas no representa una apología de la violencia, sino que un inocente juego de la imaginación transgresora adolescente.

Si Indiana Jones es un hijo regalón del sistema, es lógico que ande tras objetos de fuerte simbología espiritual. Sparrow es casi su correcto negativo: todo lo que busca es perfectamente asimilable a un corredor de bolsa. Lucro, ron y el Perla Negra, por supuesto. Todo lo demás es transable: la amistad, el amor, las mujeres; los principios, que son más bien finales; la patria. Esta última es tan cambiante como el favor del viento. Incluso el apetito sexual parece sublimado en su destreza con la espada y en la agilidad infinita que exhibe escena tras escena.

El capítulo cuatro vino a confirmar lo mejor del personaje y también a demostrar que la veta del género no estaba agotada, como lo hacía creer el casi insufrible episodio tres. La novedad era la inclusión de una heroína (Penélope Cruz) de sus mismas capacidades y que añadía la posibilidad del sexo a un personaje ya amenazado por la sospecha de su amaneramiento. Ahora, en el capítulo cinco, es Javier Bardem (marido de Penélope en la vida real) el encargado de ser el “villano invitado”.

Obviamente, el objetivo es entretener, pero que vengan incluidos algunos sabrosos aderezos simbólicos, como la Fuente de la Eterna Juventud, la venganza y el sempiterno mapa del tesoro, sirven para demostrar que toda aventura escapista es cifra de nuestra anodina existencia cotidiana, también ansiosa de vencer al tiempo, tentada por los cantos del consumismo y leyendo un libro de auto-ayuda perdida en el laberinto del metro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  • “Un hombre hace lo que puede. Una mujer hace lo que el hombre no puede”, Isabel Allende (1942).
  • "Ríe y el mundo reirá contigo, ronca y dormirás solo", Anthony Burgess (1917 - 1993), escritor y compositor inglés.