, ,

(RE) CONOCIENDO A LINA BO BARDI

22/11/17 — POR

Por Gonzalo Schmeisser.

88_Artesvisuales_arquitectura_1

 

UNO

Debo reconocer que no la conocía. Había escuchado su nombre en algún curso en la escuela de arquitectura, nombre que me atreví a juzgar –oh, soberbia juventud– como snob, una palabra hecha a la medida, algo editorial para que algún sabiondo profesor la nombrara con el placer que da el pronunciar palabras raras y bien dichas, tipo Viollet-le-Duc. Una etiqueta, pensé, quitándole peso. Ese nombre triple que no poseía asociación alguna para mí, quedó archivado; pienso, ahora, que si alguien me quiso tomar el pelo contándome de una actriz italiana que trabajó con Federico Fellini y cuyo nombre era Lina Bo Bardi (1914-1992), seguro le creí.

DOS

Revisando algunas notas sobre arquitectura del siglo XX, cosas que pensé eliminar de mi archivo universitario, me topé de nuevo con su nombre. No sé bien cómo actúan los mecanismos de descarte y selección, pero esta vez decidí detenerme en ese nombre que esta vez juzgué expresivo y elegante. Comprobé que no sabía nada de ella, desconocía su obra y su significativo legado en la teoría de la arquitectura. Qué decir de su trabajo en teatro, en el diseño de muebles y en la orfebrería. Menos aún su faceta de activista política, editora y escritora. No es tan grave, me autoconvencí, antes había descartado a otros autores que después se han convertido en compañeros de ruta: Eels, Camus, Elliott Smith, Lynch, Rohmer, Houellebecq, Bergman, Leonard Cohen… la lista es tan larga como inconfesable. La foto de un libro de esos que te regala algún tío –si es que logra pasar de las croqueras Artel– cuando estudias arquitectura, despertó mi interés. Lina Bo Bardi, de pantalón y chaqueta, zapatos que hoy estarían de moda, cartera al hombro y coronada por un vistoso casco de seguridad, conversa con un hombre en medio de una obra. Y es ese contexto el que llama la atención y le da verdadero valor a su estampa altiva, actitud que parece ser la de alguien muy seguro de sí mismo. Concluyo que una mujer en la era del blanco y negro, rodeada de fierros y hormigón, tuvo que ser alguien muy valiente, y no dejo de pensar en lo difícil que debió haber sido estar en “terreno enemigo” con esa desenvoltura.

88_Artesvisuales_arquitectura_2

MASP de Sao Paulo;

Pronto averiguo que la foto está tomada en una de sus obras cumbre: el Museo de Arte Contemporáneo de Sao Paulo, MASP para los amigos, de 1958. Y claro, he visto ese edificio mil veces, quién no. Incluso en un viaje a Sao Paulo se me apareció en alguna caminata ingenua. Sorprendido, registré algunos dibujos y aventuré anotaciones que quedaron tenuemente guardadas en mi volátil memoria de turista.

El edificio es una joya y seguro está incorporado al catálogo de las más altas obras del Modernismo mundial; pero ojo, alguien podría no tenerlo claro: la figura de Oscar Niemeyer es tan grande y omnipresente en Brasil que terminó por eclipsar a sus contemporáneos, Lúcio Costa y Mendes da Rocha incluidos. No es casualidad entonces que Lina Bo Bardi esté relegada a un segundo plano, con el ingrediente añadido de que no era brasileña y era mujer. Esto último, que puede sonar de perogrullo y oportunista, no son palabras vacías. Le ahorro al lector el ejercicio de googlear arquitectos del siglo 20 en Brasil si le cuento que, lo más parecido que habrá a una mujer, será un arquitecto-performer que usaba falda. Las rojísimas vigas del edificio del MASP, empalmadas como si fuera un solo elemento con los pilares, atrapan al volumen principal, dejándolo suspendido en el aire, como si estuvieran intentando llevárselo a otra parte. ¡Cuán innecesario es el rebusque, si con la operación correcta lo simple puede alcanzar tal nivel de expresividad!

Con esta obra comprendo que el Movimiento Moderno brasileño no debe únicamente su traducción a Niemeyer, maestro en expresar los conceptos de la vanguardia en criollo: lo sinuoso y etéreo de América. Lina también lo hizo, levantando su edificio y liberando una gran explanada para exposiciones, eventos, montajes teatrales y lo que la coyuntura requiera. En una ciudad como Sao Paulo, en que la temperatura media anual es de 20°, es un ejercicio tan apropiado como inteligente, y que devela alguna cojera del Modernismo europeo. Seamos osados y démosle espacio a la pregunta: ¿sirve una planta libre si la mitad del año no se puede ocupar?

TRES

Achillina Bo nace en Roma en 1914, estudia arquitectura y se traslada a Milán para trabajar en la oficina de Gio Ponti. Éste, sorprendido por su atrevido proyecto de título (una maternidad para madres solteras), y por su talento plástico e inteligencia, la nombra editora de su revista «Quaderni di Domus», suerte de fanzine que se convertirá en la voz del primer Modernismo italiano. Pocas mujeres logran colarse en el cerrado mundo de la arquitectura y ninguna logra moverse en él con tanta soltura. En 1942, con tan sólo veintiocho años, abre su propio estudio, bombardeado en 1943. Dos años después co-funda la revista «A Cultura della Vitta», dedicada a pensar la arquitectura como un arte completo, que abarca intereses disímiles, como diseño, cine y literatura. Milita en el Partido Comunista, se alista en la Resistencia y se enfurece con el conservadurismo de la Democracia Cristiana italiana. En 1946 se casa con el crítico de arte Pietro María Bardi, adopta su apellido y se instalan en Brasil para no volver a Italia nunca más. Al menos no a vivir.

88_Artesvisuales_arquitectura_3

Casa de Vidrio, de la propia Lina Bo Bardi

CUATRO

Reviso ahora el resto de su obra y descubro una carrera larga pero repleta de silencios intermedios. Intuyo en ese dato alguna dificultad más parecida a la del arquitecto promedio que a la de la superestrella y vuelvo a admirar su tenacidad. Imagino que podría haber vuelto a Italia, donde ya tenía ganado un espacio; quiero encontrar en esa no-decisión un espíritu aventurero y entregado a su propia revolución. Quiero creer que no se tragó el cuento de que los países americanos estamos en “vías de desarrollo” y que lo nuestro no es más que un eterno preámbulo. Que vio en Brasil, un país pobre, que el camino al paraíso es sólo un discurso. Quedarse ahí es su propio discurso, de cara a lo adverso y fascinada con la posibilidad de trabajar en los márgenes. Algo inspirada en Antonio Gramsci (a quien leyó con fervor) y algo inspirada en su ideal de un socialismo humanista, trascendente y adecuable al lenguaje material de la arquitectura.

El edificio SESC Pompeia (1977) se me aparece como prueba de eso. La conversión de una antigua fábrica de tambores en un centro social comunitario, con canchas de fútbol, piscina, espacio para talleres, etc., es otra declaración de principios. Dicho sea de paso, esta obra la convierte en pionera en el reciclaje arquitectónico: Lina conservó las estructuras originales de ladrillo como forma de testimoniar el pasado obrero del lugar, sumando dos macizos bloques de hormigón a la vista, unidos por pasarelas y calados por ventanas de formas libres. Lo demás es trabajo de pavimentos y reordenamiento de los objetos existentes, acotando el gasto lo más posible, como para no perder la perspectiva.

Hay en su obra una clara determinación a forjar un camino personal, su propia “exploración de campo”, que la llevó a comprometerse y descomprometerse con el Modernismo con una soltura admirable. Mientras todos se cuidan de llevar una carrera intachable, sin tonos bajos, ella no tuvo miedo de juguetear con otros estilos y/o derechamente ignorarlos, para inventarse un estilo propio. Recomiendo ver la Casa do ChameChame (1964) y la Iglesia del Espíritu Santo do Cerrado (1976), ambas dueñas de su propio genius loci. Ahí está la prueba de que Lina Bo Bardi quiso ser su propia corriente y –concluyo- lo consiguió.

CINCO

Veo sus fotos y me parece inevitablemente atractiva. Mirada resuelta y en paz, que da la impresión de estar aguantándose la risa. Un rostro que no se entrega del todo, que no quiere comunicar tanto, que se guarda lo mejor para ella y no para la galería. Se me antoja distinta de sus pares, transitando por su propio carril y a su propio ritmo, sin portar ninguna bandera por otros. Pienso en su nombre y no encuentro ningún resabio de lo que juzgué equivocadamente cuando estudiaba. Pienso en ese profesor que la nombró cuando preferí tacharla de mi cuaderno. Pienso en la soberbia y en las etiquetas erradas que uno suele ponerle a las cosas sólo para no tener que pensar en ellas. Pienso en todo esto como una gran paradoja, pues hoy descubro –más vale tarde– que si hay algo con lo que Lina Bo Bardi no carga, es con una etiqueta.

Comentarios

  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.
  • "La perfección mata, la sabiduría comete un error cada día", Anónimo.