El misterio de la laguna

Fecha

Por_ Tomás Vio Alliende

Ilustración_ Isabel Hojas

Crecí junto a la laguna que está en mi casa y no quiero separarme nunca de ella. Siempre he vivido en una parcela cerca de la ciudad y del río; fue la opción que tomó mi familia antes de que yo naciera, y me alegra porque la Naturaleza me da vida. 

Hace unos años mi papá me contó que el señor Cheng, un amigo chino con el que hizo unos negocios, le regaló los peces koi que tenemos en el estanque. Son carpas grandes y de colores vivos y de apetito voraz que nadan por todos lados. Desde chico me sentí atraído por el agua y los peces. Cada vez que podía iba de la mano de mi madre o mi padre al estanque y me sentaba a observarlos. Los miraba con atención como si fueran los vertebrados acuáticos más importantes del mundo. Me gustaba verlos mover sus branquias, sus colas y bocas en busca de alimento o de compañía. De inmediato me encariñé con Blanco, un koi que cuando me acercaba a la orilla, intentaba seguir mis pasos o perseguir mi reflejo. De a poco empezó a reconocerme y a comunicarse conmigo. En ese entonces desconocía el lenguaje de los peces, pero estoy seguro que una tarde de verano empezamos a conversar. Yo le contaba mis problemas y él movía su hocico rápido abriendo y cerrando la boca a la orilla del estanque, sólo como los peces pueden hacerlo.

Pasaron los años y la relación continuó igual. El señor Cheng nos visitaba de vez en cuando y se daba una vuelta para mirar los peces en la laguna. Nunca le hablé de mi relación con Blanco porque habría pensado que estoy loco, pero un día, en su rudimentario español, me contó una bella historia.

“Ven Felipe, caminemos hacia la laguna, acompáñame. Te quiero contar una historia que me regalaron mis padres cuando era niño. Hay una leyenda que dice que los peces koi intentaron nadar contra corriente del río Amarillo para subir por una gran cascada. Al llegar, como recompensa por su esfuerzo, los dioses de la Naturaleza los transformaron en dragones. Desde entonces son símbolo de perseverancia, sabiduría, fuerza y buena fortuna”.

–No conocía esa historia, señor Cheng, quizás por eso me gustan tanto los koi y tengo tanta conexión con ellos. Gracias por su tiempo.

Pasaron las semanas y el señor Cheng volvió a visitarnos. Siempre muy amable y tranquilo, le gustaba mucho el silencio de la parcela. Disfrutaba de la compañía de mi familia. A nosotros también nos agradaba tenerlo cerca.

Cuando cayó la noche nos acercamos al estanque y nos dimos cuenta de que los peces no estaban, habían huido. Ni siquiera estaba Blanco.

Traté de no desesperarme, mientras el señor Cheng me repetía: “El río, el río”. Y claro, tenía razón, la laguna estaba conectada subterráneamente con el río cercano a la casa. Rápidamente tomamos un par de

linternas, subimos al auto del señor Cheng y viajamos hacia una cascada que quedaba cerca. Iluminadas con nuestros focos todas las carpas del estanque de mi casa estaban como en la leyenda china tratando de nadar contra la corriente. Eran muchas más de las que tenía en la memoria. Divisé a Blanco entre ellas y después de un rato largo de lucha lo vi llegar a la cima y traspasar el umbral de la cascada, fue el único al que vi lograrlo. 

Curiosamente unas luces se encendieron en el cielo, muy parecidas a fuegos artificiales. A pesar de lo extraño del momento y de haber perdido a Blanco para siempre, me sentí feliz por él. El señor Cheng sonreía y me dijo que ya era hora de volver a casa. A las dos semanas falleció de un infarto al miocardio. Todos quedamos sorprendidos y muy tristes con la noticia; era un buen amigo de la familia. 

Después de que las carpas se fueron, el estanque nunca volvió a tener peces koi y se llenó de algas y guarisapos. De vez en cuando creo ver un dragón volando por la parcela. Estoy seguro que Blanco anda de visita: mi pez, mi amigo, mi guardián y mi compañero.

Una querida mascota acuática

Originarios de China y popularizados en Japón a partir del siglo XIX, 

lo que pocos saben, al menos en el mundo Occidental, es que los peces koi pueden ser muy, pero muy longevos. Heredada de generación en generación, Hanako ha sido el pez hembra koi más famoso y más longevo del mundo. Vivió 226 años en un estanque natural al pie del monte Ontake, en las prefecturas de Nagano y Gifu, Japón. La mascota acuática más querida de la familia Koshihara, falleció en 1977. El Dr. Komei Koshihara estaba encargado de su cuidado, la relación era tan cercana que la carpa lo reconocía y llegaba a atender sus llamados cuando iba a visitarla a su estanque. “Aunque es un pez, parece sentir que es muy amada y que hay una comunicación de sentimientos entre nosotros”, dijo el Dr. Koshihara después de una de sus visitas. Hanako era de color rojo escarlata, pesaba 7.5 kilos y medía 70 cm. Su longevidad es, junto con la del tiburón de Groenlandia, uno de los registros más notables de vertebrados que se han investigado en el mundo. Se logró medir gracias al análisis científico de sus escamas realizado entre 1966 y 1968. El Dr. Masayoshi Hiro utilizó un microscopio óptico para contar los anillos de crecimiento anual del pez en dos de sus escamas con un método similar al que se utiliza para determinar la dendrocronología en los árboles. 

 (www.lanacion.com.ar/lifestyle/hanako-la-historia-del-pez-koi-mas-viejo-del-mundo-que-murio-a-los-226-anos-nid22022021/)

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