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LA RESACA DE LA DOCUMENTA 14

19/12/17 — POR

Repasamos la exposición que tiene lugar cada cinco años en Kassel, Alemania, y que marca la pauta del arte contemporáneo.

Por Juan José Santos M.

Desde Alemania

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Marta Minujin, «The Parthenon of Books». Friedrichsplatz. ©ROMAN MAERZ

El evento de los cien días le deja a uno con la cara del mochuelo de Atenea del logo de la documenta 14. Si uno espera, conociendo el desglose de anteriores ediciones, una experiencia densa, de gran carga política, extenuante y compleja, hace bien. En la presente edición se ha visto mucha relectura del pasado nazi alemán, mucha obra que alude a la crisis de refugiados, y mucha referencia a la crisis financiera y al avance de la extrema derecha en elecciones europeas. Y, sobre todo, mucho intercambio con el pasado y el presente griego, no sólo en la sede ateniense del evento, sino en la invasión de artistas griegos a Kassel. Inasible e irregular, documenta sólo puede ser captada en fragmento; a través de partículas que se desvanecen tras su visionado pero que perduran en la memoria, y que proyectan una emoción apesadumbrada.

VOCES QUE SUSURRAN

Las miles de obras de arte esparcidas por la ciudad y su periferia actúan como los susurros del trabajo de William Pope.L, frases y palabras que se insertan como dagas tanto en el espacio público como en el museístico. Su «Campaña de susurros», grabaciones que se reproducían en espacios insospechados, como en los baños, o que eran interpretadas por agentes en distintos puntos callejeros, insertaban la duda y el rumor en el ambiente de Kassel. Así como las obras se alojaban como pequeños residuos orales en la mente de los visitantes, como fotogramas indelebles, como sensaciones agudas pero puntuales, que el tiempo dirá si son temporales o permanentes.

Las sedes de la muestra dotaron de un contexto a los videos, fotografías, performance, pintura o instalación que supieron aprovechar dicho punto de partida, conformando, en algunos casos, recorridos circulares coherentes, y en otros, burbujas inconexas repletas de obras de difícil diálogo. Por destacar alguna de esas partículas que no se despegan tras el cierre de la muestra quinquenal, seleccionamos el alegórico video de Bill Viola, una recreación a cámara lenta de la llegada violenta de una ola a una parada en la que varias personas esperan algo indeterminado, a medio camino entre la crítica a la inacción popular y su deseo inconsciente de tragedia. O las retrospectivas de David Perlov y Jonas Mekas, cuya antología se cierra con un original trabajo biográfico de Douglas Gordon, «I had nowhere to go» («No tenía ningún sitio al que ir», 2016), en el que Mekas narra, con su voz, quebradiza, susurrante, cómo sufrió en primera persona los rigores de la guerra. El sonido de las bombas se alterna con imágenes poéticas que reflejan el recorrido sinuoso y valiente de este artista veterano.

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Agnes Denes, «The Living Pyramid», Nordstadtpark. MATHIAS VOELZKE

LAS ALAS DE LA MANCA

Otras obras, lejos de susurrar o susurrarse, son voces templadas, altisonantes y orgullosas. Las recreaciones a gran escala de obras icónicas de la historia del arte de Beatriz González, la persecución bélica de Regina José Galindo, la columna de libros expropiados a los judíos de Maria Eichhorn o la obra autobiográfica de Lorenza Böttner, la artista transgénero con los brazos amputados nacida en Punta Arenas, y cuya recopilación de pinturas, videos y fotografías impresiona por su belleza y osadía. Su particular historia fue realzada por Pedro Lemebel en su texto «Las alas de la manca» (“Hasta los diez años, Ernst Böttner vivía en Punta Arenas como cualquier hijo de inmigrantes. Era un niño rubio y delicado que perseguía los pájaros, tratando de agarrarse al vuelo escarchado de sus alas”), y por Roberto Bolaño en «Estrella distante» (1996). Ella forma parte (aunque no se la agregue en la lista) de la comitiva chilena, completada con «Ciudad Abierta», instalando en el parque una muestra de su fusión entre poesía y arquitectura, y Cecilia Vicuña, con sus simbólicas y políticas pinturas y su vinculación con un universo onírico, íntimo y femenino, con la enorme cuerda de sangre de lana roja que, de haber sido situado en cercanía con sus dibujos, habría tenido otro realce.

Los equilibrios y desequilibrios de la pasada documenta 14 tienen lugar en ese ámbito: en el ubicar correctamente los trabajos. Así, pasamos del mejunje complejo que se muestra en la Neue Galerie, a la criticada aventura de instalar toda una colección de arte contemporáneo griego en el edificio central del evento, el Fridericianum. Sin embargo, la solidez y coherencia que se albergan en el Naturkundemuseum en el Ottoneum de Kassel, con una exposición relacionada con el mundo de la naturaleza, el mito y el derecho a la tierra, o la localización de obras en la estación de tren abandonada, Kulturbahnhof, demuestran que, cuando se acierta, se proyecta una experiencia integral difícilmente olvidable. En las sedes más pequeñas (algunas, compuestas por una sola obra), esta armonía se remarcó, llevando al espectador a tener que caminar una hora para ver instalaciones de poco empaque (como el «Living pyramid», de Agnes Denes,  que no era mucho más que un macetero público), o a viajar en un coche eléctrico hasta el palacio Ballhaus, para visionar el video «Le fort des fous», de Narimane Mari, adormecido entre cojines gigantes en una sala del siglo XIX. Otras visitas puntuales dejaron un agridulce sabor de boca, como la excursión a la Tofufabrik (sí una fábrica de tofu abandonada), en la que se proyecta «Commensal», un trabajo de Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor, en el que se describe la afición de Issei Sagawa por el cuerpo humano. Por comérselo, concretamente.

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Pope L, «Whispering Campaign», Friedrichplatz. ©NILS KLINGER

EL ÚLTIMO LIBRO

El libro de contabilidad del evento registró números rojos. Al parecer, la ambición por llevar Grecia a Alemania, y la mitad del evento a Grecia, fue, en términos económicos, desastrosa. El caso es que este capítulo del gran libro de la documenta, el catorceavo, se cerró en medio de muchas críticas (respecto a su monotonía, y su frivolización acerca de los problemas derivados de la crisis) y unas pocas alabanzas. Como en anteriores ocasiones, el tiempo acabará por ponderar las conclusiones. Cien días de arte, y el último libro de la obra paradigmática de la documenta, el «Partenón de los libros», de Marta Minujín, fue regalado al último espectador en noviembre. Ahora le toca la parte más ardua, pero, quizás, la más provechosa. Leerlo, asimilarlo, e intentar comprenderlo.

Comentarios

  • “Conquistar sin riesgo, es triunfar sin gloria”, Pierre Corneille (1606-1684), dramaturgo francés.
  • “Hoy se me cayó internet y tuve que pasar tiempo con mi familia... parece buena gente”, Anónimo.