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Soledad Chadwick «OTRA MANERA DE MIRAR EL INFINITO»

11/09/17 — POR

Museo de Arte Contemporáneo, MAC (Parque Forestal. Teléfono: 22977-1755). Hasta el 15 de septiembre.

Por César Gabler

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El dictamen minimalista puede resumirse como el acto de poner una cosa al lado de otra y de otra. Adiós al gesto expresionista o a las elucubraciones visuales de Piet Mondrian y sus herederos. En vez de todo eso, la indiferencia casi matemática de un esquema preestablecido. Donald Judd o Carl Andre desarrollaron sus obras aplicando una lógica similar. Formas geométricas simples (usualmente el cuadrado o el cubo) y organizaciones seriales. En el caso de Judd, sus obras más conocidas parecen cajones dispuestos sobre el muro, mientras que las de Andre se organizan siguiendo los órdenes más simples, ya sean ladrillos, troncos o placas metálicas. A eso se lo llamó Minimalismo y fue durante los sesenta un estilo internacional, cuyo reinado se extendió hasta la década siguiente. La parquedad formal, el rechazo a la manualidad en favor de la fabricación y acabado industriales lo convirtió en estilo corporativo. Su imperio se eclipsó bajo los soles del arte Conceptual, el Posminimalismo y el Povera, la Transvanguardia y el arte Pos Conceptual. No había por dónde pensar una resurrección de su legado. Pero ocurrió.

Hago este largo preámbulo porque la obra «Otra Manera de Mirar al Infinito», de Soledad Chadwick, puede leerse desde ciertas claves propuestas por esta tradición. Lo primero y más obvio es su adhesión al cubo, en este caso derivado de una propuesta del matemático polaco Waclaw Sierpinski. Interesante. Chadwick recrea con rigor y en escala monumental una proposición teórica externa. En cierta medida, su gesto artístico se supedita a interpretar –volumétrica y rigurosamente– un postulado que no le pertenece. La relación con los objetos de su instalación sólo depende, parcialmente, de su gusto y voluntad, al contrario, ella cede su protagonismo a un enunciado teórico que regula todas sus decisiones compositivas. Hasta aquí lo suyo puede recordar, sólo en ese aspecto, algunas obras de Jannis Kounellis o Mario Merz, quienes se valieron del sistema Fibonacci, un matemático (italiano), para resolver distancias o frecuencias. Frecuencias que en nuestro medio sirvieron también a Gonzalo Díaz o a Eugenio Dittborn.

La alfombra de Sierpinski es un fractal ideado por un matemático, como tal una explicación lógica de un modelo que se replica en la naturaleza entera. Eso evocan estos cientos de cubos dispuestos en el hall de entrada del MAC. Rodeados por una valla metálica, discreta, moderna y autoritaria, la instalación puede leerse como un reflejo de la estructura del museo o la ciudad, como una representación de los invisibles modelos que nos gobiernan (naturales, sociales, políticos), o también como un ejemplo –otro más– de la vuelta masiva y ubicua de la geometría en el arte contemporáneo. Pero el resultado bien podría servir para acompañar una presentación del mundo fractal en un museo de las matemáticas. Algo en la factura de la obra, y en su disposición, la vuelven quizás demasiado fría y distante, al punto que como espectador uno extraña algún giro, una vuelta de tuerca en una máquina cuyo funcionamiento se figura demasiado regular. Si hay una metáfora oculta, la tiene sin duda, ésta no logra hacerse visible en los términos que la propia obra plantea. Pese a su impacto, la escala no consigue operar significativamente sobre el concepto, sólo visibiliza el diagrama. Y la imposibilidad de recorrerla y ser quizás parte de este gigantesco fractal (y una partícula más de la naturaleza) se pierde porque sólo contemplamos una imagen.

Comentarios

  • "Si me dan lo que quiero soy mansito como un cordero", refrán popular.
  • “Si le hubiera preguntado a la gente qué quería, me habría dicho que un caballo más rápido”, Henry Ford (1863 - 1947).