YO NO SOY COMO TÚ

26/11/17 — POR

Luego de la Segunda Guerra Mundial surgió el sueño de una humanidad moderna y democrática, cada vez más integrada y conectada, donde las diferencias –raza, religión– irían desapareciendo en una fusión nunca antes vista. Cada año que pasa –como en Cataluña–, los signos apuntan en la dirección contraria: más y más diversidad.

Por Miguel Laborde.

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Ilustración: Alejandra Acosta

TRAS LA ÚLTIMA GRAN GUERRA, tras el silencio de sus tenebrosas bombas nucleares llameantes, todo discurso apuntó a construir semejanzas, relaciones y parentescos. Si todos éramos cada vez más democráticos, civilizados, la paz estaría asegurada y viviríamos “el fin de la historia”; una paz sin fecha de vencimiento. El devenir de los acontecimientos no aceptó esa tabla rasa. Aunque se expandieran las marcas omnipresentes, Coca Cola, Adidas, Starbucks, y las redes informáticas definieran un planeta ahora “plano” e intercomunicado, no llegó la uniformidad.

A los pocos años, tal vez como nunca antes en la historia de Occidente, surgió, exactamente, la energía opuesta: el culto a la diversidad. Buena noticia para América Latina. Del patio trasero, de la periferia marginal, de las miserias del subdesarrollo, despertamos un día aureolados por el resplandor del glamour “étnico”. Pero esa moda se evanesció. Sin dejar nada atrás. Vuelta al punto de partida.

LAS TRIBUS PERDIDAS

Es difícil acostumbrarse a la súbita muerte del mexicano Ignacio Padilla (1968-2016); fue tan luminosa y sugerente su visión de nuestro mundo… Él nos vió como las tribus perdidas de la historia, las que algún día partieron sin que nadie regresara a contar qué les pasó, alimentando mitos de tierras remotas e islas que desaparecían en veloz fuga hacia el horizonte. Hacia un lugar sin lugar. Náufragos algunos de una nave europea que, tras reventar su casco contra los arrecifes, apenas permitió dejar nadar hasta la playa cercana. Otros, aborígenes, quedaron sumidos en el desconcierto ante una especie otra, la que humana no parecía. Y nos miramos a la cara unos con otros, unos con otras, otras con unos, examinando colores de piel, de ojos, de pelo. Tan diferentes… Siempre lo seremos. ¿Y qué? ¿Y qué si hay grietas? ¿Existe acaso alguna nación sin placas sísmicas estrellándose incansables bajo la espesa superficie? ¿Algo humano existe, que no tenga quebrantos? Hemos descubierto, luego de tantas décadas de chilenos falsamente iguales, que somos todos diferentes, herederos de legados ancestrales con origen en todos los continentes, como los mapuche llegados de Asia y los rapanui de Oceanía. ¡Cuántos siglos de vecindad e interacción en España, entre vascos y castellanos, catalanes y andaluces, y siguen distintos! ¿Por qué no construir, de una vez por todas, desde la diferencia? Primero, tomar distancia, para ver al otro con ojos nuevos.

UN SIGNO EN LA FRENTE
Los soñadores nos hicieron, tal vez, más daño que los feroces encomenderos; nada nos ha distraído tanto como el recado que nos mandaron desde lejos: “Ustedes son la esperanza de la humanidad”… Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, fueron inoculados y devinieron portadores del contagio: Tenemos que ser la esperanza de la humanidad… Peor aún: con la misión de crear otra humanidad, mejor que las anteriores. No se lo digan a un hijo, no se lo digan a una generación, ni a un pueblo o nación; nadie merece ese anatema. Ni los náufragos de los barcos ni los habitantes ancestrales, ni tampoco los mestizos resultantes; nunca hemos logrado superar ese hundimiento tan anunciado; todo lo que sube, ha de caer… ¿Soñaste un destino radiante, habitar siempre en días soleados? ¿Viste el resplandor de lo sublime en lo más alto de la cumbre? Desgraciado, desgraciado de ti, porque lo sublime es escaso en el ambiente humano.

PUEBLOS SIN HISTORIA
Aquí, lo cotidiano. La familia, el trabajo, el templo, la misma plaza de cada domingo. Del amanecer hasta la fuga de la luz, hasta que todo se apague. ¿Y nada más? Los sueños no nos dejan en paz. El orden de los días no es suficiente para nosotros, somos gente con sangre de héroes, incubamos pasiones incandescentes, nuestras miradas apuntan más allá del horizonte, siempre más allá. Es que habíamos nacido para cosas grandes, lo nuestro era la épica, no la rutina miserable y rastrera. Teníamos el mensaje clavado en la nuca: hay que hacer historia, lo más rápido posible, para alcanzar a los otros.

SEÑALES CONFUSAS
Como se advierte, los mensajes venían cargados de tensiones cruzadas, que ni siquiera eran nuestras: ¿Éramos la América de la naturaleza en su esplendor, la del marco perfecto para una nueva humanidad, el espacio de las utopías perfectas? ¿Habiamos nacido para la poesía y el romance, el drama y la revolución? ¿Éramos los llamados a replicar el orden civilizatorio, nosotros los mejores en la periferia, los primeros en replicar los modelos superiores? En el calendario lúcido de Octavio Paz, ya en 1950 advertíamos, asombrados, que estábamos solos. En el oficial, debieron pasar unos treinta años más; hasta descubrir y asumir que nuestro espacio es otro, y nuestro tiempo también…. Y que no somos la esperanza de esta humanidad. Estamos aquí, empezando casi desde cero; culturas varias y dispersas en la ancha geografía. Pero así es la historia de la especie entera, aquí y allá, capaz de inventar siete mil lenguas según el cálculo de Noam Chomsky, hablando diferente aunque vivamos en valles vecinos. ¿Hasta cuándo entonces, tan temerosos del otro? ¿Queremos paz? Seamos diferentes.

MIGUEL LABORDE es Director Cultural de la Fundación El Observatorio (Centro de Estudios Geopoéticos de Chile), director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

 

 

 

Comentarios

  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.
  • “Todas las ideologías que justifican el asesinato, acaban convirtiendo al asesinato en ideología”, palabras de un juez tras la muerte de Isaac Rabin.