JOYAS DE AMOR

12/04/18 — POR

Por Loreto Casanueva

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Anillo de matrimonio con manos tomadas, Roma, siglo III. Oro y Onix.

 

COMO ANILLO AL DEDO

El anillo es la joya que mejor expresa el amor, pero no cualquiera. Debe confeccionarse con metal, para garantizar la perpetuidad del sentimiento. A principios del siglo XIII, Richard Poore, obispo de Salisbury, reflexionaba sobre su materia prima: “Que ningún hombre coloque un anillo de junco … en la mano de una doncella a modo de burlesca ceremonia, con el propósito de seducirla fácilmente, creyendo que sólo perpetra una chanza y que en realidad nunca podrá hallarse irrevocablemente atado al yugo connubial”. El anillo no puede ser de un material frágil pues entonces el ritual que protagoniza quedaría nulo. Este, además, debe usarse en el dedo anular izquierdo. Aulo Gelio (siglo II) e Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII) pensaban –aunque sin asidero científico- que este dedo tenía una vena que se comunicaba con el corazón y, por consiguiente, con el amor. Así, se le llamó el dedo del anulus, del anillo. En la época de la República romana, los hombres usaban sólo un anillo, y en ese dedo, que servía para sellar cartas, simbolizando concordia y legitimidad, valores que se asociaron luego al uso del anillo matrimonial. Su forma circular y cerrada, y los motivos de nudos, trenzas o manos que se grababan en sus superficies reforzaban la idea del compromiso.

Hacia el siglo XII, a la luz de lo que se conocería como el “amor cortés” (una sensibilidad medieval que ponía en relieve el cortejo hacia la mujer), se confeccionaron toda clase de objetos para expresar afecto. Si bien se seguían usando anillos, era común que también se intercambiaran broches. Algunos eran sencillamente redondos; otros, sofisticadamente labrados. Si no había dinero para joyas nupciales, no importaba: una moneda partida por la mitad y bendecida con palabras amorosas hacía las veces de anillo o broche. Este “dinero de la suerte” se perforaba y se llevaba colgado con un cordón cerca del corazón, costumbre que se mantuvo hasta el siglo XIX.

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Broche nupcial hecho en Alemania o Burdeos, c. 1430. Oro, esmalte y piedras preciosas. Viena, Kunsthistorisches Museum.

 

Los anillos matrimoniales son de esos objetos tan pequeños que tienden al extravío. Quienes no están acostumbrados a su uso suelen olvidarlos, por ejemplo, en el lavamanos de un baño público. Y hay quienes los depositan en lugares insólitos. Mientras preparaba un suet pudding, la escritora inglesa Virginia Woolf, a pocos meses de casarse con Leonard Woolf, sin querer usó su argolla como ingrediente.

En el cuento «Argollas», del autor chileno Gonzalo Maier y compilado en su antología «El libro de los bolsillos», el narrador, ante el vicio de sacarse el anillo en sospechosas ocasiones, cavila: “Hay cosas que no están hechas para estar en los bolsillos y la argolla es una de ellas. Su vocación pública y testimonial lo impide”. Más adelante, explica incluso, como queriendo justificar su mala costumbre, que bajo estos anillos se aloja una bacteria proveniente del sistema digestivo, la enterobacter cloacae.

DÍGALO CON JOYAS

Las joyas permiten ostentar un estado civil, pero también enviar emotivos mensajes encriptados. Creada por el orfebre francés Jean-Baptiste Mellerio (siglo XVIII), la joyería acróstica “escribía” palabras a través de un alfabeto de piedras. Dispuestas en orden, cada una representaba la letra inicial de su propio nombre. Así, “love” se escribía con lapislázuli, ópalo, venturina y esmeralda. Si lo que se quería comunicar era el luto por la muerte de un ser amado, la Inglaterra victoriana fue cuna de joyas muy especiales, confeccionadas con cabellos del difunto, pues se creía que esta parte del cuerpo trascendía a la muerte. Un artista como Antoni Forrer (siglo XIX) era capaz de tejer la fibra capilar como si fuera encaje, creando pequeños monumentos fúnebres.

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                   Colgante de oro con incrustaciones de piedras preciosas, Inglaterra, 1830.

 

Hoy, la joyería mantiene su espíritu metálico, pero también ha esculpido piezas dignas de ciencia ficción, como los anillos fabricados con células óseas, del proyecto londinense Bio Jewellery de Ian Thompson. De este modo, los comprometidos en matrimonio llevan en sus dedos el ADN de sus parejas.

Comentarios

  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).
  • “Si el príncipe azul no llega, búscate uno verde”, Frase/Ilustración compartida por Mr. Wonderful, “diseño gráfico para gente no aburrida”.