El Mal Amor

04/09/17 — POR

Dostoievski tenía razón. «Anna Karénina» (1877) no es un libro inofensivo. Está lleno de dudas, sospechas, temores. Inspira y violenta. Como en toda gran obra maestra –y esta es una de las novelas cumbre del Naturalismo europeo–, los personajes de León Tolstói se debaten entre la vida y la muerte, el tedio y la pasión y, específicamente para el fin de estas líneas, entre el amor y el odio.

Por Jessica Atal K.

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Ilustración: Rodrigo Díaz.

Es muy fina la línea que separa el odio del amor. Estas emociones se dan, por lo general, en una dimensión brumosa y alterada. Se entiende como el resultado del desorden de los sentidos. Un desorden de la Naturaleza. Cuando los “demonios” entran en juego, lo que parecía ser un objeto de amor intachable y venerado se transforma en algo repulsivo y odioso. Hay personajes que son capaces de lidiar con estos demonios, expulsarlos y así todo vuelve al curso programado. Hay otros, como Anna Karénina, que los acogen y les dan fuerza hasta que cubren y amenazan los más diversos aspectos de la existencia. La vida demoníaca de un ser enamorado es como la superficie de una solfatara, dice Roland Barthes, donde grandes burbujas estallan una tras otra. Estas burbujas se traducen en desesperación, celos, deseo, la incertidumbre de la conducta, la exclusión y, la más mala de todas, “the fear of losing face”, que viene a ser el miedo a perder el respeto de los otros. León Tolstói (1828-1910) sabe perfectamente quiénes entre sus personajes son presas fáciles de estos males de amor.

Hay pocas heroínas tan atractivas como Anna Karénina, y tan peligrosamente vulnerables. Ella vive el drama existencial con una intensidad y honestidad difíciles de igualar. La introduce Tolstói en todo su esplendor femenino. De extraordinaria belleza, destaca entre todas las mujeres. Joven, alegre, buena madre y esposa, es socialmente encantadora, pero gozadora de los placeres que otorga la vida (uno de los objetivos de la sociedad pragmática y moderna de la época era que todas las cosas se convirtieran en placer…). En el momento en que Anna se enamora del conde Vronski (un hombre que no es su marido, rico, apuesto y ajeno a los compromisos), su vida espléndida y perfecta comienza a desmoronarse, sin posibilidad de volver atrás. Básicamente, porque Anna es una mujer que posee un carácter emocional, extremo, apasionado, que no conoce más alternativa que jugarse la vida por lo que ama. Y eso es lo que ocurre. Se entrega por completo a un amor que no hará más que conducirla al precipicio. ¿Por qué? Tolstói lo dice desde el comienzo. Su encanto deja ver “algo terrible y cruel”. En la primera parte de la novela, cuando Anna y Vronski se conocen en la estación de trenes, ocurre algo macabro: un hombre cae a los rieles y es aplastado por el tren. Este fatal accidente es interpretado por Anna como un mal presagio. De más está decir que la escena pone la primera nota de suspenso en la trama. Nos advierte de un desenlace posiblemente desgraciado. Luego, cuando Anna vuelve a ver a Vronski en la casa de su hermano Stiva, la sacude un extraño sentimiento, mezclade temor y alegría. Ella intuye un amor malo y doloroso. Pero, ¿cómo puede ser malo el amor? La felicidad no es una emoción pura. Va acompañada de una obscura y extraña sensación que provoca temor. Ella sabe que se está internando en un territorio peligroso cuando da paso libre a sus emociones. Y, ¿acaso tiene alternativa?

Es necesario observar que Tolstói contrapone dos tipos de amor. Esta comparación no tiene un fin estético, sino profundamente ético: refleja la moral imperante en la sociedad rusa de fines del siglo diecinueve. Hay un amor bueno y uno malo, así como hay mujeres buenas y malas. Lievin, el personaje que encarna el amor bueno y es el alter ego de Tolstói, afirma: “Las mujeres se dividen en dos clases (…) Nunca he visto mujeres caídas que tengan atractivo (…) son para mí como la peste; todas las mujeres caídas son iguales”. Lievin, si bien siempre se cuestiona el sentido de la vida, es un hombre íntegro y sin tacha, devotamente enamorado de Kitty, la princesa que termina siendo su esposa. Él tiene una evolución espiritual que lo lleva a la aceptación de la fe religiosa como único camino de vida posible. Otra similitud con la vida de Tolstói.

EL ESTADO DE INCONSCIENCIA

El amor bueno, entonces, es el que se mantiene apegado a las rígidas normas sociales y a la fe. El segundo, volcado a las pasiones, incapaz de no sucumbir a los encantos del placer físico, es el camino del pecado y de la culpa, de la perdición y la desgracia. Lo más siniestro es que el vivir de acuerdo a las “bajas” pasiones es implacablemente condenado en el caso de las mujeres. En cambio, los hombres infieles no pierden los privilegios que les otorga la sociedad. Siguen siendo aceptados y respetados. Es el caso de Oblonski, el hermano de Anna, casado con Dolli, quien representa a la mujer buena, abnegada y mártir. Sincero consigo mismo, Oblonski no se arrepiente de engañar a su esposa, pero sí lamenta no haber sabido ocultarle mejor su infidelidad. Vronski, por su parte, una vez que vive con Anna sin estar casados, hace la vida social acostumbrada. Le siguen incluso presentando mujeres. Pero a Anna la juzgan como mala mujer, y sus amistades y la sociedad le cierran las puertas. Habría que preguntarse si las cosas ya han cambiado en estos días o si «Anna Karénina» es una obra clásica porque refleja justamente lo más íntimo y perverso del espíritu y de la mentalidad de la sociedad occidental.

A esta caída la sigue una más brutal. El amor que Anna persigue y por el que deja todo, incluso a su hijo, no la corresponderá como quiere. Vronski es incapaz de entregarse al amor como Anna. Es un hombre terrenal, superficial y egoísta y Anna intuye que en el fondo de ese amor hay algo desgarrado, vergonzoso y doloroso. Por eso, la condena más aguda es la que ella misma se inflige. Apenas conoce a Vronski, duda de sí y teme “entregarse a aquel estado de inconsciencia. Pero algo la arrastra a él, a pesar de que podía entregarse o no según su voluntad”. No creo, como dice Tolstói, que ella sea capaz de dominar su voluntad. Su carácter obsesivo compulsivo, en palabras del análisis psicológico, no se lo permite. Al descubrir que Vronski viaja en el mismo vagón que ella, su alegría es incontenible. Y, “aunque su razón lo temiera”, sucumbe al encanto del hombre que la asusta, pero que también la hace inmensamente feliz. Por otra parte, al volver a ver a Karenin, su marido, la invade una sensación desagradable: le repugna, incluso, la forma de sus orejas. Pero lo más sorprendente es el descontento que siente de sí misma. Es una sensación familiar, semejante a la hipocresía. Antes no se daba cuenta de ello, pero al abrir su corazón al amor verdadero, lo reconoce clara y dolorosamente. Vronski, en cambio, no vislumbra el peligro. Se siente como un “rey”, no por creer haber impresionado a Anna, sino porque la impresión que ella le produjo lo llena de orgullo y felicidad. El único objeto de su vida es por ahora verla y oírla, estar cerca, más aún cuando se da cuenta que Anna no ama ni puede amar a su marido. Sin embargo, Karénina debe forzosamente descender a su realidad para seguir adelante con su familia. Así, vive la culpa de su amor con macabra intensidad. Detrás está la severa conciencia moral de Tolstói, quien, luego de aferrarse a la religión en el período que coincide con el término de la escritura de la novela, es incapaz de admitir su naturaleza animal. Con ese rigor con que se trata a sí mismo, Tolstói trata a sus personajes. Lievin y Kitty evolucionan hacia la felicidad y la perfección, porque su amor va más allá de lo carnal. Vronski y Anna, en cambio, bordean constantemente la desdicha y la muerte. Vronski intenta suicidarse después de que Anna casi muere al dar a luz a su hija. Más adelante, ante la desesperación y como acto de venganza y castigo hacia el amado, Anna se arroja al paso del tren. Los caracteres que aparentemente viven para satisfacer sus impulsos, merecen ser castigados. La muerte, en este sentido, no sólo alcanza el cuerpo físico sino también el espíritu. Presenciamos el desgarramiento del alma. El monólogo interior que se desarrolla en los capítulos finales refleja lo turbada que está la mente de Anna. El amor termina siendo algo feo, malo y degradante. Y sus últimos pensamientos vuelven una y otra vez sobre la idea de que el odio es lo único que verdaderamente une a los hombres en la tierra.

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«ANNA KARÉNINA» León Tolstói Penguin Clásicos. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá, 2016. 1038 páginas.

Comentarios

  • “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”, Antoni Gaudí (1852 - 1926)
  • "¿Somos humanos porque miramos las estrellas, o miramos las estrellas porque somos humanos?", Neil Gaiman (1960), autor inglés de historietas.