“CUANDO NO DUERMO, SUEÑO…”
Se trata de la más compleja retrospectiva de este pintor cubano en Estados Unidos. Titulada «When I don’t sleep, I dream», la muestra reúne más de 130 pinturas, grabados, dibujos, cerámicas, incluyendo portadas de libros, archivos fotográficos y documentales que dan testimonio de su extraordinaria manera de ver el mundo.
Por_ Ignacio Szmulewicz R., desde Nueva York

C
omo tantos latinoamericanos cansados del conservadurismo local, Wifredo Lam (1902-1982) se embarcó en un viaje que lo llevó a perseguir la tragedia revolucionaria durante la Guerra Civil Española, una obra suya homónima de 1937 da cuenta de los años de entreguerra, para terminar instalándose en París, y reconocer su domicilio en el Cubismo y el Surrealismo.
En la Francia de la ocupación, Lam repasó las tinieblas de lo arcaico e inconsciente que habían develado los surrealistas en juegos de palabras, cadáveres exquisitos y fotocollages. En 1941, cuando la llegada del nazismo se sentía inminente, se embarcó de vuelta a su Cuba natal vía Martinica. A su regreso, se sintió atraído por las profundidades del Caribe, sumergiéndose en un entendimiento de los saberes indígenas, la diáspora africana y la resistencia a la colonización europea. Durante la década de los 40 consolidó su repertorio, su amistad intelectual con autores como el poeta Aimé Césaire (1913-2008), y su atracción hacia la espiritualidad y la trascendencia del paisaje caribeño.
La reciente exposición en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York reconoce la relevancia de Wifredo Lam en el Arte del siglo XX, especialmente el latinoamericano. Uno que se liberó de las aspiraciones de los artistas republicanos por emular a la tradición europea, pero también uno que renegó del imaginario indigenista. Lam lideró un proceso de experimentación pictórico, gráfico y material para abrirse al gran formato en la tela con un lenguaje explosivo, gestual y de gran valor cromático. Tres series de obras sirven para entender su monumental trayectoria.
Máscaras, Junglas y Aquelarres
Las piezas tempranas se inscriben en el Cubismo de Picasso y Braque, al abandonar el ilusionismo y la mímesis, y reconducir el arte hacia la abstracción. Las pinturas de Lam de este periodo dan cuenta de una exploración desde la Abstracción Geométrica, la descomposición de los cuerpos y la planitud del espacio, hacia una ternura y sensualidad con los sujetos retratados, casi amorosamente, dejando la rigidez del análisis por la sensualidad de su carácter icónico. En «Autorretrato II» (pintado alrededor de 1938), «Madame Lumumba» (1938), o «Madre y niño» (1939), se percibe ese deseo por encontrar en los gestos del presente, las huellas de tiempos pasados que se superponen.
Un segundo grupo lo integran las telas de mayor reconocimiento. «La Jungla» (1944) es una visión del entorno natural donde la presencia humana se funde y confunde con raíces, troncos, ramas, hojas, flores y frutos en una paleta de luminosos verdes, naranjos y ocres. Es una sinfonía cromática de cuerpos imbricados, seres más allá de lo humano. En esta serie, Lam encuentra una vertiente distinta a la occidental. Lo salvaje se vuelve adorable y aprehensible; lo secreto, revelador; y lo desbordante, abundante. En definitiva, para Lam la jungla era una cascada, un torrente y un portal hacia emociones necesarias para tejer una hebra dulce con un mundo trascendental que para Europa era sólo sinónimo de monstruos y canibalismo. En este registro están las obras «Harpe Astrale» (1944) o «Large Composition» (1949).
Finalmente, un grupo de trabajos responde a una inquietud por lo oculto. Así, abrazan un panteón más profano donde predominan la noche, las pesadillas y las tinieblas. En estas series, su lenguaje es más incisivo o visceral, los cuerpos se estiran perdiendo su anatomía, y el tiempo en las escenas se vuelve elástico. En «Canaima III» (1947) se mezclan las prácticas chamánicas del Orinoco (conocidas como kanaimà), la zona del sureste del país caribeño y la cita a la novela del venezolano Rómulo Gallegos. A la derecha, dos figuras enigmáticas sujetan una vela y representan el mundo al revés; y a la izquierda, se funden un ser cual carnero diabólico con una mujer que sacude sus infantes. La luna, la numerología y un certero aguijón dominan la parte superior de la pintura.

Directo y punzante
El título de «When I don’t sleep, I dream» es un referente ineludible para cientos de artistas que han vuelto la vista al centro de lo excluido. Y Lam fue directo, punzante e insistente en mostrar el ensamblaje de las identidades de América. Nunca cargó con el peso del nacionalismo en la insistencia por lo local, ni tampoco en la idealización del pueblo latinoamericano, tan simplificado por los revolucionarios. Supo dibujar un cosmos donde el ser humano y la Naturaleza se funden dejando obsoleta la noción moderna de sujeto individual. En sus pinturas dominan las impenetrables selvas, las interminables noches, los paisajes de la incertidumbre.
Así, el artista repasa sin temor la historia detrás de las aguas del Caribe. Cada isla, archipiélago, península o delta es hoy símbolo de la situación paradojal en la que se encuentra la Humanidad en el nuevo milenio. Restos de catástrofes, guaridas del inconsciente precolombino, rutas de la esclavitud, siniestrados galeones coloniales, hasta inmensas plataformas petroleras.
La muestra del MoMA refresca la importancia de Lam en la escena contemporánea. Su imaginario es compartido con sus coetáneos como Roberto Matta, pero con aún más fuerza en artistas conceptuales como Ana Mendieta, pictóricos como Jorge Tacla, hasta consagrados jóvenes como Patricia Domínguez, Wiki Pirela o Seba Calfuqueo. Uno de los legados más singulares es haber hecho las paces con todo lo que el consciente moderno quiso anclar en lo más oscuro del fondo marino. Lam se dejó llevar por las revelaciones de un mundo sin límites, lleno de contradicciones, feroz y afable, volcánico y sereno, donde el ser humano pudiera habitar sin necesidad de salir a flote desesperadamente.
Hasta el 11 de abril, observar la mirada en las imágenes de Wifredo Lam es una posibilidad que ninguno de nosotros debiera obviar.


