UNA GALLINA BAILANDO EN EL INFIERNO

11/09/17 — POR

Se cumplen cuatro décadas de «Stroszek», la obra más perturbadora y subvalorada de Werner Herzog. Una radiografía cáustica del Sueño Americano, que también es recordada por ser la película que precipitó el fin del recordado Ian Curtis, líder del grupo Joy Division.

Por Andrés Nazarala R.

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Una gallina baila sobre un escenario circular y bajo una luz de neón al interior de una máquina que se activa con monedas. Suena una música rápida de xilófono y una armónica entusiasta. La escena podría ser graciosa, pero no lo es. Werner Herzog (1942), el cineasta alemán que alguna vez dijo que contemplar los ojos de una gallina es como mirar hacia el vacío, compone un momento siniestro porque esa víctima de feria parece ser una criatura autómata, tristemente inconsciente. O acaso el horror está en la mezcla insospechada de ingredientes: en esa festividad combinada con tragedia que no puede más que perturbar. O tal vez la escena nos aterra metafóricamente porque comprendemos que también somos gallinas que bailamos por inercia a cambio de monedas.

«Stroszek», que este año cumple cuatro décadas desde su estreno, tiene uno de los finales más escalofriantes y enigmáticos del cine. Dicen que el director tuvo que luchar contra todo su equipo para poder concretarlo. Nadie quería cerrar una tragedia con un gag.

Según la mitología pop, esa gallina danzarina fue lo último que vio Ian Curtis, el beato y maldito lí-der de Joy Division, antes de colgarse (a los 23 años de edad) en su casa de Macclesfield, Inglaterra, en 1980. Se sabe que en la tornamesa giraba «The idiot», el álbum más oscuro y trasnochado de Iggy Pop, grabado en medio de su adicción a la heroína. La combinación de disco y película es letal, o así al menos lo plantean hoy algunos usuarios de internet que recomiendan no mezclar la danza de la gallina con esas canciones sobre excesos y arrepentimientos. Lo dicen en broma, por supuesto, apremiados por la distancia temporal que termina por diluir toda tragedia.

Pero ese suicidio macabro, que seguramente está adornado por las fantasías de la prensa musical, revela la eficacia de la intención más cáustica de «Stroszek»: desenmascarar el Sueño Americano con lucidez rabiosa. Curtis, quien estaba claramente deprimido, viajaba al día siguiente por primera vez a Estados Unidos para iniciar una gira con la banda. Nadie sabe realmente qué pasa por la cabeza de un suicida, pero la coincidencia no parece tan casual. La tierra de la música country, del capitalismo y de la sociedad del espectáculo pudo haberse presentado para él como la fase terminal de su descenso al infierno.

«The Idiot» cierra con «Mass Production», una canción áspera y sincopada en la que Iggy habla de infiernos, mujeres y dobles fantasmagóricos. Hacia el final se impone un sintetizador análogo que provoca una sensación de vértigo. Es el sonido ideal para la escena de una gallina que da vueltas a cambio de unos centavos. La banda sonora perfecta para un final.

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Ian Curtis de Joy Division

BRUNO S. VERSUS KLAUS KINSKI

«Stroszek» nació de la culpa. Herzog le había prometido a Bruno S. –protagonista de «El enigma de Kaspar Hauser» (1974)– el rol protagónico de la adaptación de «Woyzeck» (1979) que venía preparando desde hacía algún tiempo. Pero apareció Klaus Kinski y el director decidió darle el papel al actor de «Aguirre, la ira de Dios» (1972). Bruno S. quedó destrozado. Entonces Herzog escribió en cuatro días un guión hecho a su medida. No tuvo que inventar mucho. A sus 45 años, Bruno Schleinstein –como se llamaba realmente– había vivido intensamente. Su paso por centros psiquiátricos y su deambular por las calles de Berlín como músico callejero alimentaban un retrato que Herzog potenciaría con trazos de fantasía. El responsable de documentales como «Fata Morgana» (1971) y de «Tierra de silencio y oscuridad» (1971) volvería, de alguna manera, a registrar la realidad con su cámara, ahora sometiéndola a una gran mentira.

En la ficción, Bruno S. es Der Bruno Stroszek, un alcohólico que acaba de salir de la cárcel y debe reinsertarse en la sociedad berlinesa. En medio de su lucha por la sobrevivencia, acogerá en su hogar a una prostituta llamada Eva (Eva Mattes) que sufre los acosos de dos proxenetas. Las amenazas crecerán hasta que Bruno y Eva toman la decisión de instalarse en Wisconsin tras la invitación de Scheitz, un vecino anciano y excéntrico, quien tiene un primo en Estados Unidos.

El miserable trío de protagonistas se vuelve entrañable porque no tiene nada más que perder. Primero, recorren Nueva York con asombro y esperanza en el futuro; luego, se instalan en un pueblo inventado: Railroad Flats, recreado en la localidad de Plainfield.

Stroszek consigue trabajo como mecánico, Eva como mesera de un restaurante de paso y el anciano Scheitz se hunde en sus propias cavilaciones sobre el mundo (se obsesiona con el magnetismo animal, interés real del actor Clemens Scheitz). Después consiguen un pequeño trailer donde vivir. Herzog los sigue con una metodología documental, insertándolos en situaciones reales junto a no-actores que el cineasta parece escoger con tanta lucidez como acidez.

De pronto, la tierra prometida se convertirá en un infierno; el Sueño Americano mostrará su peor cara. Eva regresará a la prostitución y Stroszek a la bebida. Los personajes se verán acosados por las deudas y, al no hablar inglés, quedarán excluidos de la sociedad. Entre subastadores verborreicos, campesinos, camioneros, policías, cowboys y rednecks obsesionados con el sexo, Herzog irá narrando una degradación que no ofrece concesiones. Una espiral descendente que conduce hacia la gallina más escalofriante de la historia del cine.

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Escena de «Stroszek»

BAJO LA SOMBRA DE ED GEIN

La condición de cinta menor de «Stroszek», asumida acaso desde su concepción, es, paradójicamente, la responsable de sus méritos. Herzog, quien tenía su energía puesta en «Woyzeck», quiso filmar sin tener que inventar un universo. Los personajes se llaman como los actores que los interpretan, los proxenetas son encarnados por delincuentes reales y todo responde más o menos a hechos verídicos. Ese factor extra-cinematográfico debía funcionar también en el plano de la mística inspiradora. La decisión de filmar en Plainfield, Winsconsin, respondió a que ahí vivió Ed Gein, el asesino y ladrón de tumbas que motivó la novela de Robert Bloch en la que se basó «Psicosis» (1960), de Alfred Hitchcock.

El horror ficticio debía emerger del horror real. Werner Herzog se impregnó de lo macabro. Dicen que la editora Beate Mainka-Jellinghaus, aterrada por las escenas, trató de que el camarógrafo dejara de filmar pero fue amenazada por el director con una pala.

La película fue producto de un proceso extremo de rodaje, en el mejor momento creativo de un cineasta que, en los 90, terminaría mudándose a Estados Unidos. La paradoja no es más que una anécdota tras un filme incombustible que ahora cumple 40 años sin festejos ni reediciones. «Stroszek» es la obra maestra de Herzog y una de las cintas más injustamente menospreciadas de la historia del cine.

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La aprobación de David Lynch

«Stroszek» es una de las películas favoritas del cineasta David Lynch. Ocupa, de hecho, el lugar número 10 en una lista que también incluye – por orden de preferencia– a «81/2» (Federico Fellini, 1963), «El crepúsculo de los dioses» (Billy Wilder, 1950), «Las vacaciones del Señor Hulot» (Jacques Tati, 1953), «La ventana indiscreta» (Alfred Hitchcock, 1954), «It’s a gift» (Norman Z. McLeod, 1934), «El departamento» (Billy Wilder, 1960), «La strada» (Federico Fellini, 1954), «Lolita» (Stanley Kubrick, 1962) y «El mago de Oz» (Victor Fleming, Mervyn LeRoy, King Vidor, 1939).

Comentarios

  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.