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El toque de locura de Ludmila Pagliero

13/07/17 — POR
La argentina, Bailarina Estrella de la Ópera de París y recientemente premiada con el Benois de la Dance, ha vivido una carrera fulminante, marcada por su talento y arrojo. Sin embargo, la dulzura define su danza.   Por Marietta Santi

Nació en Buenos Aires en 1983, es menuda, de ojos grandes, y por sus venas fluye sangre italiana, checa y española. Desde 2012 es Étoile (estrella) del Ballet de la Ópera Nacional de París, compañía donde, además, es la única integrante proveniente de este lado del mundo. La crítica alaba en ella, además de su precisión técnica, la suavidad de sus movimientos y su capacidad de verse como si flotara, características ideales para el repertorio romántico.

Arrojada desde siempre, cuando era una jovencita de 16 años, Ludmila Pagliero se incorporó al Ballet de Santiago, donde fue promovida a solista a los 17. En agosto regresa a Chile para protagonizar «La Sylphide», invitada por el Teatro del Lago.

Su meteórica carrera está marcada por episodios de valentía, provocados por una fuerza que ella llama “mi pequeño toque de locura”. Y también por mucho trabajo, ya que entró a la escuela del Teatro Colón de Buenos Aires a los 10 años, luego de dejar la gimnasia rítmica. “Todo fue muy rápido, me preparé tres meses y quedé. Luego me encontré con clases todos los días, teniendo que reforzarme con cursos particulares. Mi mamá preguntaba con quién podía estudiar. Tenía retraso respecto a las otras chicas por lo que el primer año trabajé un montón”, recuerda.

La reconocida Olga Ferri fue su maestra particular y quien la ayudó a sortear las preguntas propias de la adolescencia: “En esa etapa a veces me levantaba y quería dejar todo. No por el esfuerzo de la danza, sino por ver otra cosa y por temer que quizás no podría encontrar mi lugar”.

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–¿Sentiste mucha competencia?

“Recuerdo el primer examen que tuvimos en el Colón: ya se sentía la competencia entre las madres y las niñas. Éramos 300 chicas y debían quedar 15. Una es chiquita y no está acostumbrada a eso. Esas son las cosas que nunca me gustaron y las que en su momento fueron estresantes para mí. A los 15 años las chicas decidían partir a estudiar a Europa o a Estados Unidos, y nosotros no teníamos los medios. Yo pensaba que debía hacer algo. Hasta que Ricardo Bustamante me llamó del Ballet de Santiago. Acepté, y a la semana estaba empezando mi carrera con 16 años”.

–¿Cómo te fue en Chile?

“Bien, no sé si fue suerte, pero uno trabaja para crear esos momentos. Aprendí mucho.Ricardo me dio muchas oportunidades, llegué a una compañía con grandes artistas, como Marcela Goicoechea, Natalia Berríos y Luis Ortigoza. Irme fogueando en esa compañía fue una oportunidad muy grande”.

–¿Cuál es la enseñanza de esta etapa que te acompaña hasta hoy?

“Creo que la experiencia de formar parte del cuerpo de baile fue muy importante. El estar juntos en el espectáculo, esa energía que hay, te enseña cómo presentarte en el escenario con elegancia y cómo exigirse uno mismo frente al grupo. Esas primeras experiencias permitieron darme cuenta que formar parte del cuerpo de baile es tan importante, sabés, como un rol de protagonista. Estar al final de una línea tiene el mismo valor en el resultado artístico”.

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UN FUTURO ABIERTO

Cuando Bustamante dejó el Ballet de Santiago, Ludmila viajó a Estados Unidos a participar en la New York International Ballet Competition. Luego de un mes de preparación, ganó la Medalla de Plata y el premio Igor Youskevitch, que significaba contrato por un año en el American Ballet Theatre. Pero su inquietud vital fue mayor, y partió a concursar por un lugar en la Ópera Nacional de París: “Soy una persona muy curiosa, es algo mío que no ha cambiado. Mi motivación fue ver qué estaba pasando en el mundo y la única manera era viajar. Por eso decidí partir”.

En París, la bailarina ensayó la variación del concurso en la calle, ya que era feriado cuando llegó y no había estudios abiertos. No quedó en el momento, pero tres semanas más tarde la llamaron. Necesitaban gente como ella.

–Ese episodio es increíble.

“Se deben explotar esos pequeños gramos de locura que cada ser humano tiene, dejarlos salir, no sentir miedo. Recuerdo que corrí por París buscando un estudio, aprendiendo la variación en la calle, tratando de entender cómo se hacía en la Ópera. Y lo hice lo mejor que podía, pasándolo bien para que fuera un recuerdo inolvidable. Y fue así. No podía quejarme, tenía las puertas de Chile y Estados Unidos abiertas y fui a golpear más”.

En 2012, Ludmila puso de nuevo a prueba su arrojo. Dos horas antes de una función de «La Bayadera» le pidieron reemplazar a la protagonista. “Mi pequeño grado de locura una vez más. Me he dicho ‘esto es una locura, pero no lo pensés’. Cuando acepté, ya está, ‘para qué vas a pensar si es una buena o mala idea, sólo hacélo’. Recuerdo a Olga Ferri, quien nos decía que había que estar siempre con las zapatillas puestas, peinadas y listas para saltar al escenario. Hay tanta adrenalina que hace que tu confianza esté en un 200 por ciento. Al otro día dudás de todo, pero en el momento sacás las garras”.

Al final de esa función fue ascendida a Bailarina Estrella y su día a día cambió drásticamente: “El cuerpo de baile trabaja hasta las 19 horas; siendo étoile uno ensaya más corto, pero más intenso. Lo otro es que si eres solista puede ser que estés haciendo dos o más ballets en forma simultánea. Eso hace que la intensidad y la exigencia aumenten”.

–¿Has sentido la soledad?

“Sí, uno trabaja mucho más sola, tiene menos relación con el cuerpo de baile y su energía. Lo que es muy agradable para mí es el tiempo con mi maestro de baile, he tenido la suerte de trabajar con gente genial. Esos momentos en el estudio en que estás sola trabajando un personaje con tu maestro o repositor, son muy íntimos, de pura transmisión de amor, de dar y de recibir”.

–Hoy, ¿qué lugar ocupan la técnica y la interpretación en tu desempeño?

“Creo que lo que va pasando con el tiempo es que la interpretación va ganando un peso mayor. El cuerpo no permite hacer las mismas cosas que uno hacía a los 20 años, porque hay un gran desgaste físico en más de 150 funciones al año, con diferentes estilos. Por ello se debe tener mucho cuidado en el trabajo y tratar de irse adaptando. La técnica ya está, más la experiencia, y uno puede focalizarse en la parte más agradable, que es profundizar, encontrar nuevas miradas y nuevos matices en un personaje”.

–¿Cuál es el personaje que más te gusta?

“Tatiana, en «Onegin», de John Cranko, ha sido uno de los más fuertes. Es una de las obras que te hacen pasar por muchos estados emocionales, desde lo íntimo a lo explosivo. Es como una montaña rusa, vas subiendo y de repente te caés, es mucha emoción”.

–En Chile bailarás «La Sylphide», ¿cuál es tu acercamiento?

“La he bailado varias veces, he podido trabajar con Ghislaine Thesmar, que es la Sylphide por excelencia. El personaje tiene muchas facetas. Todo empieza como un juego y llega a la tragedia al final de la obra”.

–¿Qué tipo de bailarina eres?

“Qué difícil decirlo… soy una bailarina muy liviana, muy suave, tengo una dulzura en mis movimientos y un temperamento un poco latino. La gente me habla siempre de eso. Y soy una persona con temperamento y coraje, pero no me gusta el conflicto sino la dulzura, sin esa parte dura y fuerte. Me alcanza conmigo misma”.

–¿Qué expectativas tienes de tu carrera para más adelante?

“De a poco empiezan a aparecer obras que me gustaría hacer y personas con las que me gustaría trabajar. De a poco mi paleta se ha ido abriendo a nuevos coreógrafos y a la danza contemporánea y moderna. He tenido la oportunidad de hacer cosas con Pina Bausch, Sasha Waltz, Jiri Kylian, Crystal Pite y, hace poco, con William Forsythe. También me atrae la dirección de una compañía o de la programación de un teatro. Eso es lo que puedo ver desde acá, hoy”.

Comentarios

  • “La felicidad anida más en la nobleza de un bosque que en el lujo sin verde”, Carlos Thays (1849 - 1934), paisajista argentino.
  • “Hay dos tipos de música: buena y mala. Me gustan ambas”, Duke Ellington (1899-1974).