EL CONFORTABLE DEMONIO BURGUÉS

29/01/18 — POR

El premio especial del jurado de Cannes consagró la fama de Bergman y su éxito internacional de taquilla abrió las puertas a una etapa de madurez en la que el cineasta pudo realizar todo lo que le dio ganas de hacer por el resto de su carrera.

Por Vera-Meiggs

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«Un verano con Mónica»

 

El próximo centenario de Ingmar Bergman (Uppsala, 1918–Farö, 2007) puede ser un pretexto como cualquier otro para volver a asomarse al insondable pozo de su obra cinematográfica. Existe también la teatral, pero esa sólo permanece en la memoria de quienes la vieron en su oportunidad y que ya no se repetirá.

Como en todo pozo, hay algunas zonas luminosas y otras muy profundas. Todo indica que Bergman sigue saciando la sed de quienes anhelan un acercamiento sensible al alma humana. Las razones son tan amplias como las dimensiones de su universo imaginativo. El suyo es uno de esos mundos que giran alrededor del presente con rotación y traslación propias. Al menos así parece a primera vista.

Esto es debido a lo copiosa de su obra, a la pareja densidad que la cubre, a su homogeneidad formal y temática, que si bien dejan ver períodos claramente diferenciados, también cada uno parece estar antecediendo el siguiente, como una causa es seguida de su efecto. Existe, hasta el momento, la visión de un arco progresivo en sus películas, las que comienzan desde una exploración de las posibilidades del cine, a una brillante madurez en el manejo de su lenguaje, hasta llegar a una inevitable declinación aceptada con la lucidez inteligente de un venerable veterano.

Esta percepción comporta una actitud prudente frente al compacto panorama del castillo Bergman. Podrá tener puentes tendidos hacia el visitante y zonas públicas y privadas, pero los recónditos ángulos y húmedos subterráneos y calabozos pueden resultar todavía difíciles de comprender en el total de la construcción. Quizás sea ahí donde se afirma toda la estructura.

El propio Bergman sugirió tal posibilidad en su larga entrevista concedida en 2004 a la televisión sueca. Confesaba que prefería vivir solo y que incluso podía pasar muchos días sin hablar ni ver a nadie. Su residencia en la isla de Farö se hizo definitiva y la compañía de sus demonios, permanente. Incluso los dibujaba, como el corazón que habitualmente dibuja Nicanor Parra, otro solitario ilustre al borde del mar… ¿qué es el morir?

DEMONIOS DOMÉSTICOS

La primera parte de su obra la constituyen quince películas, que dirigió entre 1945 y 1955. La décimo sexta, «Sonrisas de una noche de verano», lo haría famoso y abriría otra etapa.

En este período inicial predomina un tono de neutralidad formal, en que la influencia del Neorrealismo italiano y del Realismo Poético francés se dejan ver con cierta frecuencia, algo que ocurría normalmente entre los cineastas de aquel entonces. Pero lejos de los atroces conflictos de Italia, los problemas escandinavos eran otros y los de Suecia también. A ellos se asomaba el joven talento del teatro sueco y guionista, armado de una determinación marcada, que se reflejaba en un carácter difícil que parecía no tener contrincantes en el medio.

Las quince películas de esta etapa aparentan estar ambientadas en un planeta en el que las injurias de la guerra parecen no haber llegado, pero en donde la sicología de los personajes ya está anunciando la neurosis de una sociedad satisfecha de sus logros y consciente de sus culpas. Una es la mayor: la aceptación sueca a la invasión nazi, que permitió a los alemanes destruir los países vecinos, especialmente a la hermana y combativa Noruega. No casualmente los protagonistas del período son jóvenes obligados por el entorno a ser o hacer lo que no desean. O desean lo que les es negado. Sin embargo, estos jóvenes no son inocentes y sus relaciones de complacencia con el entorno, al que terminan aceptando, anuncia a muchos de los atormentados seres que pueblan el planeta Bergman.

Ya en aquella época estas películas llamaron la atención de la crítica y no carecieron de público. Alguna tuvo exhibiciones internacionales de cierto prestigio y todo ello sentó las bases de un universo coherente hecho de personajes femeninos, de pesadillas, rostros y oscuras amenazas al mundo de los afectos. Pero todo esto está envuelto en vidas comunes de provincia, desarrolladas en interiores protegidos e incluso confortables. Eso es lo que había ganado con su neutralidad colaboradora durante la guerra. Pero no significa que no tuviera problemas sociales y económicos.

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«Fresas salvajes»

Los títulos hablan por sí solos. «Torturas» (1944) es su primer guión filmado, dirigido por Alf Sjöberg. «Crisis», del año siguiente, es su primera película, seguida por «Llueve sobre nuestro amor» (1946), «Música en la oscuridad» (1947), «Prisión» (1948) y «Sed» (1949). La obra más luminosa de este período será «Un verano con Mónica» (1952), historia de un amor adolescente de verano que trae un hijo no deseado y las domésticas consecuencias sobre unos afectos transitorios. La huida de la pareja en una lancha y sus intentos radicales por sobrevivir sin medios, causará gran impacto en la época, como también el desnudo de Harriet Andersson y la serena belleza del paisaje estivo. Los límites y las virtudes del cineasta están todos en esta película, aún apreciable por la perfecta adherencia de intérpretes y ambientaciones, que pasarán a ser el sello de Bergman en su etapa posterior. Le pesa un cierto esquematismo en el retrato del mundo social proletario y el sometimiento a un estricto realismo, exigencia canónica de aquellos años.

Buscando una liberación creativa, Bergman se aventura en un terreno más alegórico y expresionista con «La noche de los forasteros» (1953), ambientada en un circo y que no obtiene ningún éxito, ni de crítica ni de público. La prudencia necesaria lo lleva de vuelta a los sólidos muros burgueses que mejor conoce y donde sus demonios pueden adquirir buenas maneras y vestirse mejor.

DEMONIOS DE VERANO

La fascinación que a menudo se observa por el período de verano en el cine sueco es ambivalente. No se trata simplemente de un período breve, luminoso, alegre y sensual, es también desvarío y vacío existencial, amenaza e incluso muerte.

«Juegos de verano» (1950) ya tiene embriones de esa atmósfera entre vital y ominosa. «Sonrisas de una noche de verano» (1955) la lleva al extremo, pero en un tono de comedia melancólica y en un envase formal que pareciera deudor de Mozart y de los dramaturgos Pierre de Beaumarchais, Arthur Schnitzler y, especialmente, William Shakespeare, ninguno de los cuales se menciona u homenajea en el filme. Una ronda de amores cambiados en una Belle Époque que contribuye al refinamiento decorativo y cuya parte principal se desarrolla en una casa de campo en la que convergen los amantes. La perfección del reparto y de la ambientación no ahoga la inteligencia del guión ni la incisiva cámara que se ubica en la posición justa para desentrañar las ambigüedades de las conductas de los personajes, siempre deudores del contexto en que se mueven. Significativo es que los primeros planos, marca de fábrica de Bergman, son aquí muy escasos. Y es que lo principal sucede siempre en relación con el juego social y menos con la interioridad espiritual, como sí ocurrirá más adelante.

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«El séptimo sello»

El Premio Especial del Jurado en Cannes consagró la fama de Bergman y su éxito internacional de taquilla abrió las puertas a una etapa de madurez en la que el cineasta pudo realizar todo lo que le dio ganas de hacer por el resto de su carrera.

«El séptimo sello» (1956) y «Fresas salvajes» (1957) confirmarían las promesas y hacia el final de los cincuenta su nombre ya estaba ubicado entre los grandes cineastas del mundo. Ambas son también películas estivas, especialmente la segunda, en la que Isak, el anciano protagonista, observa desde el rincón de las fresas los antiguos veranos en que su vida adquirió el torcido rumbo emocional en que se encuentra. El pasado aflora como pocas veces antes lo expresara el cine. La estrategia narrativa de ubicar al protagonista como narrador libra a Bergman de su obediencia realista y lo empuja sin ambages por el derrotero de la subjetividad, que le resulta más afín a su temperamento.

Por ahí sus demonios se volverán expansivos y universales.

(CONTINUARÁ…)

Comentarios

  • "El cine tiene que producir sosiego", Azorín (1873- 1967), escritor español.
  • “Técnicamente no soy muy bueno, pero puedo hacer aullar y mover una guitarra”, John Lennon (1940 -1980).