LA ARQUITECTURA DEL JAGUAR

29/01/18 — POR

La arquitectura de ese hombre feroz, winner, hambriento que era capaz de comerse a sí mismo, tenió a cargarse de simbolismos vacíos, demasiadas piruetas y contorsiones, la expresión material del ego de un arquitecto pagado de sí mismo que se creía capaz de todo.

Por Gonzalo Schmeisser.

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Edificio de Plaza Lyon, primera gran obra de Providencia, 1980.

Acomienzos de 1990, por circunstancias de la vida, fui a parar con mi familia a un pequeño departamento de tres ambientes en la calle Galvarino Gallardo, por entonces una calle silenciosa, fugaz, como tantas otras que se deslizan de cuadra en cuadra, salpicadas de mansiones y bungalows ocultos bajo los añosos árboles de la Providencia “profunda”.

Era apenas un niño y no tenía noción de la calidad arquitectónica de los departamentos que armaban ese conjunto de ladrillo blanco y jardines interiores que tan bien se incorporaban a la manzana, una arquitectura pensada para la clase media del Santiago de los años 60. Era apenas un niño también para saber que ese viejo pascuero de edad infinita que vivía un poco más allá era José Donoso.

El colegio –al que también caí por obra del azar– quedaba a pocas cuadras. Todas las mañanas hacíamos el trayecto mi hermano y yo, uno a cada lado de mi madre, religiosamente atrasados, hasta el viejo edificio de ladrillo y hormigón. Saltando de ribera en ribera la acequia que parte la vereda de Pedro de Valdivia en dos, como solitaria sobreviviente del Chile colonial, vigilados por los plátanos gigantes y los adoquines que un aristócrata mandó a poner cuando todo en Santiago era tierra, sólo para pasearse con su carruaje.

Mi mundo infante, mi patria, se suscribía al breve espectro suburbano que me ofrecía la ciudad entre esas tres o cuatro esquinas. Providencia era para mí ese grupo de calles con nombre de personajes anónimos, plazoletas repletas de ancianos paseando perros, casas municipales con piletas de peces rojos, antejardines recién regados, Aylwin hablando en la tele de algún almacén.

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Torres de Tajamar, la obra más emblemática de la segunda modernidad de Providencia.

TERCERA MODERNIDAD

Pero desde mi ventana adivinaba que hacia el norte, más allá del último confín de la tierra que era mi colegio, algo estaba ocurriendo. Enormes grúas amarillas se repartían el espacio con los árboles, y el Cerro San Cristóbal, antes el único patrón de las alturas, ahora parecía un inocuo elemento del paisaje. Era la década de los 90 la que se desplegaba triunfante y material en esas nuevas cumbres, como avisando que la transición y la política de los acuerdos traería consigo la consolidación del modelo econó- mico importado directamente desde Estados Unidos en los 70, ese que prometía el progreso siempre tan esquivo con nuestro país.

A esas alturas, Providencia era una comuna consolidada, cuyo origen moderno estaba instalado en dos momentos clave de su historia. El primero, en su fundación como comuna en 1897, hecho que trajo a los primeros santiaguinos migrados desde el centro fundacional hasta lo que por entonces era un área rural en las afueras, casi al pie de la cordillera. Y el segundo, en la década del 60, con Germán Bannen (1928) la cabeza, ilustre arquitecto que modeló el desarrollo de la Providencia actual con obras tan relevantes como el Club Providencia, la Plaza Pedro de Valdivia, el Parque de las Esculturas y la Avenida Pocuro, entre otras iniciativas que impulsaron la modernización de la comuna y la consecuente llegada de unidades habitacionales como las Torres de Tajamar, la Unidad Vecinal Providencia y el edificio al que fui a caer en 1990. No era consciente de que esas grúas y esos edificios enormes que se erguían en el horizonte de mi ventana eran los orgullosos estandartes de la tercera modernidad de Providencia, levantada al alero de un tiempo alentador para la economía y prometedor para una sociedad ansiosa por salir del letargo anacrónico del pueblito ochentero que cerraba puertas y ventanas al caer la noche.

En esos años infantiles de mucha revista, poca televisión y nada de internet, presencié inocente desde la lejanía la muerte de la Providencia de mis padres y su resurrección en clave felina. De pronto éramos los jaguares de Latinoamérica, como decían en todas partes.

 

MOVIMIENTO FELINO

La arquitectura chilena no pasaba precisamente por una de sus épocas doradas. El postmodernismo se había colado en el ADN de los arquitectos nacionales desde una muy comentada Bienal inicial (1977), donde por primera vez se cuestionó el valor del Movimiento Moderno, para algunos obsoleto desde el aplastamiento con bota de los sentimientos colectivos. La división de bandos entre modernistas y postmodernistas fue decantando hacia los segundos y para 1990 ya todos parecían concordar con la idea de que la arquitectura puramente racionalista reducía las pulsiones humanas y las mecanizaba, negando lo singular del individuo.

El hombre nuevo venía amparado por un modelo de libre mercado que prometía impulsar y no ponerle restricciones a cualquier aventura económica, con un Estado degradado a la figura de administrador, estéril testigo de cómo los bienes públicos se iban convirtiendo para algunos en casas en la playa, palos de golf y vacaciones en Miami. Un modelo que basaba su principio en el que cualquiera (cualquiera, no todos) podía convertirse en rico si tenía el codo atento y el colmillo afilado para morder en el momento exacto.

ARTIFICIOSA REALIDAD

La arquitectura de ese hombre feroz, winner, de ese jaguar hambriento que era capaz de comerse a sí mismo, tendió a cargarse de simbolismos vacíos, demasiadas piruetas y contorsiones, la expresión material del ego de un arquitecto pagado de sí mismo que se creía capaz de todo y empujaba al ingenuo ciudadano a aplaudir su audacia.

Debe haber sido por el 91 o 92 cuando demolieron el palacio que era sede del banco en que trabajaba mi madre, una enorme casona de estilo español con arcos de medio punto, rejas de fierro forjado, tejado de arcilla y mosaicos de azulejos que estaba en la esquina de Pedro de Valdivia con la entonces llamada 11 de Septiembre. Observé perplejo cómo en su reemplazo apareció una enorme torre azul que hacía que me mareara cuando buscaba su cumbre desde abajo. El aspecto de nave espacial, la superficie limpia, brillante y lisa del alucobond –revestimiento de moda– debió parecer para un niño de la Providencia de los noventa como un regalo caído del cielo. Lo que veía en las películas estadounidenses ahora estaba en la esquina.

No intuía que la arquitectura de los edificios que comenzaron a invadir Providencia (primero en Pedro de Valdivia, después en Lyon, en Suecia, en Holanda; edificios de AFP, isapres, compañías de seguros, oficinas y más oficinas para ejecutivos apurados; edificios con puntas arriba y con gimnasios abajo) era sintomática de la nueva actitud felina del hombre chileno, entusiasta imitador del espíritu bárbaro de ese yuppie tan bien retratado en la película «American Psycho».

El niño que vislumbraba el nuevo amanecer de la comuna pronto devino adolescente. Habiendo roto las fronteras imaginarias, circulaba con libertad por debajo de las nuevas torres, ignorando que la reinterpretación superficial y antojadiza de los órdenes clásicos, o ese discursillo sobre el progreso que nos cambiaría la vida, sólo eran pretextos para fundamentar una arquitectura desprovista de todo significado, al servicio de la inmediatez y, lo que es peor, enfrascada en sí misma. Una arquitectura que resultaba tan ajustada a la artificiosa realidad de esos días que lo grave de tapizar la ciudad de edificios deliberadamente anodinos resulta ahora casi anecdótico.

SIN GARRAS

La década que transformó a Chile en el nuevo rico de América Latina terminó para mí como había empezado. Seguía preso de ese colegio circunstancial sobre cuyos patios de cemento el sol se deslizaba tranquilo desde la mañana, sin obstáculos, para caer por el otro lado en algún atardecer de 1990. En 1999, no. La vorágine constructiva del Postmodernismo “providenciano”, con sus edificios ridículamente cortados por la rasante terminó por rodear el viejo colegio, que se oscureció en su sombra.

El jaguar tuvo que limarse las garras con la crisis de fin de siglo, los tigres asiáticos a los que queríamos imitar pronto cayeron y con ellos nuestra frágil economía quedó al borde del colapso, haciéndonos aterrizar en nuestra atribulada realidad. No dispuestos a perder nos volvimos cautos, haciendo de la especulación el nuevo deporte nacional, algo con qué sostener ese inédito espíritu ganador.

Mi familia emigró de ese barrio y pronto fuimos a caer en otro edificio, mucho más alto, mucho más anónimo, de esos que fueron fruto de la súper modernización mental y física de los años 90. El fenómeno ocurrido en la Providencia de mi infancia se expandió a casi todo Chile. Mi ventana ahora daba a otra ventana. No pude ver lo que se fraguaba en el horizonte.

 

GONZALO SCHMEISSER es Arquitecto y Máster en Arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es también profesor asistente en las escuelas de arquitectura de la Universidad Diego Portales y la Universidad Católica. Es además fundador del sitio web de territorio, cultura y pensamiento www.landie.cl.

Comentarios

  • "El mejor regalo que Dios ha dado en su abundancia fue la autonomía de la voluntad", Dante Alighieri (1265- 1321).
  • “Para ser irreemplazable, uno debe ser siempre diferente”, Coco Chanel (1883 - 1971).