Santiago y Shanghai, de ciudades, arquitecturas e ideologías

17/05/17 — POR
¿Dónde están la identidad, lo local, lo propio? Decía Octavio Paz que “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia” y hay en eso una gran verdad: en Shangai y en Santiago la vivienda media es la revelación del penoso tránsito que nos toca vivir.

Shanghai es una ciudad fascinante. Un paseo por alguno de los centros de esta urbe de más de 30 millones de habitantes es toda una experiencia.

Hay mucha gente, muchos autos, muchísimas motos y bicicletas. Parques con árboles inmensos y por todos lados personas haciendo gimnasia bajo el follaje. También hay gran cantidad de edificios, de los antiguos, de los nuevos y de los muy nuevos. En el distrito de Pudong, al otro lado del río Huangpu, los rascacielos forman un frente que, especialmente de noche, podría ser la postal de cualquier ciudad fluvial de Estados Unidos.

La zona del Bund, donde se filmó «El imperio del sol», es un pedazo de Londres y el bellísimo barrio de la Concesión Francesa, podría ser un pedazo de Burdeos. Lujosos restoranes internacionales comparten muro con pequeños sucuchos que expelen el típico olor a fritura, arroz y ajo. En el supermercado más cercano, para decidirse entre una Tsingtao y una Carlsberg, sólo hay que atreverse.  En la esquina siguiente, un templo milenario tiene de vecino a un Burger King. Como pocas ciudades chinas, vibra un espíritu cosmopolita. En cualquier café o en cualquier bar se escuchan varias lenguas, desde las que nos suenan –especialmente francés e inglés– hasta las inclasificables. Eso sí, la sociedad china es tan distinta a la nuestra que, entre nosotros, occidentales, se anulan las diferencias: para ellos, un holandés y un chileno son lo mismo.

Pero esta megápolis supermoderna tiene profundos matices que aparecen cuando cerramos la guía de turismo y levantamos un poco la vista. ¿Cuál es la identidad de esta gigante, la segunda ciudad más poblada del mundo después de Tokio?

Santiago

Sin ser tan cosmopolita, Santiago está también muy llena de vida. Al internarse en cualquier barrio del sector centro-oriente probablemente nos toparemos con calles repletas de edificios, acompañados por hoteles elegantes y otros de calidad dudosa; restoranes de todo tipo, galerías, librerías, oficinas y, especialmente, farmacias y malls. Hay algo para cada gusto. Lo moderno convive con lo no tanto y, por ser una ciudad aún joven, los estilos arquitectónicos se entrelazan, como si todas las corrientes hubiesen sido pasadas por una juguera.

En Santiago todo parece ser una mezcla. Así, en una misma cuadra puede haber un edificio de estilo francés, una casa de campo chilena y un antiguo caserón inglés convertido en clínica dental. Hay en esta ciudad extraña, que se despliega debajo de una geografía abrumadora e intensa, una búsqueda desesperada por parecer moderna.

No es casualidad que, al googlear Santiago de Chile, lo primero que aparece es el nuevo barrio que se ha creado en la confluencia de tres de las comunas más prósperas del país –Vitacura, Las Condes y Providencia– llamado, con ironía muy chilena, Sanhattan. La cordillera nevada de fondo le da a la postal urbana un aspecto único, provocador, que invita a sumergirse en esta vigorosa capital sudamericana, que ostenta algunos de los números más altos en los ránkings de calidad de vida de la región. Pero también es necesario correr el tupido velo y olvidarse de la imagen del folleto para acercarse medianamente a la personalidad subyacente de esta gran mancha gris, que se asoma tras ese llamativo skyline.

No son sólo esas verdades escondidas las que ligan a estas dos metrópolis tan disímiles, etnicamente opuestas y distanciadas por muchos miles de kilómetros, pues la postal se ha creado justamente para superponer lo que queremos mostrar por sobre lo que queremos esconder. Lo que las vincula es una paradoja, pues justamente aquello que debiera acentuar sus diferencias es lo que las reúne y las vuelve casi hermanas.

Capitalismo y socialismo unidos jamás serán vencidos

El largo régimen comunista bajo el que se gobierna China desde 1921, cuyo poder se centra en la figura de Mao Tse Tung –aquel de la clásica imagen a la entrada de la Ciudad Prohibida en Beijing-, lanzó en 1958 un plan económico influido por los postulados de Marx, basado en quitarle el piso a la empresa privada y promoviendo la colectivización de todo. “El Gran Salto Adelante”, con todos sus matices, significó para China un enorme cambio que se vio reflejado –entre otras cosas– en un crecimiento acelerado de una economía que hasta entonces se basaba en la producción agrícola. China nunca volvió a ser ese enorme prado arrocero regado por aldeas acuáticas y silenciosas.

El campo se volvió una gran industria, las ciudades crecieron y se repletaron de gente, haciendo imperante la necesidad de dotarlas de infraestructura de toda índole, especialmente vivienda. Se creó entonces un modelo de arquitectura de fabricación rápida, con un diseño puramente funcional, de fácil montaje e implementación, que sirviera de habitación para los miles de millones de chinos que estaban naciendo por entonces.

En Beijing, Cantón y, especialmente, Shanghai, proliferaron enormes torres grises, con miles de ventanitas y tubos humeantes; espacios interiores mínimos, enormes pasillos oscuros con cientos de puertas negras, accesos escondidos e inclementes en su llegada al nivel de la calle; ni imaginar alguna terraza o área verde. Una especie de arquitectura hija del movimiento moderno, pero carente de espíritu, brutal y deshumanizante, sin identidad ni menos valor estético. Edificios de ropa colgante, toldos de lona quemada y chorreantes equipos de aire acondicionado están por todo el extrarradio. La pobreza, antes propiedad de los campos y de los pequeños barrios urbanos tipo cité, ahora se dispone verticalmente, escondida tras la neblina de la gravísima contaminación que comenzó a sufrir esta ciudad. Es ahí, bajo ese manto, donde vive la mayoría de los chinos hoy.

Una imagen agobiante y violenta, que quedó perpetuada a mediados del siglo XX en la angustiosa pesadez del hormigón.

Mientras tanto, Santiago dormía sus tardes como la siesta debajo de un parrón. La capital de nuestros padres fue una ciudad provinciana que se deshacía con los terremotos y se ahogaba con las crecidas abruptas del Mapocho. El campo estaba a la vuelta de la esquina, el invierno olía a tierra mojada y el hipnótico sonido de las herraduras de los caballos o el chillido de un gallo eran parte de lo cotidiano. La urgencia de las grandes migraciones campesinas se subsanaba con escuálidos planes de urbanizaciones exprés en las periferias o apretujando familias en céntricos conventillos, símbolos de la pobreza metropolitana.

Los edificios de vivienda más altos no superaban los cuatro pisos y la gran clase media vivía aún en barrios donde la interacción entre vecinos era el gran capital social del país.

No fue el Edificio Ariztía, ni el Oberpaur, ni tampoco la Torre Entel las que rompieron con esa imagen. Fue, tal como en China, la irrupción de un patrón económico derivado de la ideología y amparado en un régimen totalitario, pero desde la vereda opuesta. Aquí la contradicción, pues el modelo adoptado en Chile durante la década de los 70 apoyaba su discurso justamente en lo contrario: debía primar la libertad y el valor de lo individual por sobre la uniformidad.

Bastaron unos pocos años para que la nueva economía chilena despegara gracias a la inmediatez y al empuje del mundo privado. El Santiago adormilado se convirtió rápidamente en una bullente metrópolis y los antiguos barrios fueron dispersándose hacia las periferias en forma de suburbios.

Se había abierto un camino amplio y las inmobiliarias se encargaron de celebrar la buena nueva volando manzanas completas y llenando Santiago de enormes torres, no grises, sino que rosadas, verdes y amarillas; con miles de ventanas diminutas pero disimuladas con balcones; tubos humeantes, pero del vapor de las secadoras compradas a crédito; espacios interiores mínimos pero coquetamente decorados con cocinas americanas y baños en suite; enormes pasillos oscuros con cientos de puertas, pero blancas; accesos ahora no escondidos, sino que en rimbombantes pórticos llenos de espacios inservibles; inclementes en su llegada al nivel de la calle pero adornados por arbolitos flacos y pastos sintéticos.

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Estación Central, Santiago.

Santiago nunca volvió a ser esa ciudad-campo en que las personas se miraban a la cara y se escuchaban las voces, al tiempo que creaban una identidad arraigada en una forma de ser tímida pero muy propia. Ya no, ahora éramos jaguares. Lo que se criticaba entonces de un modelo es exactamente lo mismo que se le puede achacar al otro, pues ambos han convertido a sus ciudades –y a sus habitantes– en un mosaico de piezas todas iguales, donde el ser humano pasa a ser lo último en la escala de valores; en el que todo se vuelve homogéneo, sin carácter y donde, en palabras de Ernesto Sábato, “desaparece de nuestra mirada la infinita riqueza que forma el universo que nos rodea, con sus colores, sonidos y perfumes”. Hoy, la imagen de ambas ciudades es la misma y no da espacio a matices.

¿Dónde están la identidad, lo local, lo propio? Decía Octavio Paz que “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia” y hay en eso una gran verdad: en Shanghai y en Santiago la vivienda media es la revelación del penoso tránsito que nos toca vivir. La arquitectura de la ideología expresa nuestra profunda crisis humanitaria, donde el costo y la utilidad termina siendo siempre el propósito de todo lo que hacemos; y donde la preservación de un hombre integral, completo, ya parece un objetivo anticuado.

Y no hay que olvidar que la arquitectura es sólida y estamos obligados a convivir con esa imagen ad eternum, a menos que un asteroide diga lo contrario.

Comentarios

  • "La duda es el origen de la sabiduría", Rene Descartes (1596- 1650), filósofo francés.
  • “Si el príncipe azul no llega, búscate uno verde”, Frase/Ilustración compartida por Mr. Wonderful, “diseño gráfico para gente no aburrida”.