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Viaje a la edad de oro de la historieta chilena

23/08/16 — POR
Acaba de publicarse «Las historietas en Chile 1962-1982», de Jorge Rojas Flores, una monumental investigación sobre cómo la industria del cómic logró calar profundo en los niños chilenos. Y en sus papás.
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Jorge Rojas Flores

 

Antes de Snapchat, los videojuegos y el cable, las historietas eran, junto a la música, el gran refugio de niños y adolescentes. Por eso se les recuerda con nostalgia, independiente de su calidad. Entre 1962 y 1982 se experimentó una verdadera Edad de Oro, con una gran industria editorial, emprendimientos de intercambio y un espectro que abarca desde aventuras infantiles tipo «Mampato» hasta eróticas. El historiador Jorge Rojas Flores acaba de publicar «Las historietas en Chile 1962-1982» (LOM), una investigación donde escarba y remueve las viejas páginas ilustradas que dominaron la memoria de varias generaciones.

“La investigación surgió después de haber utilizado las revistas de historietas para estudiar la infancia en Chile, sus formas de socialización y el modo en que los niños eran retratados en algunas series”, explica el autor. Ahí se dio cuenta que el formato era un tema en sí mismo, no solamente una fuente documental. “Como no es primera vez que se escribe sobre historietas, intenté no hacer lo mismo. Por ello decidí no centrarme sólo en las historietas de humor, sino conocer todos los géneros posibles. Tampoco estudiar únicamente los contenidos, sino también indagar cómo se producían y distribuían”.

Así, el texto analiza la relación entre la sociedad y el mercado de la historieta atravesando los 60, la UP y el gobierno de Pinochet. También revisa los arquetipos, el enfoque de género, las referencias políticas y las ideologías que las sustentaban, el sexo, las clases sociales y el concepto de Patria. Evidentemente, todos estos conceptos experimentarían transformaciones dependiendo de los cambios que vivía el país.

“Las historietas fueron una de mis principales entretenciones. Y no sólo para mí y mi hermano mayor, sino también para mis papás. En mi casa no hubo acceso a la televisión hasta 1975, cuando tenía 11 años. Hasta entonces, mi principal distracción era leer «Jungla», «El Intocable», «Guerra!», «James Bond» o «La Pequeña Lulú», además del cine de barrio”.

 

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–¿En qué momento podemos hablar de “industria”?
“La producción en masa de historietas chilenas se produjo desde mediados de los 60, con la creación del Departamento de Historietas en Zig Zag. No sólo se producían varios títulos en forma simultánea, con un equipo de traductores, guionistas, dibujantes, pasadores de tinta, letristas y coloristas, sino que la Editorial se preocupaba también de controlar la distribución e impedir la competencia de sellos rivales. La internacionalización también se inició en esos años. En todo caso, esta expansión tuvo puntos débiles”.

–¿Como cuáles?
“La incorporación de nuevos títulos se hacía de un modo muy intuitivo. Esto produjo un alto endeudamiento de la empresa. La creación de Quimantú, en 1971, alivió algo esta crisis, porque el Estado compró la imprenta y algunas secciones de la editorial, mientras Zig Zag conservó el resto, incluyendo sus revistas más exitosas: las de Disney y «Condorito». Por esa misma época, la expansión de la televisión comenzó a afectar las ventas, y posiblemente el clima político restringió aún más las posibilidades del rubro editorial. A fines de los 70, la producción nacional iba en declive y el cierre de «Mampato», en 1978, fue muy indicativo de esta tendencia. Las últimas revistas de historietas relativamente masivas estuvieron dedicadas casi exclusivamente a series televisivas, como «Heidi» o «La Abeja Maya». Pero este sería el fin de la industria nacional, no de la historieta o cómic, como se comenzó a denominar. Aunque esta etapa queda fuera de mi período de estudio, desde fines de los 80 empezaron a surgir varias publicaciones de cómics de contenido y estética muy rupturistas, como «Ácido», «Matucana» y «Trauko»”.

–Señalas como un momento importante la llegada del imperio Disney a los kioskos
“La historia de la historieta ha tenido varios hitos destacados, y debí escoger uno que me pareciera interesante. Pudo ser 1949, cuando surgió «Okey», la primera revista dedicada exclusivamente a historietas. Pero opté por una época más cercana a mi propia experiencia como lector. Así podía apreciar el auge y la declinación”.

 

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–¿Podemos hablar de ese momento de inflexión?
“La firma del convenio entre Zig Zag y Disney en 1962 significó la impresión en Chile de «Disneylandia». Ese fue el punto de origen de una alianza que llevaría, pocos años después, a adaptaciones locales de algunas series y al surgimiento de iniciativas propias. Las revistas donde aparecían el Pato Donald, Mickey y Tribilín estaban entre las más exitosas en ventas. Durante esa década, Disney representó el ícono de la modernización capitalista, que contrastaba con las propuestas de cambio que circulaban”.

–Sorprende, por ejemplo, la popularidad de géneros símilares a la “explotación” en el cine: revistas sobre crímenes, historias “moralizantes” sobre las drogas, todo con una estética moderadamente erótica y hasta psicodélica. ¿Eran populares o de nicho?

“Gran parte de lo que se publicó en las décadas del sesenta y setenta era de tiraje masivo, no menor a 30 mil ejemplares por título, aunque las más exitosas llegaban a 100 mil. Su bajo precio permitía que lectores de distintos estratos sociales pudieran acceder a ellas. Las historietas de nicho se fueron imponiendo mucho después, así como las tiendas especializadas. El coleccionismo existía, pero no era la base de esta industria. La mayoría de los títulos circulaba una y otra vez, porque los lectores las prestaban, canjeaban o intercambiaban. Y estamos hablando de una circulación escalonada a lo largo de la semana, que no daba tregua. La mayoría tenía frecuencia quincenal, pero en días distintos, lo que llevaba al lector a estar siempre atento a la salida del siguiente número”.

–¿De qué forma dialogaban las historietas con los procesos de modernización y cambios políticos del país?
“Creo que hay que distinguir los distintos tipos de historietas para responder esa pregunta. Había historietas que buscaban justamente establecer ese diálogo. Como las series dedicadas al humor político en algunos diarios («Don Inocencio», en «El Siglo»; o «Don Memorario», en «El Mercurio»). O bien en revistas especializadas, como «Topaze» o «La Chiva». Sin embargo, no sólo en ellas es posible detectar esa relación con la contingencia. En las series tradicionales de aventuras, por ejemplo, no siempre hubo una intención explícita de proyectar un mensaje. Pero era inevitable que los guionistas apelaran a los tópicos recurrentes del género y a veces transmitieran una determinada idea de justicia o dilemas morales. En la serie «James Bond», con guiones y dibujos chilenos, aunque hubo cierta fidelidad con el personaje original, se trató de no acentuar el tono polarizado, en un ambiente ya polarizado. Incluso se inventó un personaje que no estaba en el original: un espía soviético bonachón”.

 

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Las cinco revistas y series fundamentales de Rojas Flores

  1. «Mampato»: “Hay mucho resabio del trabajo artesanal que se resiste a desaparecer, a pesar de pertenecer a una gran empresa editorial que buscaba competir con Zig Zag. Me refiero a la revista misma, que logra equilibrar adecuadamente entretención y formación, y a la serie del mismo nombre. En esta última destacan claramente los valores que Themo Lobos intentó transmitir a través de las aventuras del protagonista”.
  2. «Artemio», de Pepe Huinca: “Refleja la urgencia del contenido, diario, siempre urgente. Resalta que se publicara en «El Mercurio», pese a que su creador era más bien de izquierda. Esta aparente tensión se resolvió dejando de lado un mensaje explícito, y focalizándose en un personaje aparentemente simple, aunque en verdad provoca una reflexión mucho mayor de la que muestra su despreocupada personalidad”.
  3. «El Manque»: “Célebre serie creada en tiempos de la UP y publicada por Quimantú. Es interesante de analizar a la distancia, pues junto con transmitir ideas acordes con un proyecto emancipador, muestra rasgos más tradicionales que posiblemente no se buscaban”.
  4. «La Familia Mengano»: “Salió todos los días en un vespertino de derecha durante la UP y luego se mantuvo por varios años durante la dictadura. Si se sigue el contenido, se aprecia la forma en que el mensaje anticomunista se va construyendo”.
  5. «El Capitán Toñito»: “Es un buen ejemplo de una historieta exitosa, construida sobre la base del uso de la emoción al límite. El niño es un huérfano que siente a la Patria como su propia madre, y por eso se integra con entusiasmo a un batallón de soldados durante la Guerra del Pacífico”.

 

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Comentarios

  • "Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor que la pata de conejo", Jaime Sabines (1926- 1999), escritor mexicano.
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.