Valentino 

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“Después de mí, el diluvio”

Buscador incansable de belleza, elevó su oficio a altos niveles de lujo y excelencia. Era algo que le fluía natural. 

“Sólo hay tres cosas que puedo hacer: un vestido, decorar una casa y entretener a la gente”, decía.

Por_ Alfredo López J.

Fotos Maison Valentino

Designer Valentino (C, standing) poses with models 18 January at the end of the presentation of his high fashion Spring/Summer 1998 collection in Paris. (Photo by THOMAS COEX / AFP)

Durante cincuenta años su visión no sólo definió el lujo contemporáneo, sino que posicionó a Roma como centro global de la confección, a la altura de París. De ahí que la partida de Valentino Garavani, considerado el último gran maestro de la Haute Couture, se haya prolongado como un duelo absoluto de la industria. Un verdadero patrimonio de la indumentaria, con grandes momentos que unen poder, cultura y espectáculo. Con su bronceado permanente y trajes a medida, se retiró hace algunos años de la propia compañía que fundó.

Fue cuando, frente a la cámara del cineasta Matt Tyrnauer –quien durante dos años rodó un documental en torno a su trayectoria– dijo sin preámbulos: “Después de mí, el diluvio”. De esa forma, admitía que no tenía fe en la supervivencia de una casa de modas que ahora está en manos del director creativo Alessandro Michele. Más que un acto de soberbia, sus colaboradores dijeron que se trataba de sentidas palabras, “con el fin de prepararnos para su partida”.

Un ejemplo de la tía Rosa

Valentino Clemente Ludovico Garavani nació el 11 de mayo de 1932 en la ciudad de Voghera, en La Lombardía. Su primer nombre, que se transformó además en el de su maison, fue un homenaje de sus tías al actor Rodolfo Valentino luego de ver su actuación en la película «Los cuatro jinetes del Apocalipsis»

Sus padres, Teresa de Biaggi y Mauro Garavani, quien se desempeñaba como director de una empresa de suministros eléctricos, tempranamente apoyaron la inclinación de su hijo hacia el Arte y la Moda. Aunque el detonante de lo que sería su destino fue el ejemplo de su tía Rosa. Una mujer amante del buen diseño que le enseñó de bordados, pliegues y figurines.

Con 17 años se estableció en París, ingresó a La Escuela de Bellas Artes y trabajó junto a Cristóbal Balenciaga, Jean Dessès y Guy Laroche. Como discípulo, sin embargo, sentía que había aprendido rápido y suficiente, pero algo le faltaba. Con el tiempo, 

lo comprendió. 

Sus raíces italianas fueron más fuertes, decidió regresar y levantó su taller insignia en la reconocida Via dei Condotti, en Roma, la misma calle donde Elizabeth Taylor hacía sus encargos en Bvlgari.

Inmediatamente, sus diseños llamaron la atención por una impronta de delicada confección, multiplicidad de detalles y una factura que realzaba, por sobre todo, la silueta femenina. Una nueva prestancia fundada en el lujo. Un rojo vibrante fue el color predominante de sus colecciones iniciales, al punto que se convirtió en su tono emblema.

Un vínculo que desarrolló luego de un viaje a España, específicamente a Barcelona, donde asistió para la representación de la ópera «Carmen» en el Gran Teatro del Liceo. Simplemente quedó fascinado por el rojo carmesí de los trajes y decorados. 

“Me gusta proyectar fortaleza, dar buena imagen, y eso exige mucha energía. Lo último que quiero es parecer un tipo atormentado”, confesaba.

El favorito

En los mismos años 60, conoció en un café de Roma a Giancarlo Giammetti, con quien mantuvo una relación sentimental de 12 años. Incluso después de la ruptura, Giammetti siguió siendo el cerebro empresarial detrás del éxito global de la marca, lo que permitió que Valentino sólo se dedicara a su trabajo creativo con total libertad.

A esas alturas, ya era el favorito de mujeres como Ava Gardner, Diana de Gales y Jacqueline Kennedy, quien usó un traje de su autoría para su matrimonio con Aristóteles Onassis, en 1968, en la isla de Skorpios. Valentino hizo para ella un modelo diametralmente opuesto al de su primera boda con John Fitzgerald Kennedy, apostando por un conjunto de dos piezas, color marfil, con cuello subido y mangas transparentes. Ese fue, según los expertos, el inicio de su etapa más contemporánea.

Cuando Claudia Schiffer se casó con Matthew Vaughn también optó por el diseñador italiano. Llevó un escotado vestido blanco confeccionado con cuatro tipos de diferentes encajes. “Un diseño muy clásico, casi de cuento de hadas”, diría después el propio Valentino. También hizo el vestido para el séptimo matrimonio de Elizabeth Taylor con Larry Fortensky. Una apuesta con encaje de un tímido, pero revelador amarillo. “Lo que quiero hacer con las mujeres es que cuando entren a una habitación, la gente, todo, se detenga, que nunca pasen inadvertidas y que siempre despierten admiración”, sostenía.

En su vida, los lanzamientos y aperturas fueron una constante. Lanzó las líneas Valentino Boutique y Valentino Uomo, abrió nuevas tiendas en Roma, Nueva York y Tokio hasta que la empresa pasó a formar parte del conglomerado Kenton Corp. Entre los 80 y los 90, Hollywood fue tierra fértil para su creatividad. Las celebridades le confiaban diseños para ocasiones importantes, casi como si fuera un amuleto de buena suerte.

Con un modelo suyo, la actriz Jessica Lange obtuvo un Premio Oscar en 1983 y Brooke Shields hizo historia con un vestido rosa en la portada de la revista «Time». Más adelante, en 1991, Sophia Loren recogería un Oscar Honorífico con un traje de su compatriota y, diez años después, sería el turno de Julia Roberts con un Valentino vintage. Jennifer Lopez, Cate Blanchett, Anne Hathaway, Natalia VodiánovaLa lista es interminable.

LEJOS DE LOS EXCESOS

En 2007 anunció su retirada y dejó en el cargo a Alessandra Facchinetti, quien al año siguiente fue sustituida por Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli. De lejos, Valentino seguía observando cómo su trabajo se había convertido en una matriz creativa, con cánones difíciles de pasar por alto. Su legado era inmenso.

Aun así, sentía que debía descansar. Perfeccionista y lejos de los excesos, se concentró en ordenar la casa y junto a Giancarlo Giammetti, su socio de siempre, se encargó de dejar un plan de beneficios para quienes lo habían acompañado en su ruta de triunfo. 

Lo hizo silenciosamente, fue su último gesto de amistad, devoción y profundo refinamiento.

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