SERVIDOR Y REY

02/07/18 — POR

El lápiz grafito es uno de los instrumentos para escribir más ergonómicos, ubicuos y sencillos, acompañando tareas, oficios y pasatiempos, tanto en su versión tangible como ícono de funciones de programas de computadores. Su historia está teñida de grafito, pero también de sangre y del inigualable color amarillo.

Por Loreto Casanueva

Publicidad de Kooh-I-Noor, principios del siglo XX.

En las antiguas civilizaciones escribir era, generalmente, hacer incisiones sobre una superficie a veces dura, a veces blanda. Los documentos más importantes eran cincelados en piedra, mientras que otros –como registros domésticos o textos de impronta efímera– podían ser inscritos en tablillas de cera. Este material permitía la reutilización constante del soporte. Para poder escribir sobre ellos se utilizaba un stilus de metal, caña o hueso, cuya parte superior era lo suficientemente punzante para escribir y la inferior lo suficientemente plana para borrar. Su carácter puntiagudo le dio el nombre de punzón y, debido a ello, se convirtió en una temida arma: se dice que Julio César atacó a Casio con el suyo, después de que éste le enterrara una daga, una de las tantas estocadas que lo llevaron a la muerte.

El nombre latino stilus sobrevive en nuestra palabra “estilo”, en la transferencia metonímica del instrumento a una característica del usuario, para referir a su modo de escribir (la “pluma” de un autor) y, desde ahí, a los modos de ser, vivir, vestir. La forma y la función del stilus también sobrevivieron en la escritura a tinta y papel, a partir del penicillum, un pincel confeccionado con hebras de cola de animal. Su nombre deriva de penis, “cola” en latín. Por lo tanto, el penicillum era la “pequeña cola” que se usaba para escribir, del que proviene la palabra inglesa pencil.

 

El lápiz de madera más poderoso y elegante de todos. antiguo que se haya encontrado. 1630. Colección privada Faber-Castell.

 

Las transformaciones de estos instrumentos, el stilus y el penicillum, abonaban el camino para el descubrimiento de un material que revolucionaría la industria escritural, proveniente del fondo de la tierra: una roca, o lapis, ‘piedra’ en latín. A principios del siglo XVI, en los tiempos de la Reina Isabel I, un grupo de pastores que caminaba por Borrowdale, Inglaterra, encontró una mina de grafito (mineral emparentado con el diamante), que permitiría más tarde la elaboración de los primeros lápices. Por esos años, y para evitar ensuciarse, el grafito era recubierto con piel de oveja y amarrado con cordeles para prevenir su quiebre. Fue útil para los pastores porque les ayudaba a mantener un registro de sus animales, a quienes marcaban con una pinta de grafito. Doscientos años más tarde, en 1760, los italianos Simonio y Lyndiana Bernacotti crearon una carcasa hueca de madera de enebro en la que pudiera insertarse una barra de grafito. Nacía así el lápiz moderno.

Decenas de hitos perfeccionaron a este primer lápiz. Los más importantes son: el endurecimiento del grafito gracias a la introducción de arcilla, emprendido en 1792 por el ingeniero francés y soldado napoleónico Nicolás Jacques Conté; la creación de la primera fábrica de lápices en Concord, Massachusetts, a manos del artesano estadounidense William Munroe en 1812, que inspiró la fundación de la compañía Eberhard Faber en Nueva York, pionera en producción a gran escala; la primera patente de lápiz con goma de borrar, en 1858, realizada por el jamaicano-estadounidense Hymen Lipman. Pero en 1899, durante la Exposición Universal de París, nacería el nostálgico lápiz amarillo. Antes de esa fecha, los modernos lápices exhibían el color natural de la madera que envolvía el grafito. En contadas ocasiones, los artesanos pintaban las carcasas de colores oscuros, como negro, morado o marrón. La compañía checa Hardtmuth Pencil, que estaría presente en la Exposición, buscaba impactar a los visitantes, revistiendo de un cromatismo vibrante y simbólico a su sencillo pero útil producto. Como por esos años el grafito inglés escaseaba, la nueva fuente del material era siberiana y, debido a su cercanía geográfica con China, la fábrica propuso el color amarillo, pues evocaba la realeza de ese país. El propósito se enfatizó cuando decidieron rebautizar a la compañía como Koh-I-Noor, refiriendo al famoso diamante de la corona británica. De este modo, el lápiz grafito Hardtmuth se posicionaba como el más El lápiz de madera más poderoso y elegante de todos.

His first pencil (or Boy and Shopkeeper). Portada para la revista «Saturday Evening Post», ilustrada por Norman Rockwell, 1928.

 

De materia prima bruta a lápiz, de lápiz a joya, y de joya a arma, el lápiz grafito amarillo se ha masificado en todo el mundo, convirtiéndose en el arquetipo de los lápices de mina, y disputando su reinado con lápices de otros colores, portaminas y bolígrafos. En sus «Diez reglas para escribir ficción», la autora canadiense Margaret Atwood prefiere llevar un lápiz grafito a una lapicera para escribir a bordo de un avión, porque “las lapiceras pierden tinta”. Como los objetos cortopunzantes están prohibidos en los vuelos, Margaret aconseja sumar un lápiz más, por si al otro no se le puede sacar punta. Al lápiz lo delata su pasado criminal. Si su predecesor, el stilus, fue un arma aguda y peligrosa, durante la Segunda Guerra Mundial el lápiz sirvió como escondite: en vez de grafito, en su interior podía encontrarse un mapa y un compás, útiles para la estrategia militar y el espionaje.

Comentarios

  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.
  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.