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PENSAR EL ARTE CONTEMPORÁNEO

21/11/17 — POR

El filósofo, crítico y teórico Boris Groys participará en el Festival Puerto de Ideas. Nacido en Alemania del Este y formado en la Unión Soviética, es uno de los principales pensadores de la política, de los medios y de las transformaciones del mundo artístico, desde las vanguardias hasta hoy. También es uno de los más grandes conocedores del arte soviético.

Por Evelyn Erlij.

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Es un fenómeno raro: en tiempos en que nos empeñamos en inventar categorías, palabras y conceptos nuevos, seguimos usando viejas definiciones para delimitar las fronteras de la geopolítica mundial. Cuando hoy se habla del Primer y el Tercer Mundo nadie se pregunta dónde está ni cuál es el Segundo, aquel conformado por las hoy extintas repúblicas socialistas. Hablando en esos términos, el filósofo, curador y crítico de arte Boris Groys (1947) nació en el Segundo Mundo, precisamente, en Berlín Oriental, en la antigua República Democrática Alemana y, por lo mismo, es de los escasísimos grandes pensadores de hoy que se formó intelectualmente al otro lado de la Cortina de Hierro, es decir, es de los pocos que conoció la experiencia práctica y no sólo teórica del llamado “socialismo real”.

A diferencia del filósofo esloveno Slavoj Zizek, nacido en ese experimento socialista llamado Yugoslavia, ajeno a la experiencia soviética, Groys se instaló en los años 70 en la URSS para estudiar lógica y matemática en Leningrado y se involucró en la vida intelectual de Moscú para seguirle la pista a las vanguardias artísticas soviéticas. Pocos como él en Occidente conocen tan bien el arte disidente de ese rincón del planeta, el que se dedicó a difundir una vez de vuelta en Alemania en la década del 80, cuando se radicó en Berlín Este, donde completó estudios de filosofía que, a la larga, lo consagraron como un académico de prestigio en Estados Unidos.

Esa biografía lo convierte en un verdadero hijo de la Guerra Fría: difícil encontrar otro intelectual que haya conocido tan bien las particularidades políticas e ideológicas del siglo XX tardío. Hoy, convertido en una de las voces más lúcidas de la filosofía, del arte, de los medios y de la política, visita Chile en el contexto del Festival Puerto de Ideas, donde dictará dos charlas: «Utopías biopolíticas soviéticas», sobre arte y vanguardia en la URSS; y «El porvenir del arte», sobre las transformaciones respecto de los criterios utilizados hoy para definir qué es y qué no es arte. Este último ha sido uno de sus temas predilectos, y varios de sus ensayos al respecto se conocen en Sudamérica gracias a dos libros, «Volverse público» (2015) y «Arte en flujo» (2016), ambos publicados por la editorial argentina Caja Negra.

Por la multiplicidad de temas que aborda, es difícil reducir la obra de Groys a un solo tópico –es cosa de recorrer sus títulos publicados en español, desde «Introducción a la antifilosofía» (2016) hasta «Obra de arte total Stalin» (2009), para comprender la riqueza de su trabajo—, pero sus lecturas sobre el arte contemporáneo y sus transformaciones en el contexto actual funcionan como un buen punto de partida para adentrarse en su pensamiento. También, para comprender esta era en la que el arte, como nunca antes, se ha convertido en un producto mediático y comercial en el cual ya no importa ni el espectador ni el mensaje político que pueda albergar, sino el diseño que hace el creador de sí mismo. “El artista deja de ser un productor de imagen y se vuelve él mismo una imagen”, escribe en uno de sus ensayos.

La afirmación suena obvia si se piensa en figuras mediáticas y mundialmente célebres como Andy Warhol, Jeff Koons o Damien Hirst, pero Groys traza el origen de este fenómeno en las vanguardias históricas, momento en que el productor de la obra de arte adquiere mayor relevancia que el consumidor de ésta: personajes como Wassily Kandinsky, Kazimir Malevich o Marcel Duchamp, apunta, actuaron como personas públicas, creadores que, mediante las transformaciones radicales que impusieron en términos de estética y concepción del arte, también se produjeron a sí mismos, crearon una “autopoética”, construyeron su propio Yo público. Es una tesis provocadora: las vanguardias no son sólo rebeliones contra la tradición, también son golpes de visibilidad para hacer del artista una mercancía, una marca comercial.

Cabe aquí recordar una anécdota útil de ejemplo: cuentan que André Breton, hastiado del afán comercial de Salvador Dalí, inventó a partir de su nombre el anagrama Avida Dollars, del francés avid à dollars, es decir, “ávido de dólares”. En esa época, podía sonar a insulto, pero hoy, en el contexto del mercado del arte actual, inserto en la dinámica del Capitalismo tardío, la idea no suena tan descabellada. Para el autor, las caras más visibles de este fenómeno son el propio Dalí, Warhol, Koons e Hirst. En palabras de Groys: “En nuestros días la imagen romántica del poète maudit se sustituyó por la del artista explícitamente cínico –codicioso, manipulador,con intereses comerciales, preocupado únicamente en obtener rédito económico y en hacer del arte una máquina para engañar a la audiencia”. En estos casos particulares, el artista se diseña a sí mismo como un “genio-canalla”.

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EL FLUJO DEL ARTE Lo que Groys llama el “diseño de sí mismo” no es un fenómeno que impere sólo en el mundo del arte, sino también en la vida cotidiana. Hoy más que nunca cobra sentido la frase que el artista alemán Joseph Beuys no se cansaba de repetir: “Todo ser humano es un artista”. Construir una imagen de sí mismo para ser parte del mundo es esencial en los tiempos que corren, dominados por Facebook, Instagram y el resto de redes sociales en las que cada cual está obligado a diseñarse ante los demás y a asumir la responsabilidad estética de crear su apariencia. “El acceso relativamente fácil a las cámaras digitales de fotografía y video combinado con Internet –una plataforma de distribución global– ha alterado la relación numérica tradicional entre los productores de imágenes y los consumidores. Hoy existe más gente interesada en producir imágenes que en mirarlas”, escribe Groys en su ensayo «Poética vs. estética».

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Ante la proliferación incesante de imágenes, plantea el autor, la figura del espectador desaparece: “En la sociedad contemporánea nadie es capaz de contemplación. Hoy día, todo el mundo quiere decir algo, escribir algo, colgar algo en Internet. Todo el mundo está interesado en hacer cosas, pero nadie tiene tiempo ni interés por mirarlas”, afirma Groys en una entrevista. La contemplación de las obras (ese momento en que el tiempo parecía detenerse para apreciar lo que Walter Benjamin llamó el aura, el aquí y ahora de una pieza artística) desaparece como práctica: el arte fluye, y no sólo eso, los museos se han sumergido también en el flujo del tiempo, restándole importancia a las colecciones permanentes y convirtiéndose en escenario de proyectos curatoriales, tours guiados, proyecciones, conferencias, performances; de obras que circulan constantemente de una exhibición a otra.

“Si todas las cosas del presente son transitorias y fluidas, es posible e incluso necesario, anticipar su eventual desaparición. El arte moderno y contemporáneo practica justamente la prefiguración e imitación del futuro en el que las cosas que ahora son contemporáneas desaparecerán”, escribe el filósofo. En otras palabras: más que obras de arte, hoy existen eventos artísticos transitorios, un flujo del arte acorde al flujo veloz de estos tiempos. La obra de Boris Groys es iluminadora: permite entender no sólo las transformaciones del mundo artístico desde las vanguardias hasta ahora y sus nuevas dinámicas, también revela, a través del concepto del “diseño de sí”, que Federico Nietzsche tenía razón cuando dijo que al ser humano le interesa más la idea de ser “él mismo una obra de arte” que la de ser un mero artista.

FICHA Sábado 11 de noviembre. Facultad de Derecho de la UV. 12:30 horas: «Utopías biopolíticas soviéticas: arte y vanguardia». 18:30 horas: «El porvenir del arte».

Comentarios

  • “No veo a ningún Dios aquí arriba”, Yuri Gagarin (1934-1968), hablando desde la órbita terrestre.
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.