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«GEOMETRÍA DE LA CONCIENCIA»

19/04/18 — POR

Visitar el memorial de Alfredo Jaar en el Museo de la Memoria es una experiencia única para el ciudadano del siglo XXI.

Por Ignacio Szmulewicz R.

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© CRISTOBAL PALMA

 

Una escalera que conduce a un subsuelo. Grandes muros de concreto bruto enclaustran el tortuoso descenso. Al llegar, una pesada puerta que en seco cierra una inconmensurable concavidad. Advertidos los visitantes, al ingresar toda la luz del exterior se apaga por una feroz oscuridad. Sin escala, sin límite, sin cuerpo.

Luego de flotar en un éter negro, la sala se abre súbitamente a la luminosidad. Los cuerpos se encuentran unos con otros y emergen de la ceguera. ¿Qué ven? Siluetas. Nada más que eso. Un muro de piso a cielo plagado de las líneas fundantes de la historia del arte. Y, tal y como el mito griego, el cuerpo ausente es un cuerpo perdido, caído en el sino aciago; una fatalidad que amarga a la comunidad.

Mientras esa sensación de dolor compartido se apodera de la micro colectividad que se encuentra encerrada, los muros laterales se estiran espacial y temporalmente gracias al efecto de gigantes espejos. La mirada recorre el recinto en su virtual amplitud, buscando una salida sin alcanzarla. Quien logre emerger de este zócalo no volverá a ser el mismo. La experiencia habrá modificado las células de su cuerpo.

Lo que he descrito es el memorial «Geometría de la conciencia», de Alfredo Jaar, que se ubica en la explanada de ingreso al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Empotrado en el centro neurálgico de uno de los nudos históricos más relevantes de la capital (Yungay-Quinta Normal-Estación Central), el Museo reguarda, investiga y difunde uno de los periodos más oscuros de la historia reciente del país. De esa oscuridad (y su posterior salida) se toma el destacado artista radicado en Nueva York. Preocupado desde hace décadas por el problema de la ceguera en el mundo contemporáneo (lo que vemos con gran intensidad y lo que esa misma intensidad nos impide ver), la propuesta de Jaar conjuga los grandes asuntos de la historia política con las emociones primordiales de terror, angustia y miedo.

Después de las hecatombes del siglo XX, el arte ha asumido una tarea esencial para el mundo contemporáneo: la conmemoración y reflexión sobre los hechos del pasado. Y mientras la tradición estética exigía la glorificación de los vencedores, el arte contemporáneo ha explorado el valor de la derrota y el dramatismo del dolor como formas de transmutar y volver crítico el pasado (el histórico diálogo entre el Apolo y el Laocoonte en la muestra «El mito de Roma» del CCPLM). Los primeros pasos fueron dados por propuestas críticas y radicales durante los sesenta y setenta. El cuestionamiento al monumento tradicional vino de la mano de intervenciones efímeras, como las de Christo & Jeanne-Claude, Krzysztof Wodiczko, Hans Haacke, el colectivo brasilero 3nós3. En esta línea, los artistas han querido dislocar el poder simbólico e impositivo que esta particular forma de escultura clásica ha ostentado en la ciudad. Los cimientos más logrados se dispusieron en décadas de transición cuando el ánimo estuvo vinculado a la derrota y la caída de los idearios (postGuerra de Vietnam o post-caída del Muro de Berlín). Los ejemplos más notables se encuentran en las nuevas maneras de concebir los espacios arquitectónicos, ahora llamados memoriales o sitios de memoria. Partiendo por el «Vietnam Veterans Memorial» en Washington, de Maya Lin, pasando por el «Monument against Fascism» en Harburg, de Jochen Gerz y Esther Shalev-Gerz, hasta el «Memorial to the Murdered Jews of Europe», de Peter Eisenman. El quid de esta nueva aproximación ha permitido la incorporación de la emotividad, el dramatismo, la narrativa, la experiencia, como elementos clave en la configuración urbana, obligando a un diálogo intenso entre arquitectos, artistas, urbanistas, políticos y toda la comunidad involucrada.

En nuestras latitudes, el descubrimiento del memorial o sitio de memoria ha sido clave para reconvertir antiguas locaciones marcadas por el temor y la angustia en espacios de reflexión crítica y de nuevas prácticas ciudadanas. El diálogo ha sido especialmente fértil en los casos de Argentina y Chile, que se han preocupado por resguardar y conmemorar algunos de los sitios más tormentosos de sus últimas dictaduras militares. Los casos de la ESMA en Buenos Aires o de Villa Grimaldi en Santiago son sólo las puntas de un iceberg que todo habitante debe conocer para vivir con mayor propiedad las múltiples capas históricas de su territorio.

Visitar el memorial de Alfredo Jaar en el Museo de la Memoria es una experiencia única para el ciudadano del siglo XXI. Con su simpleza y rotundez, supone un acierto radical al integrar las sensaciones más profundas de lo humano con un recorrido arquitectónico a la manera de una hipérbole. Al hundido edificio del Museo le sobreviene un ingreso a las subterráneas puertas del pasado. El sentido del memorial es entonces múltiple: arquitectónico, social, político y comunitario. Ese es el gran poder del arte contemporáneo.

Comentarios

  • "Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor que la pata de conejo", Jaime Sabines (1926- 1999), escritor mexicano.
  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.