ENTENDER EL MUNDO EN MOVIMIENTO

29/12/17 — POR

Robert Frank, William Eggleston y Antoine D’Agata han incursionado en el cine como extensión de sus inquietudes fotográficas. Tres casos de exitosos cambios de cámara.

Por Andrés Nazarala R.

El cine comenzó con «La llegada del tren a la estación». Fue lo que los hermanos Lumière escogieron para demostrar su invento el 28 de diciembre de 1895 en el café del Boulevard des Capucines, de París. Un tren de luces, inmaterial, fantasmal, proyectado mágicamente sobre un telón. Según el mito, los asistentes se pararon de sus sillas y corrieron desesperadamente para escapar de la amenaza. Se supone que estaban aún aterrados por una tragedia ocurrida dos meses antes en Montparnasse, cuando un ferrocarril se descarriló a 60 kilómetros por hora. Pero hay una razón para desconfiar de la leyenda: en la filmación el tren no colisiona directamente contra la cámara por razones obvias. Los Lumière jugaron con la perspectiva y situaron milagrosamente a los espectadores a un costado de la vía, recreando, desde esa proyección espectral, una actividad tan cotidiana para los parisinos como era esperar al más clásico de los medios de transporte.

La fotografía cobraba movimiento, se transformaba en brujería, pero lo estático no desaparecería ante la irrupción del nuevo invento. Registrar un instante o un gesto preciso adquirió ribetes de hazaña poética contra la movilidad del tiempo. El cine se aprovechó de la fotografía pero circuló por un carril paralelo. Y es que no es tan fácil encontrar artistas que desarrollen ambas disciplinas. Aquí nos enfocamos caprichosamente en tres.

Es curioso que un inmigrante suizo sea el gran cronista de la América de post-guerra. Robert Frank (1924) se instaló en Estados Unidos en 1947, cuando tenía 23 años, y vio cómo el Sueño Americano se derrumbaba ante sus ojos. En 1955 recorrió el país de costa a costa, capturando la soledad y el lado B de una supuesta tierra de prosperidades. En blanco y negro, y con agudeza para registrar los gestos de una nación alicaída, tomó alrededor de 28 mil fotos. Escogió 83 para «The Americans», un libro fundamental dentro de la fotografía contemporánea.

No es de extrañar que poco tiempo después su camino se cruzara con el del escritor Jack Kerouac, otro agudo retratista de esa geografía inhóspita. Juntos, más el artista y cineasta Alfred Leslie, concibieron «Pull my Daisy» (1959), el gran salto de Frank al cine. La cinta funciona como una declaración de principios de la cosmovisión beatnik. Hay jazz, bohemia, humor, opiniones sobre el mundo y personajes como Allen Ginsberg, Peter Orlovsky y Gregory Corso.

Con la voz en off de Jack Kerouac, quien comenta los incidentes con ironía, el cortometraje se centra en una particular cena en el departamento de una mujer. El invitado de honor es el obispo, pero entre los invitados están los escritores beat para espantarlo con conversaciones sobre religión y comportamientos inadecuados. Frank se concentra en rostros, manos, detalles, banderas de Estados Unidos y compone un documento visual entrañable. Durante mucho tiempo «Pull my Daisy» fue catalogada como una obra improvisada, debido en parte al método fotográfico de Frank, pero luego se supo que fue filmada en un estudio con planos meticulosamente diseñados.

El fotógrafo siguió experimentando con la cámara de cine, realizando filmaciones y cortometrajes, hasta que en 1969 dirigió «Me and my brother», obra maestra ignorada que aborda el artificio cinematográfico a partir de un documental fallido: el seguimiento a Julius, hermano esquizofrénico del poeta Peter Orlvosky, quien lo busca luego de abandonar el manicomio. En medio del rodaje, el retratado desertó y Frank tuvo que contratar al actor para interpretarlo, instalando un juego que contrasta realidad con montaje. Formalmente la película es también un grito de libertad, un collage que propone un choque de estilos y formatos.

El próximo gran desafío cinematográfico de Frank fue seguir por encargo una gira de los Rolling Stones. Lo hizo sin filtros, filmando orgías en aviones, sesiones de maquillajes y consumo de drogas en hoteles. La banda tuvo que demandarlo para que «Cocksucker blues» (1972) no viera la luz, pero en esos años no sospechaban que se filtraría gracias a algo llamado internet.

En 1987, junto a Rudy Wurlitzer, Frank realizó «Candy mountain», película centrada en un roquero que debe encontrar a un legendario fabricante de guitarras que podría llevarlo a la fama. Una obra libre e improvisada que reunió a músicos de la talla de Joe Strummer, Arto Lindsay, Tom Waits (interpreta a un millonario que juega al golf ), David Johansen y Dr. John.

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Libro «Mala Noche» (1991- 1997), Antoine D’Agata.

 

«It’s real» (1990), en tanto, comisionada por la televisión francesa, es un paseo en tiempo real –una hora sin cortes– por el Lower East Side neoyorquino junto a amigos como Peter Orlovsky, Bill Rice y el fascinante Taylor Mead, legendario actor fetiche de cineastas subterráneos como Andy Warhol y Ron Rice (Susan Sontag dijo de él: “La fuente de su arte es la más profunda y pura de todas: él simplemente se entrega, por completo y sin reservas, a una fantasía bizarra y autista. No hay nada más atractivo que eso en una persona, pero es muy poco frecuente después de los 4 años”).

Frank ha hecho mucho más: experimentos, cortos, documentales para la televisión y videoclips para New Order o Patti Smith. Como fotógrafo, pasó de trabajar en revistas como «Harper’s Bazaar» a salir a la calle con su cámara, y en cine ha tenido un trayecto similar. En «Pull my Daisy» adoptó las convenciones técnicas para romperlas rápidamente y concebir un cine de bajo presupuesto que acoge el error, el ruido, el ensayo, la duda. Frank llevó el amateurismo a otros territorios. Como dice su colaboradora Laura Israel: “Su proceso consiste en entender algo sobre ti mismo y el mundo a través de la duda, cometiendo errores”. No exageramos al decir que Frank es el verdadero padre del cine independiente.

WILLIAM EGGLESTON: EL VIDEO CASERO DEMENTE

Fuertemente influenciado por Robert Frank, William Eggleston (1939) comenzó a explorar la fotografía en blanco y negro, pero en 1965 cambió a color. Con una mirada aguda y nostálgica, se ha dedicado a rescatar la belleza de lo mundano. Si Frank opta por los rostros y los gestos, Eggleston se obsesiona con objetos: latas de bebida, máquinas abandonadas, mesas de restaurantes de paso, autos, supermercados, estaciones de servicio vacías. Su trabajo podría ser el co-relato del desolado Estados Unidos de Edward Hopper.

No es anecdótico que Eggleston haya abandonado la universidad en más de una ocasión. Su arte está marcado por el distanciamiento del academicismo. Lo refleja también en la música que improvisa en su piano desde hace décadas. Aunque estudió en la infancia y es un gran admirador de Bach, su interpretación es libre, viva, deforme. Lo podemos escuchar en la versión que Big Star hace de «Nature Boy» (está en su mejor álbum: «Third/Sister Lovers») y en el álbum «Musik», que lanzó este año.

Pero lo que nos convoca es lo que pasó en 1973, cuando Eggleston compró la recién lanzada filmadora Porta-Pak de Sony. Durante dos años recorrió Memphis, Nueva Orleans y Mississippi, registrando “cualquier cosa”, según sus propias palabras. Se refiere a su novia, hijas, músicos, locos, performers, borrachos, toda una fauna humana que inmortaliza en un deslavado blanco y negro. Lo interesante es cómo maneja las limitaciones de una cámara que tiende a saturarse y acoger el ruido visual. Eggleston la explora a su manera, apartando el cinéma vérité de lo cinematográfico para llevarlo a territorios entonces inexplorados. Él mismo bautizaría el documental como “el video casero demente”.

EL INFIERNO DE ANTOINE D’AGATA

Si Frank y Eggleston han diferenciado, al menos en lo formal, sus trabajos fotográficos con los cinematográficos, las películas del francés Antoine D’Agata (1961) parecen una extensión de sus saturadas postales subterráneas y de su filosofía de trabajo: retratar un mundo de adicciones y oscuridades del que forma parte.

Debutó en el año 2005 con el cortometraje documental «El cielo del muerto» y tres años después estrenó su primer largometraje: «Aka Ana». Concebido como una suerte de adaptación del cuento «Madama Edwarda», de George Bataille, tiene al director explorando burdeles de Japón para registrar los monólogos brutales de siete mujeres. La estilización sucia y los desenfoques arbitrarios de su fotografía están aquí presentes para acompañar al espectador en un descenso al infierno no exento de belleza.

Repitió la proeza en «Atlas» (2013), registrando los bajos mundos de la prostitución y la droga en Rusia, India y Cambodia. Sería pura “pornografía” (como el escritor Peter Sotos ha calificado la obra del fotógrafo) si no fuera porque incluye un par de reflexiones plasmadas en voces en off. Con esas películas, D’Agata se impuso como un poeta visual de la miseria.

Comentarios

  • “No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo”, José Mourinho (1963), entrenador portugués de fútbol.
  • "Pa' cantar de un improviso se requiere buen talento, memoria y entendimiento, fuerza de gallo castizo", Violeta Parra (1917 - 1967).