RENACER DESDE LAS CENIZAS

20/04/18 — POR

Escritor frágil y trágico, retratista sensible de la adolescencia, admirado por William Burroughs y César Aira, el inglés Denton Welch ha sido rescatado gracias a una valiosa iniciativa editorial.

Por Andrés Nazarala R.

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(Maurice) Denton Welch, autorretrato. Circa 1940-1942.

Incombustible es la fantasía de descubrir y difundir creadores oscuros dentro del radar canónico. A propósito de la traducción al español de la obra de Denton Welch (1915-1948), se desató uno de esos pequeños conflictos que sólo importan al interior del mundillo literario. El traductor español Luis Antonio de Villena manifestó, a través de su página web, su molestia ante Alpha Decay por haber invisibilizado la publicación de la novela «El primer viaje» (preparada y prologada por él para la desaparecida editorial Celeste en 2002) como si el descubrimiento y la adaptación a nuestro idioma fuese mérito exclusivo de la casa editorial española. Aunque, para no llevarse todos los créditos, reconoce que las primeras traducciones de Welch fueron realizadas parcialmente en el año 1944 en la revista «Sur», de Buenos Aires.

Más allá del choque de egos, el aporte de Alpha Decay –responsable de publicar tres libros de Welch– es fundamental para la revalorización de la obra literaria del inglés en el panóptico crítico del siglo XXI. Estamos ante un autor oscuro, con una vida marcada por la tragedia, que César Aira definió como “uno de esos raros premios que le tocan al lector asiduo”.

UNA BICICLETA EN MEDIO DE LA CARRETERA

Quienes busquen imágenes de Denton Welch en Google se encontrarán principalmente con una pintura: «Self Portrait», autorretrato que cuelga de una de las paredes de la National Portrait Gallery de Londres. Ahí, enmarcado, el artista nos contempla serio, con anteojos, el rostro ensombrecido y un gesto de desconfianza. Lo vemos como él se percibía a sí mismo en tiempos en que se dedicaba a la pintura y, a través de ella, intentaba encontrar su identidad. Porque Welch, luego de crecer en Shangai, estudió arte en el college Goldsmiths de la Universidad de Londres, y gozó de cierto prestigio.

Hasta que un accidente marcó su existencia. Había recién cumplido 20 años cuando un auto lo pasó a llevar mientras conducía su bicicleta por una carretera de Surrey. Terminó con la columna fracturada, semi paralítico. Y aunque pudo seguir caminando, su salud se fue deteriorando progresivamente hasta su muerte, ocurrida el 30 de diciembre de 1948, a los 33 años de edad.

Son esos trece años de sufrimiento –en medio del abandono del oficio pictórico y la exploración novelística– los más importantes para comprender su obra, tomando en cuenta que, desde su lenta agonía, la inspiración literaria se abrió hacia todo lo que parecía derrumbarse: la juventud, los recuerdos de viajes, la sexualidad, la plenitud perdida.

“El accidente le agregó urgencia al proceso”, apunta el escritor Alan Bennett en el prólogo del libro biográfico «Denton Welch: Writer and the artist», en el que también se pregunta cómo habría sido la vida y obra del escritor si hubiese permanecido en la gran ciudad, lejos del apacible condado de Kent, donde se instaló luego del accidente.

“Era un escritor maravilloso, podía sacar algo de cualquier cosa”, lo elogió William Burroughs, otro declarado admirador de su obra. “Los escritores que se lamentan porque no tienen nada sobre lo que escribir deberían leer a Denton Welch y ver qué se puede hacer a partir de prácticamente nada”.

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EN EL DOLOR ESTÁ LA VERDADERA MADUREZ

Pero, en el ejercicio de buscar rasgos de carácter a través de imágenes, los registros fotográficos de Welch son más elocuentes que las pinturas de juventud. En uno, sostiene con su mano derecha la estatua de un ángel mientras mira hacia un punto fijo. En otro, posa con seguridad rodeado de otras esculturas enigmáticas. En todas las fotografías hay objetos para hacerle compañía debido a su gusto por las antigüedades. En la más llamativa, Welch abraza a la mujer alada nuevamente, pero ahora podemos vislumbrar sus piernas dé- biles, cruzadas como si intentara reordenar un cuerpo herido. En otra, lo vemos en el suelo, abriendo un cajón. Hay más. En una nos mira directamente, con una amargura que no estaba en sus autorretratos pictó- ricos. Juntar las fotos de Denton Welch es construir una tragedia.

Pero esas postales enigmáticas nos transmiten también otras cosas: fragilidad, elegancia, refinamiento.

“Denton Welch es el maestro de la preciosidad”, opina el escritor estadounidense Caleb Crain, elogiando su capacidad para otorgarle belleza a actos cotidianos, como un almuerzo sobre la hierba. “Quizás porque fue pintor antes que escritor, él esperaba un picnic con la anticipación y la ansiedad de un pintor diseñando una composición”.

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En todas las fotografías hay objetos para hacerle compañía, debido a su gusto por las antigüedades.

Esa necesidad de inmortalizar las sensaciones y experiencias de una vida que se le escapaba, llevó a Welch a escribir tres inolvidables novelas de adolescencia.

Luego de leerlas, el crítico español Joan Flores Constans anotó en el sitio «Revista de Letras» que tras la experiencia, “más baja cae en mi apreciación «El guardián entre el centeno», más incomprensible se me hace su sobrevaloración y más me confirma la sospecha de que se trata de un libro aprovechable para un lector de 16 años pero irrelevante para un lector adulto”.

Lo que distancia a Welch del ombliguismo adolescente es probablemente la cercanía con la muerte, la melancolía de anciano que podía transmitir con sólo 25 años de edad. Lo demuestra en «Primer viaje», libro ficcionado de memorias que publicó en 1940 y en el que –con un estilo directo y en primera persona, lo que podría emparentar al narrador con Holden Caulfield, protagonista de «El guardián entre el centeno»– recrea los pormenores de su vida en China y, de alguna manera, su formación como artista, el descubrimiento de un mundo cargado de belleza.

Como en la novela de Salinger, el narrador de «Primer viaje» también huye del internado. “Después de haberme escapado del colegio, nadie sabía qué hacer conmigo”, se lee en las primeras líneas del libro. “Sentado en el salón de mi prima en Londres, escuchaba a mis parientes que discutían sobre la cuestión. No sabía qué iba a ser de mí. La semana anterior, en lugar de tomar el tren de Derbyshire, donde me esperaba el colegio, me había subido a un autobús en sentido opuesto. Sentado en el piso de arriba del autobús, me sentía ligero, como si estuviera hueco y vacío. También sentía que algo me roía por dentro, como un mareo en alta mar”.

«En la juventud está el placer», su segunda novela autobiográfica, tiene como protagonista a Orvil Pym, un quinceañero que veranea en un hotel de la campiña inglesa y busca distanciarse de la experiencia de la vida trivial, hundiéndose en fantasías y locuras, buscando sentido en esa extraña etapa en que el fin de la inocencia aún no deviene adultez. En esta obra se siente el peso del pesimismo, el morbo y los atisbos del deseo. “No hay mejor novela en el mundo que «En la juventud está el placer»”, opina el cineasta John Waters. “Sólo sosteniéndola en mis manos, tan preciosa, tan más allá de lo gay, tan deliciosamente subversiva, basta para convertir el analfabetismo en un crimen social peor que el hambre”.

La trilogía de Denton Welch se cierra con «Una voz a través de una nube», novela póstuma (se publicó en 1950) en la que el autor da cuenta –con un lirismo cargado de belleza– de su vida después del accidente. Es una crónica dolorosa sobre médicos, sedantes y visitas familiares Un legado imborrable. Un cierre conmovedor y trágico.

 

Comentarios

  • "El cine tiene que producir sosiego", Azorín (1873- 1967), escritor español.
  • "En las tiendas no tenemos espejos. Uno debería comprar ropa por cómo te hace sentir, no ver" (Rei Kawakubo).