AMÉRICA LATINA ESTÁ EN OTRO LUGAR

23/10/17 — POR

Cuando se habla de los fundadores de este continente, casi siempre aparecen José Enrique Rodó, José Ingenieros, Pablo Neruda, Juan Montalvo y Octavio Paz, entre otros. Ocupan el rol del Dante, Voltaire, Cervantes o Goethe, en Europa. Rara vez se incluye el nombre del visionario mexicano Juan Rulfo entre nuestros padres fundadores; y es un lugar que se merece.

Por Miguel Laborde

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Ilustración: Alejandra Acosta

 

Aunque Juan Rulfo escribió pocos textos, y breves además, la huella que abrió es altamente sugerente, visionaria, de un ser sensible que caminó este continente como si fuera el primer ser humano que pisara estas tierras y se asombrara ante su potencia, a veces lujuriosa de naturaleza, en ocasiones violenta en su desolación.

Es un nombre que, al menos para mí, adquirió resonancia el día en que leí una entrevista a Gabriel García Márquez, donde decía que el realismo mágico se había iniciado con dos personas: Maria Luisa Bombal y Juan Rulfo. Ella con «La última Niebla», de 1934; él con «Pedro Páramo», de 1955. Alguna vez recordaría que tras conocer alguno de sus libros pasó un año sin leer a otro autor, hasta terminar recitando párrafos enteros de memoria de ese texto fundacional del mexicano, cuya atmósfera se haría presente en «Cien años de soledad».

Waldemar Verdugo Fuentes, literato chileno, ha escrito sobre la hermosa amistad que los unió, ambos de textos breves, escasos, pero también de raíces comunes: perdieron a sus padres siendo niños, fueron de familias terratenientes ya empobrecidas. Ambos, hijos del siglo 20, aprendieron a apurar los textos, a hacerlos más veloces.

Rulfo volvió a crecer en mi imaginario al leer este año la celebrada tesis doctoral «Hispanoamérica en diez novelas», de Fidel Sepúlveda, que obtuvo, muy merecidamente, el Premio Internacional del Instituto de Cooperación Iberoamericana. Este año apareció en las Ediciones UC con apoyo de la DIBAM.

Premio merecido, porque Rulfo, de puro mestizo, deja fluir lo indio y lo hispano al mismo tiempo, en entrañable sintonía. Lo suyo era necesario para adentrarnos en nuestra sangre. Encontrar el rojo flujo originario, fluyendo en nuestra venas, algo que México ha sabido hacer mejor que otros; tal fue su sintonía con ese mundo, esencial, que en 1963 entró a trabajar al Instituto Nacional Indigenista y de ahí no se movió hasta morirse. De paso, en 1970 fundó la revista «México Indígena».

William Ospina, el gran escritor colombiano, ha escrito que “es difícil ser hijo de dos razas que se odian”. Es cierto, pero en Rulfo encontramos la clave inversa, la búsqueda opuesta: lograr la fusión de dos culturas que, en sus libros, parecen nacidas para comprenderse. En ambas, razón y emoción andan enredadas, sin que una se sobreponga sobre la otra. De ahí venimos, sin saber a cuál creerle más. Es nuestra tragedia, pero también nuestra identidad. De pronto, es nuestra mayor virtud.

Rulfo no fue ensayista ni teórico. El encuentro carnal de la razón con la emoción se da mejor en el arte que en la mente; en la novela antes que en el texto intelectual. Nos encontramos, los latinoamericanos, más cómodos en la ficción. Sospechamos, con abierto recelo, de la ambición, a nuestros ojos exagerada, de los europeos, de intentar explicar toda la realidad. Admiramos el empeño, muy humano a su medida, pero ajeno.

Para nosotros, las cosas son como son y así hay que tomarlas. En lugar de intentar desentrañar las fuerzas que mueven el mundo, con asombro y contemplación nos quedamos, atónitos, observando el espectáculo del mundo siendo mundo. Al borde del éxtasis. Como los indios de nuestro origen.

Nos gozamos en el encuentro gozoso de la Naturaleza con nuestro ser profundo; la erupción volcánica la llevamos dentro, el huracán del Caribe, la tormenta andina, el aguacero amazónico. Como tanto se ha dicho, mas que historia aquí somos geografía. No nos satisface en plenitud el tratado reflexivo que toma distancia para entender más; preferimos estar adentro, dejarnos avasallar por lo que existe, antes que, fríamente, pretender describirlo. Nos arrastra el ser, antes que el entender.

Es lo que pasa con Rulfo. El lugar al que nos lleva, Comala, parece estar en otro espacio tiempo; como en la América primigenia de Neruda, en uno donde no existen el cálculo, la medición de las horas, los relojes, todavía. Es un suceder que avanza sin avanzar, y a nadie importa en Comala si es martes o miércoles; ¿cuál es la diferencia? El europeo, con el programar y el planificar, logra establecer un humano y efectivo orden del tiempo; pero, nosotros no estamos seguros de querer ese transcurso. Más bien, desconfiamos de él. Como el que recuerda los momentos epifánicos de la infancia y la adolescencia, y no quiere renunciar a seguir viviendo esos estados que le dan sentido al estar y vivir en este planeta, en esta dimensión.

De pronto se nos ocurre preguntarnos: ¿Acaso se medía el tiempo en el Paraíso perdido?

Nunca hemos confiado tanto en la lógica de la razón. Nunca hemos creído que lo visible y lo invisible pertenezcan a planos diferentes de la realidad. Porque, después de todo, en el imaginario de América Latina, todo está amalgamado, atravesado, entrelazado.

Y nos gusta que permanezca así, complejo y misterioso. No creemos, como el Humanismo europeo, que el ser humano sea el actor principal. Sospechamos que no está claro el ser del ser humano, y tal vez nuestra condición nunca será evidente. Aunque tengamos que vivir al borde del abismo, con vista directa hacia lo misterioso, sin que nadie venga a explicarnos nada. Navegantes de un océano sin rumbo, enfilamos en línea recta y directa hacia lo incierto. En lo incierto nos encontramos cómodos. Porque incierto es todo cuanto nos importa: el día en que moriremos, el momento en que nace y muere el amor, el segundo en que alguien presionará el botón rojo de los misiles portadores de núcleos nucleares. ¿Para qué pretender esquivar esa regla, de que todo cuanto importa, esencial, está sumido en un nivel de la realidad donde no existen las certezas? En esto, estamos más cerca de Oriente que de Occidente. En nuestra genética está inscrito el hecho de que este continente estuvo sin seres humanos por millones de años. Aquí fueron libres la fauna y la flora , y fluyeron sin control. Y se nota.

Sabemos, como el indio, que giramos en una espiral donde la Naturaleza nos precede, por millones de años; y ella nos heredará en el futuro. Si no sabemos convivir, el planeta entero será un parque nacional, de categoria mundial, recuperándose del paso violento de los seres humanos. Es la vida en el mundo la que observamos, la que debiéramos custodiar, para que sea siempre el espacio donde otros humanos miren el misterio a la cara, en otros futuros, siempre inciertos de su destino. Somos los mortales, y estamos en desventaja: ante el cielo y la tierra, y ante los dioses. Más frágiles, al menos asumamos esa condición precaria para vivirla en plenitud. No intentemos la seguridad, tan ajena al devenir humano. Como el indio, divaguemos en los mares aéreos, en los océanos infinitos, dejándonos ir. Al menos, por unos días, habremos sido parte del Cosmos. Como el indio en lo alto de la pirámide, nuestro antepasado, viendo sumirse el sol en medio de nubes enrojecidas.

Él, en su cosmovisión, recuerda que alguna vez hablamos con los animales y nos alimentamos de los frutos de los árboles. Sin hacer correr sangres… En todos los continentes aparece esa evocación, esa nostalgia, la del habitar la tierra con los brazos abiertos y los ojos atentos a las nubes.

No es ensueño narcótico y pasivo, ni la melancólica añoranza de una Arcadia que ya no existe; es la conciencia que exige estar en el mundo mientras aún se cuenta con un cuerpo que la contenga. La modernidad ha sido avasalladora, ha devorado los espacios, pero el ser de América Latina no se conforma. Mientras pueda.

El niño tiene sus sentidos abiertos a lo inexplicable, y su forma de estar en el mundo nos asombra, placentera. Vive él en un tiempo sin tiempo ni medida, en un presente que no añora ni espera, entregado al aquí y al ahora. El indígena supo aprender a vivir de esa manera, la que hemos olvidado. Claro, era más fácil estando inmerso en la Naturaleza, cuando se oía el hablar de las voces del bosque, el de las voces del río, el de la montaña. Es más difícil en el resonar vocinglero ciudad adentro, donde el agua está capturada, el fuego prohibido, el aire contaminado, la tierra cubierta de cemento. Donde no hay contacto con los elementos esenciales y todo es pasajero.

Todo esto, que es tan propio de América Latina, respira en la Comala de Rulfo, su pueblo simbólico. Él nos representa, al asomarse al campo en busca de un padre ausente, uno que nos entregó a la vida sin decirnos de dónde nos venía, ni quién era. Dejándonos, hasta ahora, en el desconcierto. Esa pregunta no es individual; no se trata de dónde vengo yo, sino de dónde venimos nosotros, la comunidad. Es la pregunta de una tribu, la nuestra, porque tribales hemos sido siempre. Mi historia no interesa. Es el nosotros el que puede salvarnos de la intrascendencia. La Modernidad nos capturó y nos sedujo, pero luego nos decepcionó. Queremos escoger otro camino, pero ya no podemos desandar lo andado. Ya no es factible, estamos aquí, en el veloz devenir del siglo 21. ¿Cómo ingresar a otro espacio tiempo? ¿Es posible, acaso?

Es posible. El espacio tiempo de la tribu africana que recoge los frutos del cacao, es muy otro del que comparten quienes comen la tableta de chocolate, al final, en la plaza de Bruselas. Aunque el año calendario sea el mismo.

Lo que nos deja entrever Rulfo es que tenemos la libertad de ir a Comala, o no ir. Buscar nuestro origen, o no hacerlo. Darle la espalda al origen, o ir en su búsqueda. Podemos vivir como queramos, y esta libertad es la que nos abre, justamente, la posibilidad de encontrar otra dimensión, una que sea más “real” –para nosotros– que la que nos dejó la Modernidad.

Podemos buscar Comala, donde las cosas sucedían como Rulfo las inventa: “Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”.

Un paraíso. Pero, como sabemos –así es el mundo– por las acciones humanas puede transformarse en un infierno. Somos libres. De reconstruir el Paraíso, a retazos, por recuerdos, o de no hacerlo; y, en vez, lanzar misiles que naveguen el aire y se dejen caer en los océanos, destruyendo –fuego no divino– esa vida que sobrevive en el oscuro fondo del mar, abismo líquido donde todo comenzó.

MIGUEL LABORDE es Director Cultural de la Fundación El Observatorio (Centro de Estudios Geopoéticos de Chile), director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

Comentarios

  • "Para comer bien en Inglaterra es recomendable desayunar tres veces", Francois Rabelais (1494 - 1553), humanista francés.
  • "La idea no es vivir para siempre, la idea es crear algo que sí lo haga", Andy Warhol (1928 - 1987).