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UN SUJETO PROMISORIO

11/09/17 — POR

La colonización no tiene vuelta atrás, pero, como dice el crítico y analista Edward Said, a partir de ella se puede crear una narrativa crítica, que perturbe el sistema, que jamás justifique el poder, y entregue múltiples perspectivas al orden establecido. Esa narrativa provocadora crea Bernardo Oyarzún en un arte que devela identidad y el territorio original chileno.

Por Jessica Atal K.

86_HomeBernardo Oyarzún (1963) estudió Arte en la Universidad de Chile y se especializó en grabado y pintura. Este año representó a nuestro país en la 57ª Bienal de Arte de Venecia con «Werken», obra que consiste en mil máscaras de madera rodeadas de 6.907 apellidos mapuche. Pese a tener quince bienales en el cuerpo, su caminar es liviano. Claro, el éxito no pesa. Al contrario, hace volar. Nos juntamos en la Galería Patricia Ready, donde está próximo a exponer «Objetos Promisorios», una muestra que componen dos obras: «Mécanica de suelos» (2009) y «Tentativas (Sustituciones)», que fue parte de «Mitomanías», expuesta en esta galería en 2016.

–¿Por qué ahora te dedicas a las instalaciones, a la fotografía, a las performances, si te especializaste en otras disciplinas?

“Abandoné el grabado y la pintura por necesidades semánticas y poéticas. Tengo una opinión particular de la pintura: es ritual. Se entra en éxtasis y el tiempo pasa volando. Es un goce personal y el lenguaje artístico queda subordinado al placer. La veo como una droga y no como lenguaje expresivo en el sentido semiológico”.

–Tú saliste del colegio y estudiaste electricidad…

“Vengo de una familia campesina que emigra de la cultura chilota a Cerro Navia. Cuando terminé octavo básico fui a una escuela industrial, técnico profesional. Estudié electricidad porque no era seguro llegar a la universidad. Mis padres me apoyaron, pero cuando quise estudiar arte, fue como hacerles un revés. Mi hermano estudió pedagogía y eso estaba súper bien. El cura y el profesor son los tótems de la sociedad campesina. Pero el artista se muere de hambre”.

–¿Por qué en tu familia no se hablaba de tu origen mapuche, de tu abuela huilliche?

“Porque las políticas de negación del Estado funcionan a la perfección. Cortan tus conexiones ancestrales con tácticas de exterminio, no sólo físico sino cultural. Se construye otra historia y se pierde toda nuestra memoria familiar. ¿Qué hace la familia chilena mestiza, mezclada? El que tiene apellido mapuche se siente presionado a borrarlo; o el registro civil te lo cambia. El sistema borra tu filiación y te presiona a tomar otro rumbo. Podría ser mucho más interesante pensar en que parte importante de ser chileno es ser mapuche”.

–Tu instalación «Funa» toca episodios de matanzas en Chile que la historia oficial ha desvirtuado… “Desvirtuados o no contados, los ha encubierto. Se ha hecho cómplice de una barbarie, que es peor. La obra además habla de otro artificio: el imaginario histórico chileno con héroes falsos, personajes impúdicos que son levantados como ejemplos gloriosos y honorables. Sólo basta recorrer el periplo de La Moneda y ver los héroes que están instalados ahí, la mayoría con la culpa de horrendas masacres de civiles protegidas bajo su fuero. Más que una borradura, es el levantamiento de una mentira que se posa sobre otras historias que quedan mudas”.

–Un tema central en la cultura mapuche es la religión. ¿Está presente en tu obra?

“En la realidad de la cultura mapuche hoy, la religión ancestral ha desaparecido. Pero ha habido una revitalización de los rituales –como el machitun, nguillatun, machi pantu–, sobre todo en algunas comunidades de la periferia de Santiago y del sur. Prueba de ello es lo que expusimos en «Werken»”.

–¿Cuál es el mensaje de esa muestra?

“En el lenguaje mapuche no existe la palabra máscara. El kollong es el personaje ritual que usa la máscara. Es el protector de la Machi y del mismo ritual. Tiene poder metafísico y práctico. Ejerce acciones en pro del ritual y protege contra los males, los demonios. Es un personaje muy bello. Tiene la capacidad de asustar y al mismo tiempo de hacer reír. Es acrobático y crea sus propios relatos. Cuando una persona se pone la máscara, realmente se transforma”.

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Detalle de «Mécanica de suelos» (2009).

–El curador y crítico de arte Ticio Escobar hizo una lectura muy especial: habló del vacío de la máscara.

“Es una metáfora fuerte sobre la aparición y desaparición del sujeto mapuche. La máscara sustrae un rostro que en realidad no está. Personalmente lo sentí como una proyección del cuerpo muy poética y sugerente. Pero también veo las operaciones mediáticas del Estado que visualizan al sujeto mapuche y su cultura en un fetiche, lo ‘exotizan’ o lo convierten en una imagen leve del imaginario mapuche. Por ejemplo, la moneda de cien pesos. Se manipula hasta convertirla en una imagen folclórica”.

–A «Werken» también consideraron llamarla Weichafe…

“Los dos títulos servían. Nos decidimos por Werken, porque amplifica el sentido de la obra. La figura del Werken es muy poética. Es mucho más bella. En Venecia nos enteramos que también existe la palabra alemana werken. Tiene que ver con la manualidad y la artesanía. Fue algo imprevisto. El kollong sintetiza el arte mapuche. Es un contenedor estético, además de lo ritual, lo antropológico e histórico. El personaje del werken es más extenso porque se vincula a aspectos sociopolíticos. Es mediador, heraldo, consejero, tiene capacidades extraordinarias de oratoria y comunicación. Es un guerrero como el Weichafe, pero con el filo de la palabra”.

–¿Te gustaría ser recordado como Werken o como Weichafe?

Porque estás siempre en la trinchera… “No lo sé, porque los dos son relevantes. Werken es estrategia, poesía y diplomacia. Weichafe es el espíritu de este pueblo”.

–Respecto de la revitalización de la cultura, la poesía mapuche está surgiendo con mucha fuerza.

“La poesía tiene más recorrido. Elicura Chihuailaf, Leonel Lienlaf, Jaime Huenún son poetas que están muy instalados en la escena nacional. Es la ventaja que lleva la poesía”.

–Tú, sin embargo, usas la palabra como arma de denuncia. ¿Hay relación entre tu arte y el lenguaje poético?

“Mi lenguaje es poético. Aunque la palabra sea ruda, es analógica y metafórica. En «Territorio Mapuche» se encuentra la toponimia de origen mapuche entre Santiago y Puerto Montt. Si bien es un gesto político, se instala una gran metáfora territorial”.

–«Bajo Sospecha» plantea que en Chile somos todos sospechosos. No hay confianza ni respeto hacia el otro. ¿No hay una suerte de psicopatía ahí?

“La discriminación indígena es un problema latinoamericano y es transversal. Todo está inducido desde Europa. Ni siquiera sabemos apreciar la belleza por cuenta propia. En «El Negro Curiche» hablo de otra inducción. Somos constantemente bombardeados con información que dicta el canon de belleza, de pensamiento, lo bueno, la verdad y la religión. Los sistemas europeos cuajan en una clasificación de los otros que justifica la esclavitud, el sometimiento, el proceso de colonización violento”.

–En Chile vivimos con un sentimiento de vergüenza e inferioridad… ¿El arte puede hacer algo para reparar este daño?

“El arte siempre está abriendo pequeñas ventanitas. El arte provoca, instala conjeturas, interroga, estimula la reflexión. Para mí, lo más importante es que hay un pequeño horizonte que se abre. Una pequeña esperanza”.

–¿El arte provoca cambios, entonces?

“Sí. Y se puede probar en niveles muy básicos. No eres el mismo después de leer un buen libro o de ver una buena película. En «Werken» trabajé con muchísima gente. Todos fueron tocados por ese ejercicio. Si trabajas con un artista mapuche, entras en un diálogo con él, hay un conocimiento que se amplifica. Lo peor es dejar de hacer cosas, dejar que todo muera. Cuando se pierde una cultura, se pierde un mundo. Eso es lo más trágico. Mientras no sepas de dónde vienes ni quién eres, es difícil avanzar –y menos aún de manera exitosa– hacia el futuro”.

–En este sentido, estamos atrofiados como cultura…

“Los psicólogos hablan del mito del imbunche. Estás atado y además proteges esa condición eternamente. El imbunche cuida la cueva del brujo que lo mutiló para dejarlo como esclavo. Podría arrancar si quisiera, pero no lo hace. No tiene posibilidad de ver hacia atrás ni lo que tiene a su alrededor. Se queda pegado en esa condición”.

–Quizás está más cómodo ahí… En lo conocido. Por eso le es difícil realizar cambios.

“Sí, es una suerte de comodidad terrible. Eres cobarde, no te atreves a salir de ahí, pero al mismo tiempo hay una fuerza que te obliga a mantener esa condición. Al chileno lo definen como ‘imbunchado’. Es el síndrome del imbunche. Alguien que fue sometido a cierta condición, donde le taparon todas las posibilidades de recibir y hacer cosas”.

–¿Se relaciona con que cuando alguien, como tú, destaca entre el resto, no quieren verlo ni reconocerlo?

“Sí, todos siguen protegiendo esa condición. Son pocos los privilegiados en el mundo del imbunche. Vigilan que no se acceda a un mundo abierto y luminoso. Chile está atrapado en esa condición. Uno de sus problemas es justamente la negación de sí mismo, de su origen. Los antropólogos lo definen como un país de mixtura avanzada. Eso no lo reconoce el chileno”.

–Hablas de ti como de un tipo mezclado…

“Sí. Es delicada la terminología. Porque si hablas de mestizo, puedes estar hablando de diferencias de especies, y especie humana hay una sola. En rigor, si uno analiza antropológicamente al homo sapiens, no existe el humano puro. Es una ficción”.

–Claro, ¿quién está libre de mácula? Volvemos al Vitruvio, a la imposición europea.

“Está dentro de la estrategia de colonización…”.

–¿Vas a estar bajo sospecha toda la vida?

“(Risas) En Chile sí. El año que hice «Bajo Sospecha» se eliminó esa ley, pero volvió el 2016 con un nombre eufemístico: Detención Preventiva”.

–¿Y por qué te quedas en Chile?

“Nunca he tenido interés en salir. Cuando estudiaba, el gran sueño de muchos compañeros era instalarse en Nueva York o en Europa. Me interesa que la obra circule, exponer fuera, pero no moverme de mi espacio geográfico, donde ocurre lo que tiene que ver conmigo. Me parece más potente luchar contra el poder hegemónico desde la periferia. Es más complejo”.

–En la Galería Patricia Ready expones «Mecánica de Suelo». Tiene justamente que ver con el territorio propio, ¿no?

“Es arte vinculado a lo ancestral y también al paisaje. Son artesanos que trabajan con materiales del lugar propio. La exactitud de este proyecto respecto de donde se hace es absoluta. Se trabaja con menor margen de error, porque se hace desde tu espacio. Esa regla se aplica a todas las obras que he desarrollado”.

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–“Todo me dejaron mis muertos”, dice la poeta Graciela Huinao. ¿Consideras que tu esencia humana se basa en tu ascendencia principalmente?

“Sí. Es lo que estoy haciendo. Reconstruyendo mi ascendencia. Es parte de la herencia que quiero dejarle a mis hijos. Esta reconstitución es quebrada, porque no tengo la lengua mapuche. Entonces, es difícil escarbar profundamente en los niveles de la cultura mapuche. Una de las grandes herramientas es el arte. No es una mala herramienta, porque la operación se arma a partir de la intuición y la sensibilidad. Como no soy hablante nativo, siempre será mi lengua atrofiada. Estará esa deformación, no entender el sentido completo de la lengua o todo lo que quiere decir”.

–Hay algo muy bonito que dijiste: “el tartamudeo de la identidad nacional”…

“Lo he dicho cuando me han preguntado si me siento mapuche…”.

–O quizás el sentido es más amplio, en cuanto a que la identidad nacional es algo que no fluye…

“La identidad chilena es un artificio mal hecho. Si hubiese estado construido en su mixtura, sería un país más interesante. Es lo que logró Nueva Zelanda. Cuando se analiza la identidad amparada en un discurso de poder, en esta cartografía llamada Chile, más un montón de imaginarios folclóricos, como la empanada y la bandera, la identidad es leve. Se desconocen los millones de territorios que están en esa misma cartografía. Si se recogieran las capas que están debajo, se podría descubrir que Chile es un país bellísimo”.

–¿Qué pasó después de exponer en la Bienal de Venecia?

“Si bien no obtuvimos un reconocimiento oficial, la obra ha tenido un éxito impresionante. De hecho, no ha parado. El asunto está así: cualquier medio especializado en arte que se enfoca en la Bienal, me menciona. «Werken» apareció en la portada del diario español «La Vanguardia». También en la portada cultural del «Corriere de la Sera». Prácticamente terminó siendo la referencia de esta Bienal. No pensábamos que iba a tener un efecto mediático tan fuerte”.

–¿Cómo sigue ahora tu arte? ¿Cómo te proyectas?

“Estoy lleno de proyectos. Mi actividad artística siempre ha sido así. Vivo agitado. Las invitaciones a grandes exposiciones y bienales la impulsan mucho. Te arrastran a este ritmo, al dinamismo”.

–¿Cómo es tu día a día?

“En Chile nadie vive del arte. Todavía debo trabajar en otras cosas. Ahora estoy instalando gráfica en la CCU. Tengo una actividad laboral bastante dura para alimentar a mi familia. Paralelamente, desarrollo mi trabajo artístico, que también es muy pesado”.

–Más allá de la familia, ¿qué te hace feliz?

“La actividad artística. Hacer proyectos y estar en estado de alerta permanente. Siempre estoy a la expectativa de un posible proyecto”.

¿Hay algo que te haga infeliz? ¿Algo que te falta?

“Uno siempre tiene sueños. En este sentido, siempre faltan cosas. Hay que soñar, nunca estar conforme. Los sueños son parte de la felicidad y esa ambición no es de poder. Impulsa el arte. Tengo un sueño que yo no veré: que Chile se declare un país mapuche”.

 

Hasta el 14 de octubre, Bernardo Oyarzún presenta en la Galería Patricia Ready «Objetos Promisorios», una muestra que componen dos obras: «Mécanica de suelos», 2009 y «Tentativas (Sustituciones)», que fue parte de «Mitomanías», expuesta en esta galería en 2016.

Comentarios

  • “Un hombre hace lo que puede. Una mujer hace lo que el hombre no puede”, Isabel Allende (1942).
  • “Si el príncipe azul no llega, búscate uno verde”, Frase/Ilustración compartida por Mr. Wonderful, “diseño gráfico para gente no aburrida”.