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TERROR Y MODERNIDAD EN VIVO

23/04/18 — POR

Por Gonzalo Schmeisser.

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Policía Alemana en los techos de la Villa Olímpica de Múnich, 1972; a la derecha, terrorista encapuchado.

Tal vez una de las imágenes más perturbadoras en la era de la televisión es la que se vio en millones de hogares alrededor del mundo un cinco de septiembre de 1972, en el marco de los vigésimos Juegos Olímpicos celebrados en Múnich. La capital de la región de Bavaria albergaba por segunda vez para Alemania un evento olímpico después de los bochornosos Juegos de Berlín 1936, en los años dorados del Tercer Reich. La instrumentalización del régimen nazi fue evidente y sólo una histórica carrera ganada por el atleta afroamericano Jesse Owens –en medio de brazos rígidos y vítores al Führer– puso algo de cordura.

1972 se presenta entonces como la ocasión perfecta para mostrar al mundo una Alemania (en rigor Alemania Federal, la que quedó en el lado occidental) moderna, renovada y luminosa, una apariencia ideal para reemplazar con colores el inseparable gris oscuro que tiñe cualquier imagen de la Alemania de Hitler. Los organizadores de los Juegos han dispuesto una serie de medidas para dar un gran golpe de efecto en las millones de pantallas encendidas en todo el mundo durante el transcurso del evento. Una cuidada estrategia comunicacional vendrá a mostrar las bondades de la ciudad, su distintiva tradición gastronómica, la cerveza, la música, las bellas mujeres, el verde paisaje de los Alpes y también la cara más amable del país, marginando del evento a la policía e incorporando un cuerpo especial de guardias en buzo deportivo y sin armas, sólo como custodios de un orden que se da por descontado. El impulso también le alcanzará a la arquitectura alemana para recuperar su tradicional espíritu vanguardista, oficio que se había quedado sin maestros producto del exilio y la persecución nazi, Mies Van der Rohe, Walter Gropius, Marcel Breuer, Erich Mendelsohn, todos migrados hacia Estados Unidos durante la Guerra.

Será el turno de Frei Otto, un joven arquitecto sajón de nombre invertido, de ponerse al frente al diseñar para la ocasión el impresionante Estadio Olímpico, con sus cumbres puntiagudas y su velo que cae para volver a levantarse de tanto en tanto. La misma cubierta que replicará en el edificio de la piscina olímpica, unos metros más allá, donde el gran Mark Spitz iba a batir todos los ré- cords. El trabajo de Otto con las estructuras tensionadas será una demostración de que la belleza y la ingeniería no son polos opuestos. El Parque Olímpico se coronará con una de las obras más notables de la historia de la arquitectura moderna europea: la Villa Olímpica de Múnich. Un extraordinario complejo de departamentos, cuyas numerosas virtudes arquitectónicas, urbanísticas, paisajísticas, espaciales y conceptuales estaban a punto de sumergirse en un amargo silencio editorial, estigmatizadas injustamente por los hechos que paralizaron al mundo por esos días de 1972 y de los cuales fueron mudo escenario. Antes de que los juegos se suspendan sorpresivamente, antes de que miles de canales interrumpan su transmisión habitual, antes de la terrorífica imagen del encapuchado en la ventana, antes de la tragedia que está a punto de sacudir al mundo en vivo y en directo, los edificios de la Villa Olímpica brillan y sus plazas, corredores, salones y dormitorios están repletos de gente. Todo preparado y el mundo mirando.

VILLA OLÍMPICA

El proyecto está a cargo de la oficina alemana Heinle, Wischer und Partner, que diseña la villa con la idea de crear una ciudad dentro de una ciudad, es decir, dotar al complejo de la infraestructura necesaria para cubrir los aspectos de la vida cotidiana de los atletas primero y de miles de familias después, un modelo suburbano para los habitantes del extrarradio muniqués. Para esto, además de las casi 3.500 unidades de vivienda individual y colectiva, distribuidas en torres, edificios de altura media y bungalows de un piso, la ciudadela incorpora tiendas, oficinas de correo, centros culturales, lavanderías, jardines infantiles y hasta un colegio.

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vista de la Villa desde la ciudad.

En su larga extensión no se ven autos, pues se trabaja la infraestructura vial de forma subterránea, liberando el nivel calle a la circulación peatonal. Ahí, distintos niveles de altura se identifican con distintos pavimentos, ladrillo, gravilla, concreto, a los que se incorporan descansos interiores, pequeñas plazas y grandes jardines, todos dispuestos para recibir el brillo de la luz natural y el influjo del aire alpino. Grandes extensiones verdes rodean a los edificios, espacios bien asoleados, de generosa vegetación, unidos por sinuosos senderos que se internan en áreas de mayor densidad arbórea, conformando pequeños bosques, ejercicio muy propio del paisajismo alemán. Lo mismo ocurre con los edificios de mayor altura, dispuestos de forma escalonada para que cada unidad tenga su cuota de sol y cada jardinera colgante se riegue naturalmente con la lluvia, que en esta zona de Alemania cae con frecuencia.

La villa tiene algo extraño para ser una obra propia del modernismo arquitectónico que (para proyectos de esta magnitud y justo en esos años) tendió a caer en el Brutalismo. Y es que todo está a escala humana, gracias al juego de niveles que media entre la calle y los departamentos y a la altura moderada de los volú- menes que, salvo por la sección de torres que se abren hacia la ciudad, no superan los nueve pisos. De punta a cabo, esta ciudad modelo de la modernidad cubre un área de no más de un kilómetro de largo y ancho, haciendo posible el paseo, la interacción entre vecinos y la conciencia de que se habita una comunidad. Un experimento urbano que durante el transcurso de los Juegos albergó a más de 7.000 atletas de todos los continentes, todas las razas y todos los colores; el mundo entero conviviendo en menos de un kilómetro cuadrado.

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complejo olímpico total.

 

NI TRIUNFOS ÉPICOS NI RÉCORDS

La imagen en cuestión no tendrá nada que ver con ese resumen de la humanidad. Tampoco con el virtuosismo arquitectónico de esta pieza urbana, ni con el evento que motivó su construcción. No tendrá que ver con triunfos épicos, récords, lesiones escalofriantes, llantos de alegría o de derrota. Sencillamente, no tendrá nada que ver con el deporte.

Muy temprano, la naciente televisión en colores va a despertar al mundo con una noticia estremecedora. Muchos televidentes verán por primera vez la villa olímpica pero no alcanzarán a deslumbrarse con su arquitectura limpia y racional, nadie alcanzará a conjeturar sobre la representatividad de la identidad alemana en sus formas rectas. En su pantalla aparecerá un edificio blanco, de perfiles negros y trazos azules, ventanales y vigas a la vista; ahí un grupo de hombres en traje gesticulan hacia alguno de los pisos superiores y, asomada por una de las ventanas, la cabeza de un hombre envuelta en un pasamontañas.

En medio de la confusión un nombre comenzará a darle forma a lo que está por saberse. Septiembre Negro, un comando de guerrilleros palestinos, está al interior del edificio destinado al equipo olímpico israelí. De pronto todo calza. Ocho secuestradores, once rehenes, dos muertos, la policía alemana movilizada, los edificios aledaños vacíos, las negociaciones que no avanzan, los plazos que se agotan. Willy Brandt, Golda Meir, Richard Nixon en la TV. Un rehén atado de manos se asoma a la ventana. Mark Spitz, ganador de siete medallas de oro, abandona Alemania. Los presos políticos no son liberados. Las banderas bajan a media asta. Los juegos quedan en silencio. La situación se resuelve mal. Policías vestidos de buzo se pasean armados por los techos de los edificios, olvidando que hay miles de cámaras registrando sus movimientos, sin considerar que los dormitorios de la Villa Olímpica están equipados con televisores que transmiten la operación en vivo. Una señal de la todavía ingenua consideración del mundo sobre los alcances de los medios de comunicación modernos. A las seis de la tarde llega la última exigencia de los palestinos: un avión que los traslade hasta El Cairo. Dejan la Villa Olímpica, las cámaras captarán por última vez al ahora maldito complejo arquitectónico bajo un rojo atardecer alemán. El amargo final es conocido. La historia dirá que un cinco de septiembre de 1972, lo mejor de la modernidad arquitectónica y lo peor del ser humano, cruzaron su camino. Hoy es difícil separar la imagen de la Villa Olímpica de Múnich de la del terrorista asomado a la ventana. Toda la información que circula sobre esta obra remite necesariamente a este hecho y el conjunto parece estar cargado de un simbolismo negativo. No hay dobles lecturas. Sin embargo, si algo puede rescatarse de este hecho, es que la edulcorada y prístina imagen que se proyecta de la buena arquitectura aquí se destruye, humanizándola, volviéndola cotidiana; pues, querámoslo o no, el pánico, la injusticia y la muerte son también parte de su verdad.

GONZALO SCHMEISSER es Arquitecto y Máster en Arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es también profesor asistente en las escuelas de arquitectura de las universidades Diego Portales y Católica. Es además fundador del sitio web de territorio, cultura y pensamiento www.landie.cl.

Comentarios

  • “No puedes esperar que los dos extremos de una caña de azúcar sean dulces”, Proverbio.
  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.