EL NEO CARNICERO O LOS PECADOS DE LA CARNE

11/09/17 — POR

En el arte, el poder seductor de lo cárnico se hizo presente con fuerza en el Barroco. Mesas tendidas de la pintura holandesa. Animales de presa, abatidos recién, exhiben sus cuerpos lánguidos y aún tibios.

Por César Gabler

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A Pieter Aertsen le pertenece esta carnicería flamenca, si se observa el fondo con atención puede descubrirse una representación de la huida a Egipto. Dos por uno barroco.

Recuerdo un viejo cura de una iglesia a la que nos llevaba mi madre. Las alocuciones del prelado eran casi siempre coloridas descripciones del pecado, nutridas con una verba tan arcaica como sus fieles. La “concupiscencia” y los “pecados de la carne” eran sus objetivos favoritos. Concupiscencia lo hacía salivar y salpicar a la primera fila. “Pecados de la carne” lo reservaba para ocasiones especiales y se cuidaba de modular lenta y rítmicamente cada sílaba, aquello sonaba como una orgía mortal de sustantivos adjetivados. Por entonces sólo podía imaginar, muy difícilmente, de qué hablaba el párroco, pero aún así, los “pecados carnales” se me grabaron, como una combinación absurda de sexo y asado. Quizás ni tanto.

La carne es hoy un pecado. Comerla, a juicio de vegetarianos y veganos, parece impresentable. Para los animalistas militantes, un pecado social que a punta de pancartas, manifiestos y expresiones artísticas quieren purgar. «Meat is Murder» (Carne es Asesinato) como alegaba Morrissey ya en los 80 en uno de sus álbumes emblemáticos.

Hasta aquí divago, a lo mío. La carne es una imagen, una muy potente. Veganos o no, no nos podemos negar a su poder visual: vida y muerte se resumen en aquellos trozos enormes, a veces colgados de las carnicerías. Superficies rojas y tersas de filetes. Fibras e hilos, colores blanquecinos del nervio y de la grasa. En la pintura, el poder seductor de lo cárnico se hizo presente con fuerza en el Barroco. Mesas tendidas del arte holandés. Animales de presa, abatidos recién con la eficacia de la munición, exhiben sus cuerpos lánguidos y aún tibios a la mirada de un pintor que los presenta como el triunfo sobre la Naturaleza y el anticipo de un festín que se anima generoso y regado. Ahí están junto a los cuerpos las jarras de vidrio para testimoniarlo.

Carne y vino, como en una misa dedicada a celebrar el derroche burgués de la vida y no la Resurrección. Esa imagen de la carne, cubierta de pelaje lustroso, retrata una visión quizás amable del comer animales, aunque en otras obras no es inusual verlos desollados e igualmente brillantes, convencidos el pintor y su público de que nadie se ahuyenta con la muerte de conejos y ciervos, al contrario, el oficio pictórico está puesto al servicio de las vesículas biliares de unos espectadores-comensales que de seguro veían entusiastas las piezas de caza retratadas por Frans Snyders o Samuel van Hoogstraten. El primero, uno de los ayudantes favoritos de Peter Paul Rubens, que hizo de la carne, humana y rozagante eso sí, su tema favorito.

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El pintor argentino Carlos Alonso retrató carniceros.

CARNICEROS Y TORTURADORES

Sobre la carne pesa hoy la sospecha. Los animales sufren. Lo que nunca quisimos ver aparece en la forma de documentales y memes, forzando nuestro consumo al nivel de la ética. Medio en serio, medio en broma, tomamos posición mientras cortamos un trozo de huachalomo o le hincamos el diente a un choripán. La carne entonces podría confinarse a un espacio discreto, como si su consumo público fuera ya parte de un ritual ofensivo… pero, de pronto, surge lo imprevisto. El carnicero se vuelve cool, porque los que crecimos en los 70 pudimos presenciar su evolución estética. Los de entonces eran unos señores de delantal blanco ensangrentado y cuchillos de hojas filudas y gastadas. Mandiles de goma, botas y gorras de género anudadas en la nuca. Rápidos con unas herramientas que empu- ñaban como armas en un combate desigual contra la grasa que decoraba los cortes que vendían en la carnicería del barrio, antes de las cadenas cárneas y los supermercados. Son esos carniceros los que retrató el argentino Carlos Alonso (Mendoza, 1929). Sus obras, en dibujo o pintura, convirtieron a estos personajes en metáforas siniestras de la historia argentina. Su oficio se antoja cercano al de los torturadores y, como éstos, parecen compartir un trato indiferente con la muerte y con la carne. Alonso no disimula esas coincidencias, al contrario, en algunas obras los carniceros desfilan junto a militares y poderosos de traje. El argentino siguió punto por punto las lecciones que expresionistas y artistas de la Nueva Objetividad desarrollaron en la Alemania de la década del veinte. El carnicero ensangrentado fue por años la imagen predilecta de aquellos artistas que querían encarnar (buen verbo) la brutalidad. John Heartfield, George Grosz u Otto Dix se valieron de los matarifes para representar el armamentismo y la violencia latente en la República de Weimar. Heartfield puso la cabeza de Hermann Goering en el cuerpo de un especialista del corte. Su figura resulta temible y grotesca, como si lidiar con los animales muertos convirtiera al carnicero en un verdugo serial, un psicópata cruel y despiadado, eso es lo que se desprende de todas las imágenes que recuerdo de los carniceros.

Los del súper, en cambio, habitan el reino de la muerte sublimada. La refrigeración mantiene a raya los olores y el sangramiento está controlado. Venden y cortan unos comestibles neutros a prueba de niños sensibles. Pero ni uno ni otro son cool. El carnicero clásico es casi un Neanderthal con mameluco; el del supermercado, como aparece en las guías de compra, es un empleado de cuello y corbata que cambió calculadora y computador por cuchillos y sierras.

El neo carnicero nada les debe a estos antecedentes. Se trata de un fenómeno ligado a la cultura hípster y que ha puesto de moda, también, a barberos y a cantineros. Su origen se hunde en el cine y el ABC1 más viajado. Si en los 90 la nueva conquista laboral de los jóvenes cuicos y alternativos fue el circo (gracias al du Soleil), hoy la rompen la cocina y, más recientemente, la carne. Obligatorio para el neo-carnicero son barba y corte hípster, camisa a cuadros, pantalones pitillo, botines. Opcionales: anteojos de montura gruesa y tatuajes. Ojalá luzcan ambos, los anteojos intelectualizan el conjunto y los dibujitos en la piel dan ese aura de rudeza portuaria tan old fashioned.

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Una publicidad para «Okja» jugando con los ya clásicos mapas de corte carneo.

SÚPER MILLENNIAL

El neo-carnicero parece un sofisticado matarife del siglo XIX. Inspirado quizás en el personaje de Daniel Day Lewis («Pandillas de Nueva York»), el neo-carnicero ha fundado un nuevo contrato con el animal muerto. Lo suyo es dar un trato digno al cadáver de la vaca, del cerdito o del carnero. Ya no atiende una carnicería maloliente, ni administra una aburrida sección del supermercado, lo suyo parece casi una boutique de la carne. Todo es limpio, orgánico y buena onda. En pizarras se anuncia que llegó un delicioso osobuco o un chancho alimentado sólo con repollitos de Bruselas. Súper millennial. Nada que ver con esos documentales mala leche donde hombres de uniforme impoluto y cara de listón faenan con motosierras y hojas de guillotina unas reses que habrían soñado Rembrandt o Chaim Soutine. “Noooooo, qué horrible”, grita el neo carnicero. Un animal no merece una muerte industrial, al contrario, de seguro añora el trato personal y hasta cariñoso de un hípster de la carne, porque el neo-carnicero es un artesano. Qué digo, un artista. Sus herramientas son antigüedades redivivas que lleva al cinto, como un gaucho pampeano. Cuchillos fabricados en Escandinavia según viejos modelos o reinterpretaciones contemporáneas de aquellos que empuñó “Buffalo Bill” Cody. Un instrumental de lujo listo para emprender esa lucha física, esa faena de escultor, en que carne inerme y amorfa se troca en corte perfecto.

Por eso hieren quizás –o irritan– las imágenes de los contrarios. Ahí está porfiando hace décadas Sue Coe (1951). Artista e ilustradora, defiende con sus mejores armas, lápices y pinceles, la dignidad de los animales. Sus imágenes pintan sin concesiones un mundo de abusos animales y muertes de ganado, gobernados con la misma crueldad que un campo de exterminio. Coe perfila con claridad a sus enemigos. Tal como el cineasta surcoreano Bong Joon-ho en «Okja». Aquí los malos aparecen pintados con los colores y formas aguzadas propios del Expresionismo alemán. Coe bebe en ese abrevadero y la suya parece una saga moral en la que la ira humanitaria de los antiguos expresionistas, desde Francisco de Goya a Kathe Kollwitz, se traslada a los animales. Si Goya se indignaba frente a la iniquidad cometida contra un grupo de fusilados, Coe lo hace contra la industria de la carne, presentada como una poderosa y oscura máquina de exterminio, insisto, tal como aparece en las secuencias finales y oscuras de «Okja». Quizás sea el anticipo de una ética que está a la vuelta de la esquina y que ya tiene a su favor leyes y argumentos filosóficos. Unos animales tan dignos como nosotros, cuyos derechos –un grupo de adelantados– se ha encargado de proteger. Un mundo, antes impensado, parece asomarse. Quizás en el futuro, con nuestras mascotas sentadas a la mesa compartiremos nuestros vegetales mientras recordamos, tristes, las sórdidas historias de una humanidad que se alimentaba de la carne de sus iguales…

 

 

Comentarios

  • “No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo”, José Mourinho (1963), entrenador portugués de fútbol.
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.