Le Corbusier y la Sudamérica moderna

11/12/16 — POR
Sin pretensiones pero certera, la muestra rescata los viajes del maestro suizo por diversos países donde cultivó diálogos con las escenas arquitectónicas más relevantes del siglo XX.

Pocas personalidades de la arquitectura han jugado un papel tan central para el siglo XX como el suizo Charles-Édouard Jeanneret (1887-1965). Si su nombre no le dice nada es sólo porque bajo el seudónimo de Le Corbusier logró acceder al Olimpo del arte de construir. Cada una de sus facetas resalta aspectos que aún atraen a estudiosos: en calidad de generador y divulgador de ideas (desde sus “cinco principios” hasta la Carta de Atenas), maestro y apadrinador de tantos fieles seguidores (ver las incansables biografías que mencionan el paso por sus talleres), artesano de íconos construidos (Villa Savoye, Unité Marsella o Ronchamp), o, incluso, visionario megalómano (Plan Voisin o Chandigarh).

En el Museo de Arte Contemporáneo, sede Parque Forestal, se exhibe la muestra «Le Corbusier y el Sur de América». Escueta e íntima, sin pretensiones pero certera, la exhibición presenta la producción del maestro suizo vinculada a Sudamérica. Fue realizada durante el transcurso de sus ocho viajes desde fines de la década de los veinte hasta los años 60 por diversos países donde estableció nutridos intercambios y cultivó diálogos con algunas de las escenas arquitectónicas más relevantes del siglo XX como Brasil y Argentina.

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Maximiano Atria, su curador, ha elegido un montaje sobrio que prioriza los aspectos disciplinares: la visión limpia del material primario del trabajo arquitectónico. En sintonía con otras exposiciones íntimas de figuras de su talla (Marcel Duchamp o Joseph Beuys), la muestra de Le Corbusier defiende el terreno de la reflexión sobre la arquitectura. El grueso del conjunto lo integran dibujos, bocetos, vistas, plantas, cortes y elevaciones. Algunas publicaciones de interés se presentan de una manera inocua; una sala se la entrega a digitalizaciones de sus cuadernos de apuntes, y al centro del hall museal se despliegan una serie de objetos volumétricos y maquetas. La propuesta ha querido que el espectador reconstruya la trama y la historia basándose en los diversos fragmentos, volviendo a ratos la tarea difícil y penosa.

II

Dentro del conjunto expuesto, tres casos son absolutamente relevantes. Se trata de los proyectos, ideas que propusiera Le Corbusier para Río de Janeiro, Buenos Aires y Bogotá. Los tres casos corresponden a visiones de gran escala para la ciudad donde la arquitectura juega un rol fundamental en la vida completa de ese enorme organismo, aún cuando Bogotá no lo sería hasta mucho después del plan de Le Corbusier.

Los dibujos que corresponden a la inmensa metrópolis carioca son fascinantes. De gran escala y belleza, presentan la perfecta conjunción de expresividad, síntesis y concepto. En ellos se pueden reconocer los hitos naturales más relevantes, el ecosistema de una bahía y el caos urbano imperante del crecimiento descontrolado. La vista y la elevación exponen con claridad y nitidez la solución propuesta por el arquitecto: una gran autopista-edificio-puente que cumpla con las múltiples necesidades.

Circulación a alta velocidad, conectividad entre los puntos más lejanos del puerto y su vecino del frente, y habitabilidad para la gran masa urbana que debe soportar la periferia. Por sorprendente que parezca, se trata de una propuesta articulada conceptualmente –el edificio en tierra como prolongación del navío transatlántico– atenta a las necesidades que bien pueden reconocerse como problemas claves de la ciudad hasta el día de hoy.

Para Buenos Aires fue aún más lejos. Nuevamente basó sus ideas en diagnósticos  sumamente acotados que le permitieron llegar a propuestas altamente radicales. La capital argentina debía abandonar su temor al río de la Plata y al mar, y debía desplazar una porción gigantesca de la urbe hacia el centro de la desembocadura. Con esto se generaría un núcleo ganado a las aguas (proyectable en el futuro por supuesto). A esta idea, imponente y propositiva, le sumó un gran paño libre entregado como espacio público a la comunidad. Al igual que en Río, la propuesta de Buenos Aires no rechazaba las condiciones de las metrópolis modernas –densidad, crecimiento exponencial, circulación masiva–, sino que utilizaba esos recursos como materiales esenciales para la arquitectura.

Finalmente, en la ciudad colombiana, Le Corbusier presentó un proyecto con lujo y detalle, más que una grandilocuente idea revolucionaria. Se trató de un plan director para la urbe que incluyó enormes manzanas con edificios cívicos y habitacionales, grandes áreas verdes y arterias de comunicación. El plan tomaba los cuatro principios desarrollados en la Carta de Atenas de 1932 (habitar, trabajar, circular y recrear) como directrices para organizar Bogotá. Como fue recalcado por el curador de la muestra, algunos de los elementos visibles en el Plan fueron compartidos eventualmente por Brasilia (los edificios ministeriales organizados en secuencia alrededor de un espacio abierto).

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El conjunto de obras expuestas entrega una imagen bastante particular de Le Corbusier. Poco o nada se deja entrever el lado más poético y evocativo de su arquitectura entendida como síntesis de las artes (la capilla de Ronchamp o el convento de La Tourette), tampoco queda extremadamente clara la labor de promoción política y social de las ideas del movimiento moderno (sus publicaciones, emprendimientos públicos y los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna).

La Casa Curutchett (1949-1953) fue la única pieza construida en Sudamérica y la muestra es generosa en destacar bocetos, planos, vistas y fotografías que dan cuenta de su obra. Ubicada en La Plata, Argentina, la vivienda se ha convertido en el único ícono existente en nuestro continente para palpar su arquitectura. De gran complejidad y liviandad, pese a proseguir con sus principios básicos, presenta elementos de gran novedad (fachada multifocal, rampa de ingreso y conexión de pisos), además de articular las vistas hacia un interior dominado por un gran árbol.

III

Aunque ninguna de sus grandes ideas para Latinoamérica se haya concretado, cada uno de los dibujos y planimetrías expuestas en el MAC permite palpar las estrategias fundamentales de su visión y su trabajo como arquitecto. Primero, el reconocimiento de que el campo de acción principal de la disciplina es la ciudad y lo urbano. No sólo la vivienda, el edificio o la manzana, sino la ciudad como un organismo vivo que producto de grandes intervenciones podría ser mejorado (legado del Movimiento Moderno). Segundo, el poder proyectivo y evocativo del dibujo como manera de expresar y sintetizar diagnósticos, soluciones, ideas, visiones y escalas de la ciudad. Y tercero, la síntesis como estrategia para aplacar y lidiar con toda la complejidad urbana.

Estas tres características de Le Corbusier transportan al espectador a un momento particular de la historia de la arquitectura. Un momento donde a problemas inabarcables le sobrevenían soluciones impensadas. Un minuto en la historia donde los asuntos de todos podían ser resueltos velozmente por la pluma de unos pocos. Todo el vuelco comunitario que ha tenido la arquitectura de las últimas décadas; toda la atención a la información, el mundo digital y los cruces interdisciplinarios; toda la fascinación por el pasado y la tradición parecen no importarle al maestro suizo.

Visitar la muestra «Le Corbusier y el Sur de América» es volver la mirada a un período donde ninguna de las características de la arquitectura contemporánea estaban presentes. La riqueza que se puede encontrar al contemplar los logros y fracasos del pasado sirve justamente para reconocer los límites, contradicciones, anhelos y expectativas que toda época tuvo. La de Le Corbusier –como la de Walter Gropius o Mies van der Rohe– soñó con una ciudad moderna, una arquitectura moderna y una vida moderna. Los que creen que tal palabra puede ser fácilmente desechable o reemplazable, deberán recorrer con cuidado las salas del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago.

 

 

Comentarios

  • "La música se desarrolla en el tiempo, la arquitectura también", Le Corbusier (1887- 1965).
  • "Ríe y el mundo reirá contigo, ronca y dormirás solo", Anthony Burgess (1917 - 1993), escritor y compositor inglés.