El Chile que pudimos ser

14/07/17 — POR
Lo escogió Pedro de Valdivia como corazón del territorio, Pablo Neruda redescubrió el lugar desde el tren que conducía su padre, y Ricardo Larraín lo llevó al cine en «La Frontera» (1991), su primer largometraje. Ahí en el río Imperial, con epicentro en la ciudad de Carahue, la que era entonces navegable hasta el océano, pudo estar el centro de Chile.   Por Miguel Laborde

El Chile de Pedro de Valdivia llegaba hasta el Lago Ranco. Era un tremendo territorio, ya que cruzaba la cordillera y comprendía buena parte de la actual Argentina central. Pero el ojo geopolítico del conquistador vio que la nación necesitaría controlar el punto donde los océanos se encuentran; tener las llaves del estrecho de Magallanes.

Casi seis años insistió, obsesivo, hasta lograr que la Corona ampliara su gobernación hacia lo austral. Esta empresa suya es la que hoy nos permite ser patagónicos y antárticos, habitar un territorio que apunta y avanza hacia el Polo Sur.

Dio su vida por el proyecto. Como siempre se recuerda, el ambicioso plan significó dejar un puñado de familias aquí y otro allá, a veces a cientos de kilómetros, en una riesgosa dispersión que le fue fatal: ¿Por qué esa ansiedad de sur, de tanto sur?

El centro en el sur

Se enamoró de esos paisajes de árboles altos y venerables, de selvas frías e impenetrables, de ríos caudalosos, de sonoras cascadas, de la abundancia de agua y la fértil oscuridad de la tierra.

Todo paradisíaco para quien venía de Extremadura, justo la provincia española que cruzan los dos ríos mayores de la península ibérica, el Tajo y el Guadiana. Durante la Reconquista se llamó Extremadura a los territorios de frontera, los alejados; él nació en una y moriría en la otra, ya que Chile fue el nuevo extremo del mundo.

Soñó Valdivia con una gran ciudad junto al río Cautín, la joya que iluminaría el territorio, y la llamó Imperial, lo que es un signo de la escala con que soñó el territorio. Un río generoso en aguas en todo su curso, lo que permitiría navegar tierra adentro para alejarse de la costa expuesta a enemigos varios. Dejarla así, protegida y segura, pensó el militar.

Carahue se llamaba y se llama también ahora. Ya sabemos que la historia se interrumpió en el 1600, que las águilas bicéfalas que eran símbolo del emperador cayeron por tierra y los guerreros mapuche recuperaron las siete ciudades del sur, las principales de ese Chile sureño de Valdivia. Cambió el país entonces, surgió una frontera mucho más al norte, en la línea del Bío-Bío, situación que se mantuvo hasta la nueva conquista de la Araucanía, tras la Guerra del Pacífico, cuando ya terminaba el siglo XIX.

Pero nunca se olvidó su potencia.

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Del bosque al mar

El mundo occidental penetró en la Araucanía sobre los rieles del ferrocarril, a cargo de la empresa francesa en la que trabajó el padre de Neftalí Reyes, el poeta Pablo Neruda. Acompañando a su progenitor descubrió, y no olvidó jamás, ese paisaje que se extiende de Carahue a la costa, por las riberas del río Imperial.

¿Distingue algo a esa ciudad? Un museo ferroviario, un Parque de Máquinas, la mayor colección mundial de locomóviles, todo adecuado a su historia.

Será para el poeta el corazón de la selva fría, el epicentro emocional de su obra, el mundo de las lluvias interminables, los truenos y relámpagos, las nieblas matutinas flotando leves sobre las aguas hacia la costa. Realidad soñada y deseada por él cuando estaba lejos.

Era para él una frontera. Más allá el Toltén y el ambiente suave de los pacíficos huilliches, el de sus lagos, cuyas aguas no lograron llegar al mar, retenidas e inmóviles, contenido su curso.

El niño poeta avanza, por el contrario, por las riberas de aguas caudalosas. Va de Carahue hacia la costa y se deslumbra ante la inmensidad del océano, ante la respiración de lo infinito. Sus poemas nos llevan hasta ahí y nos dejan instalados, como él lo estuvo de niño, de cara a la eternidad. Hasta las playas de esa costa ahí, cerca de Puerto Saavedra, son interminables.

Es el lugar donde lo acotado dialoga con lo ilimitado, y lo humano con lo desconocido. Es el mundo que contempla al universo, y nuestros ojos lo contemplan en la poesía de Neruda.

Invitación a ser místico, y asomarse más allá, o ser pagano en el éxtasis de vivir acá. O, como él, cumplir los dos llamados sin renunciar a ninguno.

En esa geografìa que es puente y portal, de paso entre lo real y lo irreal, donde ante lo irreal no sirve la razón, la poesía parece ser la única respuesta.

Neruda murió en 1973.

La dictadura terminó en 1990. ¿Cómo se habla de un tiempo que tampoco pareció tener límites? Poética fue la opción del cineasta Ricardo Larraín para abordar ese tiempo. Sin discurso ni retórica, sin argumentos, su sensibilidad viaja al sur en busca de un punto donde el paisaje sea el que hable. Para reencontrar el Chile profundo en su película, que se llama, justamente, «La Frontera».

Una y otra vez en la historia, cuando la especie humana se pierde, o cuando renace de una guerra, vuelve sus ojos a la naturaleza.

Lo curioso es que como Valdivia y Neruda, Larraín escoja el mismo río Imperial y el mismo tramo: aguas abajo de Carahue, llegando a Nehuentúe. Son sólo 27 kilómetros pero ahí se concentra todo.

Siempre lo mismo, frontera entre mundos… Como si Larraín quisiera, para superar el desconcierto, volver al origen esencial y ahí preguntar al oráculo: ¿Qué nos sucedió? ¿Por qué?

Sólo cabe oír la música del fin del mundo, el oleaje poderoso que incluyó protagónico en su película, con ese maremoto de 1960 que destruyó especialmente a Puerto Saavedra, la ciudad así llamada por el militar Cornelio Saavedra, el que presentó a Manuel Montt un plan para ocupar más allá de La Frontera, entonces el Bío-Bío, y trasladarla más al sur. Fue rechazado, y también por José Joaquín Pérez. Hasta que vino la amenaza de Orélie Antoine, el francés “rey de la Araucanía y la Patagonia”, y Saavedra tuvo su hora; los regimientos avanzaron, a mover la frontera.

El maremoto tuvo un drama mayor en este territorio. La destrucción de Puerto Saavedra (¿La venganza del territorio? ¿El origen de un tiempo nuevo?), pero además el río dejó de ser navegable en esa parte.

Cautín se llamaba el río, antes de su sueño imperial, mundo fluvial de prodigioso curso alimentado de volcanes, de nieves de las alturas del Lonquimay, del Llaima y del Tolhuaca. Hasta de la cordillera de Nahuelbuta le llegan aguas, gracias al afluente Cholchol.

Va cruzando completa la Araucanía para ir a desembocar en el agitado mar exterior, el mismo que recordará Neruda al escribir sus «Primeros viajes»:

 

“Cuando salí a los mares fui infinito.

Era más joven yo que el mundo entero.

Y en la costa salía a recibirme

el extenso sabor del universo”.

 

¿No habríamos sido otros de haber estado la capital ahí en ese río? ¿No podremos ser otros, todavía, en un tiempo nuevo con nación mapuche integrada? ¿No debiera recomenzar ahí la historia, una vez más?

Comentarios

  • “Hoy se me cayó internet y tuve que pasar tiempo con mi familia... parece buena gente”, Anónimo.
  • “Un hombre hace lo que puede. Una mujer hace lo que el hombre no puede”, Isabel Allende (1942).