LA AVENTURA CHILENA DE BOND

01/06/18 — POR

Por César Gabler

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Hace rato que James Bond es parte de la cultura pop chilena. Primero en formato cómic gracias a la edición británica del personaje, reimpresa en las páginas de la clásica revista «Okey». Aquella era una versión fiel a las novelas de Ian Fleming (1908-1964), su autor, y se desarrolló en un formato de tiras cómicas con abundantes didascalias. Un primitivismo visual que resultaba, aún en esa época, poco compatible con un personaje que era todo menos clásico. Porque, claro, James, el de los ceros, era un tipo moderno, audaz, y mujeriego. Y en las novelas, un implacable rival de los soviéticos. Como amante de la tecnología en todas sus formas, manejaba con la misma facilidad pistolas y gadgets que chicas y juegos de casino. Una fantasía de omnipotencia masculina que dio para mucho papel con olor a semiótica y psicoanálisis. Pero convengamos una cosa: todos, quizás un poco al menos, quisimos ser como James Bond. Unos en su encarnación Sean Connery; otros, es mi caso, en la de Roger Moore (que en paz descanse). El 007 de «Okey» se publicó en la década del 50, pero a fines de los 60, con 5 películas ya en pantalla («El Satánico Dr. No», «De Rusia con amor», «Goldfinger», «Operación trueno» y «Sólo se vive dos veces»), aquellos cómics tenían sabor a viejo. Quizás pensaron eso en la editorial ZigZag cuando compraron los derechos para convertirlo en revista con un equipo enteramente nacional y como un comic book.

Y así fue. En 1968, Bond en formato Sean Connery llegó a Chile y vivió una aventura de tres años. Menciono al actor escocés porque las versiones chilenas del personaje se valieron de su rostro para caracterizarlo. Ignoro si aquello fue con pago de royalties, pero los 58 números que alcanzaron a publicarse contaron siempre con la “presencia” de Connery.

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MANUAL DE ESTILO

Zig-Zag, por entonces verdadero y hoy inimaginable imperio editor, tenía prácticamente el monopolio del cómic nacional. Quizás su único competidor de importancia era Lord Cochrane. Con la franquicia en sus manos y apenas tres novelas del personaje editadas en español, se requería de un dibujante y guionista que pudiera adaptar el material existente, traducir nuevo e inventar argumentos originales. Y aquí esta historia tiene para mí aires familiares, porque el departamento de revistas de Zig-Zag, que por entonces dirigía la escritora Elisa Serrana (la autora de «Casada, Chilena, Sin Profesión») le encargó la tarea a un joven talento de la casa: Germán Gabler (1942). Mi tío. Pese a tener apenas veintiséis años, ya gozaba de una corta, pero intensa experiencia de dibujante y guionista. Le precedían cientos de páginas en géneros como el western y las aventuras y, sobre todo, tenía el olfato y el estilo para captar esa modernidad cool que caracterizaba a James Bond.

Germán Gabler tomó la dirección del proyecto y, práctico como era, compró un pack con las trece novelas en inglés aparecidas hasta la fecha en la hoy extinta librería Ivens, de Moneda. Fiel a las historias originales de Fleming, los primeros números de la revista se basan en sus argumentos. Con dibujos del propio Gabler y de Luis Ávila, Hernán Jirón, Lincoln Fuentes, Óscar Vega (Oskar) y Abel Romero –quien fue uno de sus portadistas más notables–, la revista resultó un éxito de ventas, amparada en el éxito cinematográfico de la serie y en la excelente, aunque irregular, factura de su material. El agente luchaba entonces contra los soviéticos y todo aparecía teñido por la lógica occidental de la Guerra Fría. Gringo bueno, ruso malo. Sin embargo, la línea argumental de la revista no permanecía anclada a esa lógica. Porque Germán Gabler tampoco compartía el universo maniqueo de los relatos originales. Si en los cincuenta todavía funcionaba, cuando las novelas hicieron su aparición en el mercado, ya próximos a los setenta, aquel tono podía parecer odioso. El mundo y Chile eran otros. Necesitado de malos, Germán Gabler creó su propia organización criminal, Tarántula e, incluso, un amigo ruso, Prochenko, quien mantenía una relación de cercanía y leve rivalidad con el agente británico.

 

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Chicas, pistolas, villanos y peleas. Ese era el cocktail que la revista ofrecía desde su portada en adelante. Además de la narrativa, Bond aparecía como manual de estilo, una escuela para caballeros, justo cuando el pelo largo, la barba y el poncho ganaban terreno en Chile. Bond, no lo olvidemos, era contemporáneo de Inti Illimani y de Quilapayún. Siempre de traje y pelo engominado, lucía como crooner de Las Vegas o como exponente máximo de la masculinidad capitalista.

Sin necesidad de luchar contra los soviéticos, la sola estampa del personaje era su declaración de principios. Mientras los jóvenes revolucionarios apostaban por las barbas y el look hippie, Bond se mantenía fiel a sus trajes ceñidos y a sus camisas con colleras. Si el mundo apostaba por las experiencias colectivas, James, fiel a sí mismo, multiplicaba su soledad de un episodio a otro, aun cuando la eventual compañera (palabra extraña para una chica Bond) pudiera anticipar un compromiso, que finalmente nunca llegaba. Bond, como soltero emancipado, sueño casi imposible para aquellos chilenos que sólo podían concebir el sexo al amparo de la Iglesia o del Registro Civil. Tal vez ese fue uno de los principales ganchos de la revista. Tapa y contratapa señalaban las dos caras de la experiencia Bond.

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En la portada, la promesa de erotismo y aventura que mantiene vivo al personaje. La contratapa, en cambio, retrataba su universo material: armas, autos, motos. Todas posesiones dinámicas. Hay armas Bond, hay autos Bond, pero no casas Bond, y si lo son, funcionan como lugares de paso, estaciones de algún viaje por encargo.

Pero el viaje tuvo su fin. El triunfo de la Unidad Popular puso término a la estadía de Bond en Chile. Zig-Zag se convirtió en Quimantú, y sus historias fueron canceladas por Armand Mattelart, el nuevo jefe del reestrenado departamento de historietas. Declarado persona non grata, el agente 007 dejó con discreción nuestro país, porque era imposible pensar que cambiara sus martinis y caviar por empanadas y vino tinto. ¿O no?

 

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GERMÁN GABLER EDITOR

Al dejar Zig-Zag, Germán Gabler desarrolló una serie de adaptaciones literarias para el mercado argentino, y creó, en «Mampato», una de sus obras más rigurosas: «Los Cuatro de la Alborada”. Pero su espíritu de empresa lo empujó, pese a las circunstancias poco favorables, a editar un par de proyectos editoriales propios: la revista «Mash» (su particular versión de la revista «Mad», en 1975) y la hoy recordada «Killer», que replicaba la fórmula de los agentes secretos, pero esta vez con el protagonismo del actor más popular de esos años, el estadounidense Charles Bronson. Era 1974 y la inflación impidió que el proyecto, pese a sus buenas ventas, pudiera ser viable. La vida de Jack Killer duró sólo nueve números y lo suyo parecía historia muy pasada, pero en 2017, gracias a los esfuerzos de Claudio Álvarez, de Acción Comics, el agente volvió a circular. Un número sin editar y cuyo final estaba trunco, fue terminado e impreso por la editorial independiente. Para completar las páginas faltantes, Gabler volvió a dibujar tras muchos años. En el traspaso a tinta de sus escenas a lápiz estuvo el dibujante Abel Elizondo. En la portada, Alan Robinson («Volver al Futuro», «Star Wars») y el colorista Carlos Badilla (DC, Marvel, Image) hicieron lo suyo. Killer resucitó en el papel impreso.

 

Comentarios

  • “Un hombre hace lo que puede. Una mujer hace lo que el hombre no puede”, Isabel Allende (1942).
  • "Nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación", Mark Twain (1835 - 1910).